Aristóteles tenía razón

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Veo por todas partes una búsqueda incesante de cómo crear una buena historia, de qué hace que una perdure y atraviese la horrible nube de ruido que nos rodea.

Supongo que se ha vuelto crucial en un contexto donde hay más contenidos que nunca, por culpa del marketing, y son más olvidables y faltos de valor que nunca, por culpa del marketing.

Yo mismo me pregunto a menudo qué hace buena una historia y lo cierto es que ya tuvo, probablemente, su mejor respuesta.

De aquello hace apenas 2.346 años.

Por aquel entonces, Aristóteles ya daba vueltas al tema porque, a pesar de lo que dicen las canciones, no hemos cambiado nada.

En su caso, quería saber cómo persuadir mejor, qué hacía de la oratoria algo para recordar y que conquistara corazones y mentes. Es decir, lo mismo que responder a cómo crear una buena historia.

Y tres ingredientes tiene su «fórmula mágica»: Ethos, Pathos y Logos.

Ethos

Ethos, referido a la ética, a los principios y la identidad. Porque sin una honestidad, sin una autenticidad y una capacidad de entender de verdad a aquellos a los que te diriges y lo que les mueve, es imposible conectar. Y esto no tiene nada que ver con «analizar a tu público objetivo» y otras cosas sin importancia alguna que no tienen cabida aquí.

Desde un punto de vista que no sea una personalidad realmente propia, con total sinceridad y veracidad, todo es fachada, humo y espejos.

Hace ya más de dos años de esto, pero no importa, una y otra vez recomiendo la carta de Scott Fitzgerald que todo escritor debería leer.

Básicamente habla de abrirse en canal y derramarlo en la hoja. Con ese grado de honestidad, tienes el punto de partida correcto y conectarás con otro ser humano. Porque me dan igual los colores y los géneros, ya que las tripas, literales y metafóricas, son las mismas en todos.

La conexión en ese caso se hace a niveles que corren por debajo de la piel. Cuando consigues caminar por ahí, levantas la mano y erizas el vello de al tocar. Pero eso es imposible sin un punto de partida de sinceridad, un Ethos propio.

Pathos

El siguiente ingrediente de la pócima es el Pathos. No voy a desempolvar el griego antiguo, pues mi última profesora… Bueno, merece historia por sí misma, pero no es el caso. Traduzcamos por emoción en este contexto, porque sin emoción no tienes nada. Desde luego, no tienes persuasión ni una buena historia, que en el fondo persuade al que la lee o escucha de que nada más, excepto ella, merece atención.

Pero claro, este ingrediente se apoya en el anterior, está íntimamente relacionado y nace de él. Sin una posición de honestidad, es imposible sentir (y por extensión, provocar) emociones verdaderas. En ese caso todo son trucos que no atraviesan esa piel, cada vez más dura por mil cosas.

Supongo que, aunque en realidad se falla desde el Ethos, parece que muchos fallan en el Pathos. Y es normal.

¿Qué emoción pretendo generar al otro cuando yo no la tengo al escribir?

En los 90, uno de los grandes descubrimientos fueron las neuronas espejo, causantes de una cualidad fundamental de la emoción: el contagio.

¿Quieres generar una emoción en otro? Empieza por ti. Pero es difícil transmitir una emoción, que no sea el aburrimiento y hastío vital, cuando uno escribe el enésimo refrito de: «X trucos para crear un argumento adictivo», o alguna tontería similar.

Quien lo escribe se quiere morir mientras lo hace, el lector también quiere al leerlo, y esos contenidos debieron ser los primeros en fallecer hace 2.346 años.

Si escribes con suficiente pasión e interés, por rara que sea la emoción, podrás transmitirla al lector adecuado. Así dejarás una huella en algunos, mientras que sin emoción no dejarás huella en ninguno.

Logos

Finalmente, está el Logos, la palabra, la cúspide de esta trinidad.

Sin la capacidad de expresar todo lo anterior, de formas que no estén sobadas y sin vida de tanto usarlas, no tienes nada. O mejor dicho, lo tienes, pero se queda dentro, incapaz de ser invocado en la narración como se merece.

Las emociones son caprichosas, no quieren viajar en las palabras de siempre, ellas exigen más, algo a medida y sólo para sus ojos, la labor de un artesano, de un maestro.

Eso requiere mucha práctica deliberada.

Hace ya más de 2.346 años de Aristóteles y no importa la fórmula, la fórmula está clara desde hace milenios, el problema es que exige enfrentarse a demasiado trabajo y miedo.

P.D. Aristóteles es el de la derecha.

Si quieres, te aviso por email cuando haya contenido nuevo.

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6 respuestas

  1. Sí, Aristóteles es el de la derecha, el que pone su mano hacia abajo, hacia la tierra, a lo real y tangible. Platón a su izquierda la levanta a lo alto, a lo ideal, a un mundo invisible. Los dos han marcado nuestros caminos desde hace tanto tiempo… y, sin embargo, qué cercanos están.
    Me ha encantado. El viejo Aristóteles tenía razón, sí.

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