Más reseñas para “Perdimos la luz de los viejos días”

Novela perdimos la luz de los viejos días

Aquí iba un pedazo de la locura nueva con la que estoy y que, imagino, me quitará unos años de vida en los próximos meses, pero ya habrá tiempo mañana o pasado para ello. Le debo algo de cariño a la novela Perdimos la luz de los viejos días y las deudas hay que pagarlas.

En los últimos días han aparecido más reseñas del libro. Siguen siendo buenas, muy buenas, así que voy a ser padre orgulloso, como dijo un buen amigo, y referenciarlas. Leer todo

La antigua y honorable tradición

La antigua y honorable tradición de escribir en el bar

Esto iba a ser la diatriba incendiaria de las 2:28 de la madrugada, pero, ¿para qué? Si algo sobra en el mundo son quejas y en su día yo ya invertí en un saco de boxeo, en vez de en familia, responsabilidad y trabajo de oficina. Así que, borrada.

Hoy voy a hablar de Bruno y esta historia es real, aunque el nombre no lo sea. Conocía a Bruno de manera casual a través de otras personas; hola y adiós, ¿qué tal? Bien. Bruno es un tipo afable, con unas rastas que caen sobre los hombros como hojas de palmera y a veces camina un labrador hembra a su lado, tranquila como él y que se acerca para que la acaricien incluso los ariscos como yo.

Bruno se dedica a errar (de errante) con bandas de música, él las ilumina y hace que se oigan. Cuando no, cuando aquí es invierno y se hielan las carreteras, la música no suena y Bruno se va. Lo hace lejos porque lo necesita, dice. Es lo que le da la vida, aquí se agota y se vacía.

Ha amanecido en Laos, Bolivia, Thailandia e incontables sitios más, entre ellos Nepal, que recuerdo bien porque siempre me gustó señalarlo en la bola del mundo que me regalaron de pequeño. Yo ponía el dedo sobre el plástico y él se puso todo entero, enseñando percusión a los niños de una especie orfanato, adictos al pegamento. Así como suena y cuento esa porque es la parte menos increíble de lo que sucedió.

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Cajón de sastre

La carta de Lewis Plush

Creo que de pequeño leí los libros de caballería equivocados que me alteraron el seso como al Quijote, o escuché a quien no debía y me inculcó que lo que se dice se hace. La última vez que escribí aquí dije que quería hacerlo más, como mínimo una vez por semana de manera religiosa, pensé entonces, pero mejor un par. Serían esencialmente cosas casuales y breves, hasta que llegara el momento de los escritos habituales y más extensos.

Después de aquello procedí a hacer lo que se hace con lo que dice: ignorarlo y darte igual si algo de lo que hablas se parece a algo de lo que haces. Pero heme aquí, escribiendo un viernes por la noche porque ya he dicho que o leí o escuché cosas que no debía de pequeño y a estas alturas del camino eso ya es difícil de cambiar. Soy de los que no dicen mucho, pero si lo digo y no lo cumplo, lo estoy rumiando en el fondo de ese sitio en el que se supone que tengo el cerebro.

Y menos mal que no hice una promesa. La cuestión es que hasta el final de este 2014 quiero escribir, como mínimo, dos veces por semana en esta web. De lo que sea, eso sí, con lo que es posible que la mayoría de esas veces esto parezca un cajón de sastre, como en este caso.

Esta semana algunas de las mejores cosas que he leído han sido cartas, porque sigo siendo ese extraño voyeur de lo que escribe alguien para otro alguien, pensando que nadie más lo verá. Me gustó el comienzo de la que el soldado de 26 años Lewis Plush —teniente de la Fuerza Expedicionaria Norteamericana en la Primera Guerra Mundial— escribió a sus padres pocos días después del armisticio de 1918. Decía.


A bordo del S.S. Regina

Queridos padre y madre.

Ahora que todo ha terminado, ¿qué queda ahí que podamos mirar? Los quince meses en Francia han sido como un libro con extraños capítulos, un libro que uno lee y aparta a un lado por imposible, pero un libro que deja una garra duradera en la imaginación.


Así es como se empieza una carta, niños, así.

Cuando, por lo que sea, Internet sea sólo un recuerdo borroso y tengamos que volver a apoyar algo manchado en tinta sobre un papel, para hablar con los que están lejos, más vale que busquemos palabras que merezcan la pena y honremos a los que lo hicieron antes y lo hicieron como Lewis Plush.

Querido diario

Novedades y noticias varias

El año termina y la fea cara de 2015 asoma tan esperada como el amanecer de un día de ejecución.

No sé si se ha notado, por la sutileza de la metáfora, que el paso del tiempo es mi amigo favorito. Le comentaba a otro amigo de hecho, allá por el amanecer de este año, que sentía que no se me estaba pasando tan rápido y, como siempre cuando se habla de algo, se gafa.

2014 ha volado y hoy es su día 343, lo sé porque desde que empecé a contar los días en los que sí escribía durante este año, hay 342 muescas (aún no lo he hecho hoy).

Cuando hablo de escribir todos los días, me refiero a ficción, aparte de eso siempre tecleo otras cosas (artículos y composiciones mercenarias diversas). Hoy traigo esta especie de «querido diario» con cosas varias y de hecho, a partir de ahora, quiero usar más la web para pequeños temas o novedades aunque no requieran un escrito extenso. Leer todo

El único libro que he releído

El guardian entre el centeno

Yo, que nunca releo, tengo mi excepción en El guardián entre el centeno. Es una regla que es muy probable que rompa pronto, pero él siempre será el primero. Durante al menos tres veranos de crío me recuerdo con el libro en la mano, una vieja edición de bolsillo de Alianza Editorial con portada blanca y título en gris, imitando lápiz. Estoy tirado en el suelo que es más fresco que el sofá, sobre una manta que servía para cubrir el asiento del pasajero en un 127 rojo.

El guardián entre el centeno era una lectura obligada en el instituto de mi hermano mayor y yo lo cogí porque, en aquellas tardes largas hasta que bajaba el sol, te entretenías con cualquier cosa y aquel libro ejerció una enorme fascinación en mí. Recuerdo, sobre todo, que no eran páginas en las que ocurrieran grandes aventuras como en mis otras lecturas de entonces. Sin embargo, por alguna razón, por la prosa y lo que (apenas) ocurría, me costaba dejarlo. Eso y el nombre del protagonista, que siempre he tenido algo de fetiche con los nombres. Holden Caulfield pasó a ser mi nombre favorito. Leer todo

Un mes escribiendo a mano

Un mes escribiendo a mano

El año pasado, por estas fechas terminaba uno de esos experimentos vitales de escaso sentido que cada dos por tres emprendo. Se trataba de escribir a mano siempre que lo hiciera, en vez de escribir con un ordenador.

En este caso concreto sobra decir que escribía todos los días porque escribir siempre escribo todos los días, y si llueve o truena me da igual. La cuestión es que reencontrar los viejos cuadernos que llené entonces me ha recordado que nunca dije nada más de aquello. Ha pasado un año justo, uno de esos que ha vuelto a parecer un mes, y aunque no es cierta esa chorrada de que nunca es tarde, para este caso concreto, en el que no hubo prisa y nadie lo esperó, no lo es. He aquí algunas cosas que saqué en claro de un mes escribiendo a mano. Leer todo

Cuando las palabras sí marcan una diferencia

Iggy Pop, señoras y señores

A veces las palabras bastan y muchas otras veces no. Cuando uno escribe y ve que lo escribe deja una huella, empieza a creer que tienen poder. Y a lo mejor lo tienen, pero no siempre el suficiente y en muchas situaciones importantes, si lo único que tienes en ese momento son palabras, no sirven para cambiar nada.

El poeta Ted Hugues escribió en 1986 un carta a su hijo Nicholas, de 24 años. Hacía 23 que su madre, la legendaria poetisa Silvia Plath, se había quitado la vida. Otros 23 años después, a los 47, Nicholas también se la quitaría en medio de una depresión.

Era un texto poderoso y me pregunto si no lo fue suficiente, o si lo fue como para mantener vivo a su hijo más tiempo del que hubiera estado si aquello no se hubiera escrito. No lo sé, sólo sé que terminaba con un proverbio de los antiguos griegos: ”vive como si tus ancestros vivieran de nuevo a través de ti”. Leer todo

Cómo se hizo “Perdimos la luz de los viejos días” (IV). Al terminar de escribir.

Cómo se hizo Perdimos la luz. Reescribir.

Ah, los gozos de tener más de dos mil palabras escritas sobre esto y perderlas todas. Sobrevivió lo que decía sobre géneros literarios y el resto, el resto se perdió, en el mismo limbo de los héroes que no lo consiguieron o los calcetines que entran en la lavadora y ya no salen. A mí eso nunca me ha pasado porque soy raro y mi lavadora también, pero me lo han contado mucho. En fin, que perder un buen rato de escritura es una experiencia muy recomendable.

El caso es que mi magnífica memoria hace que no recuerde nada de lo que escribí entonces y tampoco qué he comido hoy. Así que he aquí una cuarta parte de este cómo se hizo y, probablemente, última.

Escribir también tiene que ver con ese extraño momento de después de hacerlo. Cuando pones las tres letras de FIN y yo las pongo, sientes un extraño alivio y luego la sensación de que, en realidad, queda todo por hacer y ya volcaste todo lo que tenías. Leer todo

Escritor y mercenario

Escritor y mercenario

Nunca he negado que con las palabras soy un mercenario, escribo para mí y para otros. He escrito ciertas cosas que no puedo revelar y serían difíciles de imaginar, de hecho. Pero entre lo que sí puedo, he querido recopilar algunos escritos que han aparecido en otros sitios que no son éste.

Uno de mis lugares favoritos para garabatear es el fenomenal blog “La piedra de Sísifo”. La dedicación incansable de su creador, Alejandro Gamero, me llena de envidia y no de la sana, esa no existe. Si no visitas ese sitio a menudo, no sé qué estás haciendo por Internet, la verdad (y no quiero saberlo, pero me lo imagino, así que ve antes de que te quedes ciego).

Allí hablo sobre todo de libros y de quienes los escriben, buscando la parte que suele haber entre las líneas. En esta página están todos los artículos que he escrito. Leer todo

Tiempo de reseñas para Perdimos la luz de los viejos días

Reseña para Perdimos la luz de los viejos días

No voy a decir que me encante que reseñen lo que escribo. Sea bueno o malo lo que digan siempre lo leo un poco en diagonal y por encima. Una vez he hecho algo y hecho está, no me gusta remirarlo, así que, como curiosidad, tampoco releo nada mío que ya no pueda cambiar. ¿Ese libro impreso que me envió la editorial no hace mucho? No sé, no lo he abierto, igual son fotos de gatos.

Pero el tiempo de reseñas llega y las primeras para Perdimos la luz de los viejos días ya están aquí. De momento soy afortunado pues lo han tratado bastante más que bien. Supongo que de todo habrá en el futuro, pero por el momento es muy bueno así que, como dijo una antigua profesora de literatura, es de bien nacido ser agradecido.

He aquí los enlaces a las reseñas y algunos extractos de las mismas. Cuando tenga tiempo (que en realidad siempre significó “cuando venza a la pereza”), pondré esta información también en la web de la novela. Leer todo

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Siempre me gustó recibir cartas, así que, si quieres, escríbeme un mensaje, me alegrarás aunque a veces no lo reconozca. Caigo un poco en el cliché de ermitaño (y odio los clichés), pero procuro responder siempre.