Cambiando una obsesión por otra

Hace más de dos mil años Cicerón dijo que un clavo sacaba a otro clavo y supongo que la frase nos enamoró tanto, que no nos molestamos en saber qué pasa en el mundo real cuando haces eso.

Así que así caminamos, cambiando una obsesión por otra y esperando que esa nueva pieza encaje en la forma que la vieja nos excavó dentro.

Yo de pequeño siempre quise ser distinto y de viejo compruebo que lo consigo poco y mal, así que por ese orador me guío en más ocasiones de las que debiera.

Tanta palabra para decir que en este verano de escritura llegó el momento de cambio de tercio, dejando descansar de momento la novela “terminada” (no han hecho comillas suficientes para esa palabra), para empezar con otra nueva.

Una historia simple que siempre quise contar.

Empiezo queriendo esas historias simples y acabo siempre contándolas complicadas, pues todo se convierte en una lucha contra la hidra, a la que no paran de crecer cabezas más rápido de lo que yo puedo decapitarlas.

Las historias tras el telón de esta nueva obsesión son francamente peculiares.

No voy a comentar en qué situación surgieron las primeras palabras, pues todavía hay gente que cree que soy persona respetable. A eso se une el hecho de que la historia adoptará a un relato huérfano que nunca llegó a su destino. Lo creí perdido y me lo encontré sin querer, hace poco, bajo un montón de piedras.

Ahora encontrará refugio en la novela, se diluirá en ella y nadie sabrá quién es ni por qué nació.

Y es que las historias tienen historias debajo cuando levantas la alfombra.

Esa es una de las cosas que más me atrae de ellas, esos niveles de significado que no se ven al primer vistazo y que muy poca gente acaba conociendo. Esparcidos por lo que cuento hay innumerables y es que los secretos y las bromas que sólo entiendo yo, me atraen y me hacen gracia.

¿De qué irá esta próxima novela?

Será la historia más vieja jamás contada, pero es que no voy a ser tan iluso como para creer que puedo decir algo nuevo, sólo aspirar a que a alguien le llegue más hondo mientras lo hago y se clave ahí, para que cuando termine se haya hecho un hueco y cuando se marche deje un vacío.

Llenar primero y que duela después, es lo único que he querido siempre.

Por cierto, será que yo soy un patoso (que sí), pero cuando lo comprobé, sacar un clavo con otro sólo consigue hacer el agujero más grande.

O es que yo nunca supe hacerlo, que es muy probable, con lo que al terminar esta nueva quijotada, supongo que sólo quedará un hueco más grande y tendré que volver a empezar, fingiendo que el viejo orador mentiroso decía la verdad.

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