5 cosas que Hemingway me enseñó sobre escribir

5 cosas que Hemingway me enseñó sobre escribir

Ayer fue el día más importante del año, el cumpleaños de Ernest Hemingway. Yo escribo esto un día después, dada mi fascinación por los no cumpleaños, que para eso el sombrerero loco es mi avatar.

Cualquiera que haya pasado alguna vez por aquí sabe de mi admiración por la escritura de Papa y por él. Hemingway acabó con su vida disparándose, antes de eso sobrevivió a anthrax, malaria, neumonía, disentería, cáncer de piel, hepatitis, anemia, diabetes, hipertensión, DOS accidentes de avión, heridas de guerra, un riñón roto, el bazo roto, el hígado roto y el cráneo fracturado. Supongo que la primera cosa que aprendí de él fue que sólo Hemingway pudo ser capaz de acabar con Hemingway.

Aparte de eso, a escribir se aprende leyendo y escribiendo, y yo he leído mi buena parte de biografía, cartas y obras de Ernest. Y me hizo echar de menos, aunque ya sé que ningún pasado fue mejor, ese París de los años 20, esa época que fue en la que mejor se escribió.

Y he aquí cinco cosas que él dijo mejor que yo y que me enseñaron acerca de escribir. Sólo cinco, donde podrían ser cincuenta, y que no son las mismas citas de siempre.

El escritor hace su trabajo solo y, si es lo bastante bueno, debe afrontar la eternidad, o la ausencia de ella, cada día.

De su discurso en los Premios Nobel.

Escribir es una actividad solitaria y eso supongo que está bien, porque yo lo soy. Excavas en esa soledad y a veces sale algo bueno y la mayoría de días sólo puedes decir que has cumplido, pero habrá de bastar.

Hemingway pensaba que juntarse con otros escritores paliaba esa soledad esencial, pero no te hacía mejor en el arte, sino quizá lo contrario. De hecho yo tengo la manía de juntarme con otras personas que crean, pero no con otros que escriben. Prefiero a los músicos o a los que pintan. No estoy seguro de por qué, pero huyo de escritores y, si estoy con alguno, no hablo nunca del arte.

Respecto a la posteridad: yo sólo pienso en escribir verdaderamente. La posteridad puede valerse por sí misma.

De una carta a Arthur Mizener

Voy a tirar por el camino de la psicología de mercadillo. Todos intentamos una inmortalidad subrogada, porque la verdadera como que no la vamos a conseguir, al menos hasta dentro de unos setenta años (llegamos tarde, boys and girls). Los que no la buscan de forma genética teniendo hijos, pergeñan otras cosas, creyéndose la romántica y romana noción de que trascenderán, de que el poeta vive mientras se le recuerde.

Que le den a la posteridad y a escribir para ella.

Cada día, el motivo verdadero, es procurar ser mejor que ayer. Que eso se consiga o no, es como conseguir o no esa posteridad, irrelevante. Escribes por el hecho de escribir, lo mejor que sepas y puedas. Si la escritura por la escritura no basta, quizá hay que mirar en otro lado.

Amo escribir, pero nunca se ha convertido en algo fácil y no puedes esperar que lo haga, si intentas algo mejor que lo que ya has hecho.

De una carta a L.H. Brague, Jr.

Ray Bradbury, qué escritor tan genial. Él abogaba por que escribir tenía que ser siempre gozoso, y que si no, quizá era mejor dejarlo. En serio, qué alma genial, pero no estoy de acuerdo en eso y sospecho que él sabía que nada es gozoso todo el tiempo, da igual lo mucho que lo ames. ¿Qué mérito tiene querer algo que siempre es bueno?

Escribir no se vuelve más fácil si intentas superar lo anterior, es una especie de pasión solitaria y maníaco-depresiva, donde el gozo del que Bradbury siempre hablaba se mezcla con auto-odio. Así es el proceso creativo. Y si crees que todo lo que escribes es maravilloso y sale siempre genial, lo siento, lo siento de veras por ti.

Escribir es algo que nunca puedes hacer tan bien como es posible. Es un desafío perpetuo y es más difícil que cualquier otra cosa que haya hecho. Así que lo hago. Y me hace feliz cuando lo hago bien.

De una carta a Iván Kashkin

A veces reniego, no sé qué hago «perdiendo el tiempo» o creando basura. Yo siempre reniego, esos momentos van a estar ahí, pero por mucho que lo haga, la quinta cosa que me enseñó viene de París era una fiesta, no me cansaré de decirlo, uno de los libros más bellamente escritos que he leído.

Los cuadernos azules, los dos lápices y el afilador de lápices […] Las mesas de mármol, el olor de la mañana temprana […] eso era todo lo que necesitabas.

4 responses

  1. Muy buena tu reseña.Elegiste a un maestro que siempre estará
    en la posteridad.
    Gracias por compartir conceptos que aclaran el camino a seguir
    para nosotros -los escritores-
    Saludo.

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