Así empieza el segundo capítulo de Tres Reinas crueles

Segundo capitulo de tres reinas

Uno no debería mostrar pedazos de un libro que está en proceso de corrección y edición. Pero bueno, es falta leve, así que al final me he decidido a poner aquí el comienzo del capítulo 2 de Tres reinas crueles, mi próxima novela que, con esa pizca de suerte que precisa todo, sale este otoño.

Está bien, otoño siempre me gustó, otoño es la mejor estación que decía Nick Adams en los cuentos de Hemingway.

Lo que hay aquí es sólo el inicio del capítulo, las primeras ochocientas palabras o así.

Lo que un puñado de hombres sabría

Vivía sin relojes desde que se había peleado con el tiempo, pero eso no le impedía tener sitios a los que ir, personas a las que ver, cosas que hacer. Imaginaba que esas cosas causaban consecuencias inesperadas y terribles en la otra parte del mundo. Con el tiempo se enfadó hace ya mucho y no era el verdadero enemigo, pero como pasaba en muchas riñas que vienen de lejos, ya era tarde para arreglarlo. El tiempo era un imbécil y un ladrón y, si no se hablaban, mejor. Gabriel estaba tumbado en la cama y en la oscuridad, tapado hasta el cuello, mirando al techo, pensando en esas cosas.

—Estoy como un cencerro.

Rompió el silencio con eso, pero poco, porque al otro lado de la pared vivía una estudiante italiana que era muy silenciosa cuando lo hacía. Sólo jadeaba un poco cuando su amante aceleraba y ella llegaba con un sonido sordo, un montón de emes sin vocales que dejaba escapar cuando terminaba. Poco después finalizaba la cadencia de golpes del cabecero contra el muro que compartían sus pisos. Ella no lo hacía demasiado tarde y él no la despertaba muy temprano, apenas habían cruzado un par de frases al encontrarse por la escalera, pero Gabriel cumplía ese pacto del que nunca hablaron. Verónica, se llamaba. Joven, morena, bajita, de ojos muy grandes y siempre maquillados. Y él, sin conocerla apenas, sabía lo que sólo sabrían de ella unos pocos, el modo en que se corría. Resopló.

—En serio, como un cencerro.

Miró el móvil y lo volvió a dejar para refugiarse otra vez con la sábana hasta el cuello. Cinco minutos más, una petición sencilla que no se concedió, destapándose de un estirón.

Tenía que levantarse, tenía cosas que hacer, ya llegaba tarde y los sueños en los que llegaba tarde a cosas del pasado que ya creía resueltas, eran los que más angustia le daban. Se duchó con el cariño que le pones a lo que perderás pronto y se afeitó con cuidado. Al terminar se pasó la mano por la barbilla y el cuello y le gustaba esa sensación suave, también la echaría de menos. Siempre tuvo un traje negro para las ocasiones, pero nada de traje, no tenía sentido. Su abuelo sólo tuvo un traje en su vida que no fuera militar, y era el de la mortaja, porque morir no es excusa para no estar impecable ante San Pedro cuando te abra la puerta del cielo. Al parecer, según padre, el abuelo decía mucho eso, pero no habría ninguna puerta en ningún cielo que se abriera para el abuelo; como mucho, si le veían llegar darían la alarma, cerrarían a toda prisa y atrancarían aquello. Y todos los que estuvieran allí se pondrían tras la puerta, empujando y rezando al dios de aquel sitio para que no cediera.

La de cosas que piensa uno. Miró a su casa sin nostalgia, cogió la mochila que tenía junto a la puerta, salió cerrándola y bien podía haber tirado la llave. Todo lo que hizo esa mañana, desde destapar la sábana hasta dar la última vuelta en la cerradura, lo hizo con la cabeza ocupada en cosas como la mortaja del abuelo, jadeos jóvenes y echar de menos las sensaciones suaves. Es necesario que el pensamiento se distraiga cuando estás haciendo las cosas importantes, que no se dé cuenta de lo que haces. Es la única manera de no echarte atrás.

El día era bonito, la primavera en Valencia, la mejor. En la calle de Gabriel, cada dos naranjos crecía un almendro y todos habían florecido ya. La ciudad le enseñaba su mejor cara, diciéndole: mira lo que te pierdes por ir a buscar tierras más feas que yo, ellas no te querrán igual. Aquel era un barrio honesto y por tanto pobre, agarrado a sus costumbres. La panadería tenía la puerta abierta para que el olor atrajera, el carpintero de enfrente había sacado dos caballetes a la acera, sobre los que había puesto un tablero para trabajar. En la terraza del bar de la esquina estaban los mismos de siempre haciendo lo mismo de siempre, llenos de sol y de cerveza desde temprano. Se preguntó en qué trabajarían y, si ellos se habían fijado en él, que seguro que no, se preguntarían lo mismo cada vez que pasaba por delante.

Miró hacia la derecha, allá a lo lejos le estaban esperando, sacó el móvil, vio la hora y se los imaginó impacientes, porque él nunca llegaba tarde. Dejó caer el teléfono al suelo y lo pisó fuerte con la bota. De entre las tripas cogió la tarjeta del teléfono y se aseguró de doblarla hasta partirla en dos. Después miró a la izquierda y comenzó a caminar en esa dirección.

* * * * *

Tres Reinas Crueles continúa en otoño, aunque ya está disponible en preventa aquí.

La imagen es de Jonathan Kos-Read. Curiosamente es el camino de la antigua ruta de la seda, hoy asfaltada.

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