Buenas lecciones ¿de un escritor malo?

Trollope

Anthony Trollope era un escritor que trabajaba en la Oficina de Correos, igual que Bukowski, antes de que el borracho favorito de los poetuiteros (que no le llegan al zapato) lo dejara todo para escribir solamente, con los 100 dólares mensuales que le asignó su editor para eso.

Anécdota que no viene al caso, Trollope, al parecer, era uno de los escritores que más gustaban al ex primer ministro británico John Major. Pero eso no es lo importante hoy, lo es esta frase suya:

«Tres horas al día producirán tanto como un hombre haya de escribir».

Trollope se levantaba muy temprano cada mañana y empleaba esas tres horas en su arte antes de irse a Correos.

Una de las cosas más curiosas sobre esta manera de trabajar de Trollope, cuenta Oliver Burkeman, es el hecho de que, si en ese intervalo de tres horas finalizaba una novela, simplemente empezaba otra, en un proceso que no se detenía por nada.

Trollope no ha pasado a los anales de la literatura como un enorme maestro, la verdad, pero sí como muy prolífico y, en palabras suyas de nuevo:

«Haberme tomado un descanso de tres meses entre cada novela no las habría hecho mejores», porque, según él también: «Mis novelas, buenas o malas, han sido tan buenas como pude hacerlas».

Trollope enseña, con esa actitud, dos cosas clave en la escritura.

Una es algo de lo que ya he hablado aquí alguna vez, que escribir es una cuestión de energía.

No importa que tengas 24 horas libres para escribir o que estés esperando ese fin de semana que dices que dedicarás por completo al arte. Al arte de ver Netflix y dejar para luego.

Tres horas al día (o las que sean en cada uno mientras no te dediques a cubrir un mínimo expediente y ya está) darán para escribir todo lo que se haya de escribir.

La otra cosa que nos enseña es algo de lo que hablo en Escribir bien.

Que lo que importa no es el objetivo, sobre todo no esos de ganar mucho dinero, conseguir cuatro Nobeles y robarle el suyo a Dylan. Todo eso está fuera de nuestro control y muy condicionado por factores sobre los que no tenemos ninguna capacidad de influir.

Lo que importa en escritura es el proceso, y ejecutarlo cada día sin ansia de resultado. Eso implica realizar las acciones sobre las que sí tenemos control, como la de: «Escribe tres horas diarias» en el caso de Trollope.

Si son tres horas de práctica inteligente y deliberada, o si es una sola o incluso media durante los días en los que la vida aprieta, al final avanzaremos. No sé si hacia alguno de esos objetivos «Nobelescos», pero sí al menos hacia escribir bien.

Es el escribir por el mero hecho de escribir, y hacerlo lo mejor que podamos como arte, el que debe bastarnos por sí mismo sin necesidad de premios, reconocimiento y una mesa en El Corte Inglés.

Ahora, esto de echar horas sí o sí puede parecer aburrido, la vida de un operario de máquinas en vez de la de un artista bohemio, corredor de aventuras.

Nada más lejos de la realidad.

Como en las redes sociales, la parte más conocida de los escritores que admiramos y sus andanzas no era la que reflejaba su manera de trabajar. Por la noches en los bares del París de los 20, por las mañanas pegados a la página, resaca mediante o no.

La de la mañana es la actitud y la vida de un artesano que tiene respeto y amor de verdad por la escritura, por eso le entrega todos los días algo que no es cualquier cosa.

Y cuando acaben esas tres horas, ya corre las aventuras que siempre imaginó. O se va a la mesa de plástico de un bar, a aferrarse a una lata de cerveza de mala marca (nada basado en hechos reales, como otras cosas que digo aquí).

Si uno mira tras las fotos glamourosas de sus autores preferidos, los verá ahí, plantados las horas que hagan falta, igual que Trollope ante de enfilar la calle que lleva hasta Correos.

2 responses

  1. Hola llegue a tu sitio desde el blog de Valentina Truneanu.
    Tus artículos cuentan mucho de lo que ocurre, tras el teclado, trás el lápiz y la libreta y nadie cuenta.
    Me quedo enganchada de tu blog.
    Saludos,

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