Cierra la ventana

Relato: Cierra la ventana

Tengo un gato y tengo un libro. Tengo treinta y seis años y lo que no tengo es qué hacer durante la última noche del año por primera vez en mi vida.

Cuando era niño tenía un montón de primos e ilusión, luego amigos, luego estos tuvieron novias y otros amigos que no eran yo, trabajo e hijos. Todo se trata de tener, al parecer. Yo no sé, la vida es que me adelantó por la derecha, y luego la muerte, por eso ahora tengo un gato y un libro, los he heredado del abuelo de mi bloque que un día me dijo: «Hagamos un trato.»

El trato era que cada vez que él bajaba a ese mundo afuera que festeja sin mí, hacía un signo de tiza en su buzón y yo se lo borraba y así iba sabiendo, al ver ese signo y pasar la mano por encima, que él aún respiraba tras la puerta cinco: «A mí morirme me va a dar igual, esa impresión tengo, de hecho, hasta me esperan amigos allí, pero Calcetines…»

Calcetines era el gato, cuarto de la estirpe. «Me da pena el bicho, él no tendrá la culpa de que yo me muera y yo no quiero tener la culpa de que él se muera, así que…» ¿Qué vas a decirle a esos puntos suspensivos? Cualquier cosa para no sentirte el peor tipo del mundo.

Supongo que el viejo vio en mí al pringado de la escalera, porque había tan poca gente viviendo en el bloque que, o era yo, o era el putero de la puerta tres, que sí va a tener algo que hace en Nochevieja, lo de siempre. A veces pienso que en esta escalera viven los tres estadios de mí: el yo de ahora, mi fantasma del futuro putero y mi fantasma del futuro gatero. Todos son yo y uno de mis fantasmas ha muerto ahora y me he convertido en el del gato sin pasar por el de la casa que siempre huele a tabaco y sexo breve. Estas son las cosas de no tener qué hacer una Nochevieja, que piensas, y eso es lo peor que te puede pasar.

A cambio de cumplir el pacto, el viejo también me legó su libraco al morir, testamento de por medio y todo. Es un tomo enorme y antiguo como esos que ves en las bibliotecas de las iglesias que visitas cuando vas de viaje. Huele extraño, el gato también. Abres las páginas y sientes un frío, es una corriente porque el libro es el callejón hacia algún sitio. Me asomé por él y no vi a nadie la primera vez. Luego me asomé el día de Navidad, tras volver de cenar con mis padres —qué mayores, pensé, de ellos no heredaré ningún libro— y entonces allá, como en un rincón, a través del ventanuco a sitios oscuros que es ese libraco, vi a Eleuterio.

No sé decir bien cómo lo vi, pero era él. De hecho yo nunca supe qué fue del Lute tras la carrera. Supuse que se quedó en la caja rural de su pueblo, que una chica de allí, prima segunda o así, como siempre en esos sitios, sería su novia y sacaría a un par de pequeños Eleuterios por entre las piernas. Serían miopes y tímidos como él, y luego Lute moriría en el pueblo como debe ser, con dos vacaciones a Benidorm y una a Toledo en la cuenta. Pero el caso es que abrí el libro y allí estaba él ya, en un sitio oscuro y agazapado como si tuviera frío. ¿Eleuterio? ¿Tomás? Eleuterio, ¿qué haces ahí? Tomás, me han matado, ayúdame. Cerré el libro en Navidad y tuve ese alivio de cerrar la ventana en lo crudo del invierno. La corriente helada de Eleuterio, con ese leve olor en el que se pudría, dejó de entrar en casa. El gato me miró como si fuera gilipollas, el gato me miró como siempre.

Una vez leí uno de esos estúpidos artículos de alguien que supongo que también se quedó sin plan para Nochevieja y tenía mucho tiempo libre, reivindicaba un mundo en el que nos aburriéramos de nuevo, en el que tuviéramos un tiempo sin estímulos, ni móvil, ni televisión. Eso ayudaba a fomentar la creatividad, decía, pero no es cierto, por los minutos en los que te aburres se cuela el diablo, son su ventana como ese libro es la de mi amigo muerto. Por eso, Nochevieja y sin plan, con la gente ahí fuera pasándoselo bien (es lo peor, te recuerdan el paraíso imbécil que perdiste, pero paraíso) se le ocurre a uno que mejor abrir el libro que encender la televisión, ver esos programas de fin de año sí que es la derrota definitiva, antes me siento al lado del Lute en la oscuridad a ver si veo una ventana que se abre en algún sitio.

—Eleuterio, ¿estás ahí?

—Tomás, no te veo bien.

—Nunca viste bien, Lute.

—Lo sé, es que mis gafas no sé dónde están. Tomás, ¿tú también has muerto?

—No, Lute, sólo de aburrimiento. Es Nochevieja, feliz Año Nuevo.

—¿Nochevieja? ¿Qué más me da a mí eso si me han matado? ¿Me puedes sacar de aquí? Creo que quepo por tu ventana.

—No, Lute, no puedo sacarte. ¿Qué te pasó?

—Mi cuñado y mi mujer, mira.

—Te he dicho que no veo nada, Lute.

—Mejor, porque me destriparon, me rajaron como en la matanza, y luego esa mierda de perro patada de él, que tanto le gustaba a ella, tiró de las tripas. Se las llevó en la boca el cabrón y es lo último que vi antes de morirme. ¿Tú crees que eso es normal? Ahora no puedo encontrar las tripas ni las gafas.

—Joder, lo siento.

—Es igual, si la verdad es que ya hace tiempo de aquello y esto está oscuro menos por donde has abierto. A todo se acostumbra uno.

—Eso es cierto.

—Bueno, ¿y tú qué tal? ¿Qué es de tu vida ya que tienes una?

—Me quedo en casa hoy, no tengo plan.

—¿Estás solo en Nochevieja? Es una putada.

—Tengo un gato, pero sí que lo es.

Y esa frase me hizo sentir la peor persona del mundo, como si le hubiera dicho al viejo que mejor se buscara a otro para sus pactos. El muerto perdido y sin tripas en un lugar oscuro y el tipo que no tiene con quién salir ya, mi drama sin duda es más terrible. Lute siempre fue demasiado bueno. Muerto y hueco y aún sentía lo tuyo de no salir más que su «pequeño inconveniente», más que el hecho de que la mujer que dijo hasta que la muerte me separe decidió que esta tardaba mucho, que mejor traerla de la mano y que hiciera lo suyo.

El día en que murió, Eleuterio sorprendió a su mujer con el hermano en la cama. Entendió entonces qué pasaba en esas noches de malos sueños que tenía desde hacía tiempo. En ellas se despertaba con dolor de cabeza y habiendo escuchado los gritos de ella, él paralizado, queriendo salvarla en la pesadilla y sin poder hacerlo. Aquellas noches integraba los jadeos de su mujer en sus sueños de las formas más diversas. Lo sedaban con su vaso de leche con miel (esta miel no sabe rara, Eleuterio, bebétela y no seas neurótico. ¿Es que no sabes que cuando te haces viejo te cambia el gusto?). Una vez había hecho efecto el somnífero, lo hacían a su lado en la cama, imaginándolo muerto quizá. Esa humillación les excitaba, al parecer. Cosas como esa son las que tienen que escuchar algunos justo antes de morir, mientras ves un perro alejarse alegremente con su botín. Eso y saber, porque también se lo dijeron en la agonía, que aún lo harían otra vez más con él ahí y el perro comiéndole en el jardín de afuera.

Entonces Eleuterio me pregunta que si ya que no puedo estirar una mano y ayudarle a salir por la ventana que he abierto, que si al menos puedo ayudarle a vengarse.

—Yo soy un tipo normal, Lute, yo no sé de esas cosa, hombre.

Él también lo era, el más normal del mundo y míralo, como todos esos del telediario y todos esos otros que mueren en accidentes de avión y guerras lejanas. Esos tan ajenos que no parecen ni de verdad y nunca van a ser tú.


La ilustración es de mi admirado Derek Hess.

4 responses

  1. Isaac, muy entretenido, gusto a poco. Me imaginé mil finales. Hubiera gustado haber mirado por la ventana y ver a lute. Me habría ofrecido para buscar sus gafas y lanzarlas por aquel hueco de luz, el único, que desde su hades personal veía. El aburrido lo detesté, casi me peleo con él, pero luego me dije, está tan enfrascado laméntandose que ni me mirará. Entonces, cerré mi libro. Me encantó. gracias

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