Así comienza mi próxima novela

Pronto estará publicada en Amazon mi próxima novela, titulada “En la última noche del mundo”. Para aquellos que no lo sepan, el origen de esta historia está en uno de los capítulos de “Las risas tras los edificios bonitos” que, finalmente, no acabó incluido en el manuscrito final.

En dicho capítulo, Eric, el protagonista de “las Risas…” y Cruz, el protagonista de mi siguiente novela, “7 días”, se encontraban y algo sucedía. Por motivos que ya expliqué decidí no introducir ese capítulo, pero la historia del encuentro se me quedó rondando por la cabeza hasta que acabó, como casi siempre, tomando vida propia y creciendo hasta ser novela corta.

Y he aquí como empieza, con una breve escena a la manera de prólogo, que apenas da una instantánea de lo que sucede cuando dos personalidades inflamables se encuentran, además en un contexto y un momento muy poco habituales. Curiosamente este tipo de prólogo es el mismo recurso que utilicé para comenzar la novela de “Dos Asesinos“.

En la noche del fin del Mundo. Prólogo. “La propiedad de la culpa”

—Esto es por tu culpa —acuso a Eric.

—Ah, ¿ahora esto es por mi culpa? —Se defiende él— ¿De quién fue la idea, Cruz? ¿Eh?

—Tuya. Fue tuya, capullo —replico yo, mirando hacia abajo y apretando los dientes.

Eric se toma una pausa para pensar, como si por un segundo la propiedad de la culpa realmente importara en la situación que nos acorrala. Quién es el responsable es un consuelo de idiotas y niego levemente con la cabeza al pensarlo.

—Oh, vale. Es verdad —me concede. Es la primera vez que lo hace en toda la noche—. Quizá fue idea mía.

—Sí —bufo yo con esfuerzo—. Sí que lo fue. Te dije que no entráramos, te dije que no merecía la pena. Y ahora mira.

Los antebrazos me arden de agarrarme por mi miserable vida a un balcón comido por el óxido. Se me ocurre echar otro vistazo al abismo bajo mis pies y es peor, porque la visión del asfalto, cinco pisos más abajo, me llama y me marea por igual. Desde crío me subía a una silla y el vértigo venía enseguida a retorcerme el estómago, ese mismo miedo usa ahora sus garras para que me sujete, porque no quiere morir conmigo. Eric cuelga a mi lado, también aferrado a la baranda vieja, que gruñe y se queja, queriendo soltarnos y que la dejemos pudrirse en paz.

—Nunca pensé que acabaría así —me dice Eric, cuyas piernas cuelgan en el vacío y sus brazos deben sufrir un incendio similar al de los míos.

—¿En serio? —resoplo con desprecio, asiendo la balconada con tanta fuerza que mi rostro está rojo y mis nudillos blancos—. No me digas que pensabas morir de viejo en una cama.

Hay un instante de silencio compartido, flotando con nosotros cinco plantas sobre el vacío, en medio de esta noche extraña.

—La verdad es que nunca pensé que moriría —me responde Eric muy bajito, mirando a la nada.

Yo me callo y el balcón vetusto gruñe al despegarse un poco de su sitio, amenazando la ruina de todos.

—Nunca pensaste que morirías, qué típico. Putos músicos —concluyo sin poder evitar otro vistazo hacia abajo, el suelo susurra mi nombre y me abre los brazos para que me estrelle contra él.

Ahora ya da igual lo que queramos o cómo queramos terminar. Ahora el fin nos ha rodeado y atrapado, porque si no es el asfalto, será el cielo quien nos escriba la última página de nuestras vidas. Así me lo recuerda la extraña luz azulada que baña por completo la noche, la convierte en irreal y nos recuerda que hoy el mundo se acaba.

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