20 años no es nada

20 años no es nada

Viet Thanh Nguyen es un escritor norteamericano de origen vietnamita. Hasta 2015, nadie lo conocía. En abril de ese año, en la portada del The New York Times Book Review, apareció una reseña apasionada de su libro El simpatizante.

A partir de ahí, la bola de nieve.

El simpatizante ganó el Pulitzer en 2016. Nguyen recibió a finales de 2017 la prestigiosa beca MacArthur.

En apenas 18 meses, de la nada al Olimpo.

Sólo que, como siempre, no es una historia de fama súbita. A pesar de que es la narrativa que vende y se vende —escritor que aparece en el panorama como el meteoro en la noche—, él mismo insiste, a todo el que le quiere escuchar, que la suya no es la historia de esos 18 meses.

Es la historia de los 20 años de oscuridad que los precedieron.

20 años que se pasó intentando aprender el arte, sin tener claro si alguna vez conseguiría eso tan nebuloso que es Escribir bien.

La historia de su éxito no es la del Pulitzer, la MacArthur o la portada del New York Times Book Review.

Es la de las dos décadas anteriores de trabajo ingrato. Y algunas de las experiencias de ese tiempo son francamente ilustrativas de la realidad del escritor.

Una de ellas era la de desear poder escribir a tiempo completo, esa especie de Parnaso inaccesible para todo el que se dedica a esto.

Nguyen tenía una vida académica, la que le daba de comer y le permitía escribir sólo en los márgenes de ella. Pero en 2004, su deseo de siempre se hizo realidad. Consiguió una beca en Provincetown y pudo dedicarse a su arte a tiempo completo.

Entonces se dio cuenta de la ironía de los sueños cumplidos y de lo verdaderamente difícil de esa experiencia.

Según él, cuando era un amateur, con tiempo para escribir sólo tras terminar todo lo demás, sufría de algo habitual que nos afecta a todos:

La percepción completamente irreal de su habilidad como escritor.

Hasta ese momento, siempre estuvo pensando que era un juntaletras bastante bueno, que simplemente necesitaba «esa oportunidad» de demostrarlo.

«Si pudiera dedicarme a tiempo completo, podría terminar ese libro de relatos que estoy escribiendo», suspiraba.

Y cuando lo consiguió fue un desastre.

Podía, por fin, escribir ocho horas al día. Horas que le sirvieron para confrontar el hecho de que tenía una percepción completamente inflada de sus propias habilidades.

Eso también le llevó a enfrentarse a la otra gran consecuencia derivada de esa inevitable epifanía en el camino de la escritura.

La difícil verdad de que le quedaba muchísimo camino por recorrer si quería convertirse en un escritor mínimamente competente.

En realidad, ese desastre de Nguyen no era más que la consecuencia de avanzar por el camino de la maestría.

Es algo que ocurre en cualquier arte o habilidad, de repente has llegado a un punto en el que has avanzado lo suficiente como para darte cuenta de que en realidad no necesitas «esa oportunidad», sino de que eres patético.

Muchos escritores no llegan siquiera a ese estadio. Habitan en el anterior, cómodo, brillante y blanco aunque con paredes de gotelé, donde se creen que son el hijo espiritual de Tolkien y Márquez.

Allí, sabes tan poco e ignoras tanto, que dentro de esa inmensidad que desconoces también se encuentra no darte cuenta de que eres mediocre.

Todos atravesamos ese salón, el problema es quedarse a vivir en él.

A veces lo haces porque no evolucionas ni aprendes lo suficiente como para darte cuenta de que, realmente, lo que haces es malo. A veces no pasas de ahí porque, simplemente, la etapa siguiente de oscuridad puede ser necesaria e inevitable pero, sobre todo, es aterradora.

El año soñado de Nguyen se convirtió en una pesadilla. Algo había hecho clic, había dejado de ser tan novato como para creer que lo que hacía era bueno. Le quedaba tomar la decisión de abandonar o persistir en la travesía del desierto.

Decidió lo segundo y la década siguiente le transformó.

Así que ya no queda nada de la historia inicial de estrellato fulgurante. Como siempre que rascas tras lo que te dicen. Estamos hablando de una década, después de otra anterior en la que vivía en ese estado de novato, secuestrado por el efecto Dunning-Kruger.

El paso de la escritura no va al son de los tiempos

Otra de las cosas que nos cuesta abarcar y comprender es que, da igual que los tiempos se hayan acelerado, la escritura, la buena, desfila al ritmo de su propio tambor.

En el caso de Nguyen fueron 20 años, en otros el tiempo es muy diverso, en la mayoría nunca llega, pero sean los que sean, la buena escritura se mueve lenta.

Eso causa una especie de trastorno bipolar en esta época del todo ya, de las redes sociales y su estupidez endémica, de lo inmediato y desechable como modo de vida.

No encajan las piezas, se ha vuelto todo del revés, esos 20 años no pueden ser, no sirven, ¿quién tiene 20 años de tiempo para dedicarlos a algo que, seguramente, ni siquiera cuajará?

Hace poco, un amigo músico se lamentaba de que las agencias no querían representarle (ni siquiera oír hablar) si no llegaba con varias K’s en el número de seguidores en redes sociales. Del disco ni se hablaba, porque, ¿qué importan esas cosas?

Lo mismo ocurre en lo editorial, porque es una industria.

Al son de departamentos de marketing que, curiosamente, no comprenden cómo funciona lo más básico del marketing, cosas tan inservibles como los seguidores o los estudios de mercado, mandan.

Luego ven que no funciona, y sin embargo insisten, aunque esa es otra historia.

La que importa aquí es que el tiempo domina a la escritura como lo domina todo, que hay una fase de oscuridad sin premio, de trabajo sin reconocimiento. Y que no se cuenta en semanas ni meses, se mide en años, posiblemente décadas.

A ningún escritor le gusta oír eso, ya sea porque es otra verdad incómoda o porque cree que ya pasó esa etapa y es bueno, cuando en realidad ni siquiera ha llegado a la linde del bosque oscuro.

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10 respuestas

  1. Gracias por enseñarnos a mirar a leer y a pensar.

    Lo de escribir vendrá después o no vendrá, qué más da.

    Creo en la escritura interior, sin poses para la “cámara” en plan: quiero contar esto y lo haré de la mejor manera posible, ojalá lo sepa contar. Pero si se pretende vivir de la escritura ya es un trabajo y hay que ver lo que sucede cuando le añades esa palabra a cualquier actividad creativa, es mi percepción. De ninguna manera digo que sea malo, simplemente que afecta a la hora de ponerte a crear.

    Un saludo.

    • En cuanto juegan factores externos al arte de escribir, sí, efectivamente afecta y queda distorsionada. Pero al final también es un mito creer que vamos a escribir de forma 100% pura. Aunque me parece una buena meta intentarlo.

      Un saludo.

  2. Fantástico, Isaac. Muchas gracias por escribirlo.

    Puede animar o desanimar lo que cuentas, pero a mí me anima. La escritura es primero y ante todo para uno, y si perseveró durante 20 años no es por ese momento de fama meteórica que ahora le ha llegado, sino porque era, en esencia, escritor. Bueno o malo, eso da igual.

    Seguimos aquí cosechando horas y años para nuestro arte. Un abrazo.

    • Al final, todo éxito con sustancia tiene, bajo la superficie, todo ese trabajo y montón de tiempo ingrato que finalmente lo ha hecho aflorar.

      No es condición suficiente, ni mucho menos, pero…

  3. Hola, Isaac.

    Hoy, desgraciadamente, no puedo llevarte la contraria en nada. Lástima.

    Está claro que el éxito, llegue o no, nunca es una autopista recta y recién asfaltada, sino una carretera comarcal repleta de pendientes y baches cuando no un camino de cabras. Como bien dices, la realidad es ésa y no queda otra que aceptarlo guste o no: detrás de cualquier triunfo hay muchas horas de dejarse la piel en el tajo.

    Gracias una vez más.

    Un saludo literario desde Oviedo.

  4. Mira que creo que tienes toda la razón. Salvando las distancias, a mí me ha pasado algo similar. El año pasado pude por fin dedicar todo mi tiempo a escribir y, entonces, me di cuenta de todo lo que me faltaba por mejorar como escritora. Siempre podemos mejorar y es a eso a lo que debemos aspirar como escritores, a ser cada vez mejores (o menos patéticos), a aprender de los que saben más que tú. José C. Vales suele decir que lo malo de eso es que te lleva a leer cosas rarísimas. Y sí, me temo que está en lo cierto. Cuanto más mejoras como escritor, más tiquismiquis te vuelves como lector. Y eso que a mí me quedan siglos de mejora.

    • Es normal volverse más exigente, porque cuando más sabes, menos te conformas.

      Empiezas a buscar lo nuevo, lo diferente, lo de quien se atreve a hacer algo que no sea lo mismo, porque lo de antes ya no te dice nada. Es como volver a ver las películas de cuando eras niño, que piensas, ¿cómo me pudo gustar?

      También comienzas a ver cosas que antes pasabas por alto: clichés, fallos garrafales de lógica, los mismos personajes de cartón y las mismas metáforas muertas una y otra vez… Es inevitable, horroroso cuando miras lo que tú mismo hacías y te percatas, pero no hay otra forma.

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