Cómo conseguir la inmortalidad literaria

Haced caso a Marco Aurelio, malditos

Oh sí, cómo adoro los artículos que prometen la fórmula del éxito en lo que sea, especialmente en lo literario. Cómo escribir un best-seller, cómo escribir una buena novela de (rellene aquí su género favorito). Éste ofrece algo más humilde, la inmortalidad y ya está, en este caso literaria. Conseguir que dentro de siglos, cuando ya nadie lea, a ti aún te lean.

No hace mucho estaba leyendo un artículo sobre el libro Those who write for immortality, de la autora H.J. Jackson. Es profesora de universidad y estudiosa profunda de autores antiguos. Es uno de esos libros algo oscuros, bastante caros, publicados por una editorial universitaria.

En él, Jackson intenta responder a la pregunta de por qué ciertos escritores siguen siendo leídos y otros, incluso más famosos que los primeros en sus tiempos, cayeron en la oscuridad. En definitiva, qué hace que alguien como Jane Austen viva, siendo leída el sinónimo de viva, que es la metáfora que todo escritor ansía construir. Mientras, su contemporánea Mary Brunton, más popular en su tiempo, parecida hasta el punto de que algunos no distinguían a la una de la otra, se ha ido deshaciendo en el olvido. Pone más ejemplos en esa dualidad, a Keats aún se le lee, a su contemporáneo Cornwall no, a Wordsworth sí y a Crabbe no. En sus tiempos aquellas eran formidables rivalidades, la ventaja podía estar de parte de los segundos incluso. Sin embargo, con el tiempo, fueron los primeros los que pervivieron.

¿Por qué?

El ansia que mueve al escritor, lo sepa o no

Los romanos fueron los primeros que empezaron a plantar la noción de que los que escribían podían acceder a una especie de Olimpo, en el que vivirían siempre mientras se les siguiera leyendo.

“No moriré del todo”, decía Horacio, “sino que continuaré creciendo, fresco, con el elogio de la posteridad”.

Desde entonces, los que escriben viven malditos y capturados por esa idea del poeta, a veces sin reconocerla, casi siempre sin plantearnos si es cierta o no. De una manera u otra el que escribe busca una inmortalidad subrogada a través de lo que hace. Como dijo aquél: unos tienen hijos, otros escriben libros.

La cuestión es que ya desde entonces Horacio propuso una fórmula para esa inmortalidad: la consigues con algo tan peregrino e indefinible como “ser bueno”, si tus palabras son dulce et utile, dulces y útiles. Eso implica que no son cualquier cosa, topicazos, ni referencias y modas con fecha de caducidad. Han de tener la profundidad para resistir el paso del tiempo y ser relevantes siglos después, tratando los temas que siempre nos interesarán.

Ahora, los tiempos de Horacio no eran mejores, pero sí más simples. Lo que dijo puede ser cierto, como Jackson demuestra en el libro, pero resulta del todo insuficiente para esa inmortalidad, como también deja claro la autora.

Es la misma respuesta que tienen todas las preguntas importantes

Al final, como para todas las preguntas importantes (tiendo a pensar en la inmortalidad como algo de cierta importancia), para ésta no hay una respuesta simple y el libro no la da. Como mucho, puedes aportar pedazos sueltos e incompletos del puzzle, que abren más dudas de las que cierran. Eso muestra que has tirado de otro de esos hilos que se multiplica hasta hacerse una tela de araña, en la que te quedas atrapado antes de poder llegar a algún sitio. Como bien concluía el artículo sobre el libro, uno debe leerlo por las fascinantes piezas y no por el decepcionante ”todo”.

Nos frustran esa clase de respuestas basadas en “depende”, “no es fácil”, “no hay una sola fórmula”, por eso seguimos a los que nos dan una explicación que sea simple, aunque diste de ser cierta. Anhelamos las conclusiones sencillas y por eso seguirán apareciendo artículos sobre cómo crear un best-seller y algunos de ellos hasta se toman en serio y todo.

Lo que se necesita además de ser bueno

Así que Horacio tenía razón, pero apenas una poca. Crear algo que conecte con las emociones humanas, que sea lo bastante complejo como para seguirse leyendo y extrayendo significados, ahora y doscientos años después, es una condición necesaria, pero nunca suficiente. Es cierto que lo bueno acaba saliendo a flote, muchas veces tiempo después de que haya muerto el que lo escribió (no pocas veces olvidado y en la miseria, para seguir contribuyendo al mito), pero no, no basta. No basta incluso aglutinar el resto de cosas que especifica el libro de Jackson, porque siempre puedes encontrar casos a favor y en contra. Hay autores que tuvieron todo eso y, sin embargo, no son recordados.

Según la autora, la de la inmortalidad literaria compone una fórmula extraña que incluye, entre otras cosas.

  • El talento ya nombrado, porque permite una reinterpretación de los escritos con el paso del tiempo. La prosa buena tiene niveles, dice cosas más allá de lo que cuenta, posee entrelíneas. Habla de los temas fundamentales y resuena ahora y lo hará en el futuro.
  • Una familia después de tu muerte. Que cuide tu legado, lo extienda, que encuentre esos poemas no publicados y empuje por sacarlos a la luz. También sirve una editorial detrás que siempre te fue fiel y avive tu llama por ti cuando desaparezcas, como la de Hemingway.
  • Dejar algo no publicado. Tener diarios, cartas o similares, manuscritos inacabados, algo más con lo que saciar la sed de ti que tienen aquellos a los que gustaste. Sin embargo, que tampoco sea demasiado, para no tapar lo bueno.
  • Un altar, vivir en un sitio bonito, o morir en él. El Dublín de Joyce, el París de los modernistas, el Camino de Kerouac. La gente peregrina por esos sitios, mantiene viva una fama aunque no te lean. Esos altares forman parte de tu mito y le ayudan a seguir vivo, al estar cogidos de la mano. Esos altares te sostienen y suelen ser más duraderos que la simple vida de una persona.
  • Morir joven. Lo cual ayuda a tener una mitología personal atractiva, que es otro de los puntos más importantes. Muchos recuerdan más al escritor y lo que se cuenta de él, que lo que escribió. Esa mitología vale más que mil reseñas positivas. Subida a sus hombros, quizá te aúpe al Olimpo que construyó Horacio.

Hay más puntos en esa fórmula rara, estos eran algunos de los más se repiten en los que lo consiguieron. También hay una conclusión final desalentadora viendo lo complejo que es todo, la de que quizá lo ideal sea no escribir con la intención de ser inmortal.

Jackson, como si se hubiera metido a hacer el mapa de un jardín sin salida, se apoya en Marco Aurelio para darnos ese golpe y que no se lo devolvamos. Ya lo dijo el último emperador bueno, que la gesta en busca de la fama es “pura vanidad”.

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