Bukowski

Hoy es un día que se arrastra con pereza por el final del verano, así que mejor imitarlo y que hable otro. O que al menos las cosas importantes, las que recordar, las diga él.

Leí la novela “Mujeres” de Bukowski y me dejó algo frío.

Lo sé, es pecado y escupo en la cara del moderneo, pero lo mismo me pasó con Paul Auster y Martin Amis, así que confesado el sacrilegio ante esa Santísima Trinidad, creo que pocas afrentas más importará que cuente.

Pero volviendo a Bukowski y por casualidad, como siempre son las cosas importantes de la vida, hace unos días me topé con su poema “The Crunch”:

“hay una soledad en este mundo tan grande
que puedes verla en el movimiento lento de
las manecillas de un reloj.
Gente tan cansada
mutilada
ya sea por el amor o por el no amor”.

Y como el poema me dijo más que la novela, me hice con una copia de Love is a dog from Hell. Y sí, en inglés para dar más asco.

Leo muy poca poesía, no me erijo en juez y no sé si es malo en eso, como decía una de sus mujeres que fue escritora o el mejor de los americanos, como pensaba Sartre. Yo leo sin juzgar, ni repasar ni deconstruir de manera lógica, sigo el consejo del propio Bukowski de, simplemente, leer y olvidar, para que así yo pueda luego excavar dentro del pozo propio. Pienso que si algo te ha de dejar huella, lo hará de manera inconsciente y que perseguirla lo aleja.

Así que descubrí con cierta sorpresa que su poesía me hace pasar páginas. Bukowski no es soneto ni luz de luna, su poesía no resulta muy diferente de su prosa y es amor y cucarachas y retretes embozados y alcohol a medio terminar, en medio de platos sucios.

Nada raro, nada que no veas muchas veces, pues hoy muchos intentan posar como él y a casi todos les sale la fotocopia movida, pues ninguno puede captar esa fuerza que tienen los primeros que hicieron algo.

Ni prosa, ni poesía, el Bukowski persona(je) es el que siempre me ha resultado más atrayente, pues lo conocí antes a él que a su obra.

De todas formas me atrae a mi manera, porque no soy muy mitómano. Aunque tuviera oportunidad de viajar en el tiempo no creo que lo frecuentara demasiado como compañía. No creo que lo aguantara mucho más de unos minutos y él a mí, seguramente, no me soportaría. Pero a veces, unas rondas, pudiendo escuchar brevemente antes de que canse, sí me hubiera tomado.

Bukowski era uno de esos personajes de los que me gusta saber, pero de lejos, a través de terceros o de su escritura, para conocer como un mirón lo que hacía, lo que decía y, sobre todo, qué pensaba su cabeza en el silencio.

Incluso con él creo que pocas veces rompería mi regla no juntarme con otros de mi calaña, pues los que escribimos somos bastante insoportables. Juntas dos y adiós al mundo y lo interesante. Excepto en casos raros, he visto aire formado por muchas palabras huecas, que pretenden tapar pequeñeces igual que barres bajo la alfombra.

Hace mucho Sean Penn le hizo una entrevista. En ella planteaba un concepto, como la fe o las peleas y Bukowski decía lo que quisiera. Uno de los párrafos más interesantes era el de la soledad, sobre la que él siempre tuvo mucho que decir.

“Nunca me he sentido solo. He estado en una habitación -me he sentido suicida, he estado deprimido, me he sentido horrible, horrible más allá de lo imaginable- pero nunca he sentido que otra persona pudiera entrar en esa habitación y curar lo que me afectaba, o que lo pudieran hacer varias. En otras palabras, la soledad es algo que nunca me ha molestado porque siempre he tenido ese terrible deseo de soledad. Es cuando estoy en una fiesta o en un estadio lleno de gente que vitorea algo, que puedo sentirme solo. Citaré a Ibsen: ‘los hombres más fuertes son los más solitarios’. Nunca he pensado: ‘bueno, alguna rubia guapa va a venir y me va a follar, me va a acariciar las pelotas y me sentiré bien’. No, eso no ayudará.
Mira cómo piensa la gente común: ‘Hey, es viernes por la noche, ¿qué vamos a hacer? ¿Quedarnos aquí sentados?’ Bueno pues sí, porque no hay nada allá afuera. Es estupidez, gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen ellos. Nunca sentí el ansia de lanzarme a la noche. Me escondía en los bares porque no me podía esconder en las fábricas, eso es todo. Pido perdón a todos esos millones, pero nunca me he sentido solo. Me gusto, soy la mejor forma de entretenimiento que tengo. ¡Bebamos más vino!”

Y en “Factotum”, su segunda novela, dijo:

“Si vas a intentarlo, que sea hasta el final. Si no, ni empieces. Podría significar perder novias, esposas, parientes y puede que incluso la cordura. Podría significar no comer en tres o cuatro días. Podría significar congelarte en un banco del parque. Podría significar la cárcel. Podría significar la burla. Podría significar el aislamiento. El aislamiento es el regalo. Los otros son una prueba de tu resistencia, de cuánto quieres lo que quieres en realidad. Y lo harás, a pesar del rechazo y de las probabilidades en contra. Y será mejor que cualquier cosa que imagines. Si lo vas a hacer, que sea hasta el final. Estarás a solas con los dioses y las noches brillarán con luz de fuego. Cabalgarás la vida hacia la risa perfecta. Es la única buena pelea que hay”.

Por cosas como esa, Bukowski es alguien del que quise saber, de lejos, por terceros, como mirón silencioso, pero saber.

La poco original fascinación de juventud por el escritor me llevó a la novela. La casualidad me llevó a su poesía. La poesía me llevará, de nuevo y sin remedio, a otra novela. Puede que no enseguida, pero me llevará antes de que sea demasiado tarde, porque, como decía él, nada hay peor que un demasiado tarde.

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