Bibliotecarios alcohólicos

Puede parecer que, con mi alegato sobre escribir en la incomodidad, el de que hemos perdido la capacidad de ser miserables y otros gritos a las nubes sobre personas y escritura, soy de los que piensa que nos hemos vuelto unos seres blandos.

Blandos por este modo de vida que no agradecemos bastante y porque lloramos con drama por cualquier inconveniente (que eso no es lo malo, lo malo ahora es que lo pregonamos por las redes).

Y esa es exactamente mi tesis.

Somos peor que el tardío Imperio Romano, fofo y aburguesado, al que los bárbaros apisonaron, solo que nosotros ni siquiera construimos un imperio de mil años en primer lugar.

Teniendo en cuenta que soy consciente de la ironía de quejarme por quejarnos demasiado (soy un hipócrita, qué remedio), creo que lo peor en sí no es eso, sino que nos educa en la incapacidad de perseverar ante los obstáculos.

Hoy lo que no es inmediato no vale, porque lo inmediato vende: todas tus series ya, toda tu música ya y, si algo no contiene gratificación instantánea: «Buf, menuda basura», no vale y nadie lo quiere.

Por esta reducción de la capacidad de atención, el arte se ha contagiado con películas y libros que no tienen coherencia básica alguna, sólo un cúmulo de imágenes y escenas que el escritor piensa que son supuestamente espectaculares.

No lo son, te olvidas cinco minutos después sin dejar huella alguna, onanismo adolescente y flipado hecho imágenes o libros.

No añoro el pasado que, hasta ahora, siempre ha sido peor. Desde más miseria y más muerte, a menor capacidad de elección y, al menos para mí, que me parece importante, la imposibilidad que tenías de acceder a casi todo el conocimiento al instante.

Si de niño quería saber algo, tenía que ir hasta la enciclopedia anticuada de la biblioteca de mi pueblo a por la respuesta, pasando por el cancerbero alcohólico que la vigilaba.

Soy un creyente en la tecnología hasta que nos destruya y me parece maravillosa, pero como no hay sardina sin raspa (aunque nos vendan que sí y que nos la merecemos, ambas premisas falsas), a cambio de estas maravillas tenemos nuestra invasión bárbara de banalidad y tonterías en forma de stories, influencers y otros términos estúpidos nacidos en el departamento de marketing.

Todos estos párrafos sin hilo para contar que ayer saqué de otra biblioteca (sin alcohólicos, o al menos con unos más funcionales) las Cartas a Lucilio de Séneca, un librito tras el que llevaba tiempo.

Me gustaría poder decir que sé qué pone, pero lo cierto es que después me fui al bar (¿puedo ser más tópico?) y acabé metido en una conversación con músicos (de verdad) que hablaban de los males de su industria.

Un tema para otro momento, pero ya puedo adelantar el final: si cambias disco por libro, discográfica por editorial y al agente lo sigues llamando agente, los males son los mismos en la industria de un arte y el otro.

Y así, tras recorrer cada cerro que tiene Úbeda, vuelvo a Séneca, autor de las cartas, cordobés y estoico. Los estoicos tenían mucha razón en lo que enseñaban, pero eso no significa nada y nunca han sido demasiado populares.

Ellos abogaban por una filosofía práctica, un modo de pensamiento que se pudiera aplicar en el día a día y permitiera mejorar, signifique eso lo que signifique.

Entre sus prácticas, impopulares por contrarias a lo que vende, estaba, no sólo aceptar la incomodidad y actuar en presencia de ella, como comentaba la semana pasada, sino ir a buscarla adrede durante cierto tiempo, para acostumbrarse y, sobre todo, darnos cuenta de que el mundo no termina si pasas un poco de frío o de hambre.

Es más, el mundo se vuelve mejor.

Agradeces el calor, la salud y la comida que tanto das por sentadas y, además, te haces más resistente a la adversidad, cualidad imprescindible para un escritor.

Como si de un gimnasio para lo intangible se tratara, el músculo de la incomodidad y la privación se ejercitaba adrede por los estoicos cada cierto tiempo. De ese modo, cuando dicha privación golpeaba, o lo hacía con más fuerza de la habitual, uno estaba más preparado para soportar ese peso.

Los hambrientos crean imperios y los invaden, los que están acostumbrados al frío no lo tienen. Vivo en Valencia, los Erasmus del norte siempre van en chanclas y los aborígenes enarbolamos plumón con la primera nube por el este.

Así que a lo mejor no es una cuestión solamente de escribir en la incomodidad, sino de practicar y buscar eso conscientemente de vez en cuando, como ejercicio estoico, como pesa de lo intangible que levantas del suelo varias veces.

O al menos cambiar la mentalidad y ver la incomodidad (que si eres escritor no hace falta que busques, siempre está ahí) como una oportunidad de hacerte fuerte en el desafío, en vez de como un inconveniente.

Y no me refiero a la incomodidad física solamente, sino la de escribir lo que no estás acostumbrado y como no estás acostumbrado, para hacer crecer el músculo de la escritura ante la adversidad de lo desconocido y lo poco familiar.

Supongo que recordar a esos antiguos es pasarse la vida gritándole a las nubes y escribiendo incómodo, pero al menos tendrás un puñado de manuscritos como legado para nadie, en vez de una ristra de fotos con orejas de perro.

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8 respuestas

  1. No puedo estar más de acuerdo. A veces pienso que estoy loca por ser tan distinta al resto, pero al leer tu brillante entrada me doy cuenta de que quien está loco es el mundo no yo. Quizás por eso me refugie en la escritura, para crear un mundo más cuerdo, humano y justo.

  2. Buenas tardes,

    Creo que tienes mucha razón. Quizá demasiada. Y por eso la sociedad omite este tipo de mensajes, porque implican asumir que quizá somos demasiado vagos o complacientes como para hacer algo al respecto. Incluso ahora parece que si no estas al día con productos de consumo rápido, estás fuera, estás anticuado, no eres de este mundo. Y en ese sentido el marketing lo ha hecho genial (y mucho más fácil para las clases dirigentes, que es lo que interesa).

    Por eso me parecen tan importantes reflexiones como esta.

    Muchas gracias.

    • El marketing se aprovecha al fin y al cabo de la naturaleza humana, que es inevitable que caiga en esas cosas.

      Supongo que si yo hubiera sido un crío en estos tiempos, sería el peor, cuatro orejas de perro para mí.

      Gracias a ti.

  3. Lo creas o no, un libro sobre estoicismo fue superventas en EEUU. Tal cual: https://www.amazon.com/Daily-Stoic-Meditations-Wisdom-Perseverance/dp/1781257655/

    No me parece que fuera una simple treta comercial. Ryan Holiday es uno de esos raros autores de no ficción que realmente documenta y trabaja sus libros, y que tiene toda una filosofía personal de trabajo creativo y de calidad. Quién sabe, a lo mejor recordar a los antiguos no es siempre gritarle a las nubes 😉

    • The obstacle is the way is much better 😉

      Con Holiday es un poco acierto – fallo para mí.

      Su último libro, Perennial seller, que estuve esperando, me dejó un poco frío. Pero quizá porque le estaba predicando al coro y no vi nada especialmente novedoso, más que el hecho de trabajar para hacer una obra inmortal y no un superventas que sea un mero flash in the pan.

  4. Como siempre estos escritos me colocan en un estado de reflexión que no se retira al instante.Al contrario.Gracias también por mencionar el escribir desde la incomodidad de algunos temas,es muy real.Muy bienvenidos tus pensamientos.

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