Cómo escribo (1)

Son las 12:25 del mediodía y llevo exactamente 856 nuevas palabras escritas del proyecto con el que estoy.

A veces caen solas del árbol, a veces hay que excavar para sacarlas. Hoy es de esos segundos días y parece que trabajas en un campo de malas hierbas.

Además, algunas de esas palabras han salido con “trampa” y me parece bien, porque si no estás haciendo trampa, no lo estás intentando lo suficiente.

Alguna vez me han preguntado que cómo escribo, cómo surgen las “ideas”, qué herramientas utilizo, qué proceso sigo, etc. así que hoy me ha dado por ahí. No por ganas, sino por el simple hecho de que, como siga delante de la pantalla sin exprimir algo decente a la musa atada en el sótano, le voy a pegar un puñetazo al portátil.

Así que al menos haciendo esto, los dedos los tengo ocupados y no pensando en cerrarse formando un puño.

Y esta “explicación” va a ser fragmentada en partes, desordenada y caótica, porque no puede ser de otro modo, ya que escribo así.

Hay un proverbio que dice que “siempre hay un método dentro de la locura”, para referirse a que en el mundo caótico de los que crean o piensan, hay una lógica oculta (y muy personal) que tiene un sentido y hace funcionar las cosas. Sin embargo, para aquellos ajenos que miran desde fuera, parece que sólo hay tremendo caos y desorden.

En mi caso esa frase “casi” encaja, porque supongo que mi “método” es la locura.

Cómo empieza todo

¿De dónde surge lo que hago? No tengo ni idea. Empieza por los motivos más trascendentes y, como yo soy yo, casi siempre por los más estúpidos. De todas formas, no me parece la parte importante, porque empezar cosas es algo común, terminarlas es lo heroico.

Escribo para salvarme, escribo porque a veces me divierte, escribo porque calma el ansia, porque surge una idea o sin motivo ninguno. Casi siempre empiezo porque no sé hacer muchas cosas más que no me vayan a meter en líos (no es que escribir no me haya metido en más de uno, ahora que lo pienso).

Hay veces en que las historias surgen de una idea y hay veces que surgen palabras antes de tener una historia. En mi caso, esto es lo más común. Me pongo a caminar sin saber para dónde, con la esperanza de que me lleve a algún sitio. A veces lo hace, a veces es al barranco.

No creo en las grandes ideas, ni en tenerlas antes de empezar a escribir. Cada vez que alguien me dice que tiene una idea genial y la va a explicar, me pasa esto

Homer escuchando una idea genial

Aunque, siendo sincero, casi nunca escucho a nadie de todas formas.

Las ideas son baratas, junto con la opinión, es la mercancía menos valiosa que existe. Sólo hay que fijarse un poco para ver que todo el mundo tiene ideas geniales, a mí se me ocurren diez y se me olvidan veinte cada día. La mayoría de las veces son tan geniales como guapo es un hijo para su madre.

Lo que ya no es tan común es la capacidad de ser miserables como para pasar noches en vela y días de trinchera, intentando hacer que esa idea cobre vida. Que sacrifiques cervezas, trabajo, seguridad, cordura o días de playa a cambio de, como diría Hemingway, quedarte delante del teclado y sangrar.

Muchas veces ni empiezas con esas ideas y languidecen en libretas, muchas veces se quedan a medio nacer, como un monstruo de Frankenstein que gime en un cajón llamando a su padre, porque sólo le diste media vida.

Me viene a la cabeza alguien que conocí durante un tiempo y me dijo que cada vez que no terminamos una cosa, creamos un fantasma, que se nos pega y aúlla lastimero, que aunque no lo veamos ni lo notemos, nos pesa un poco y nos enlentece.

Un buen tipo, algo raro y completamente loco, me pregunto ahora qué fue de él y de su harén de amor libre.

Las ideas son cobardes y traicioneras, atacan sólo si estás vulnerable, cuando no puedes clavarlas con un bolígrafo a una hoja y atraparlas: suelen frecuentar la ducha, los momentos sentado en la biblioteca con el papel higiénico en la mano y los instantes más inoportunos de interacción con otros.

Tengo cárceles de ideas en forma de libretas y documentos de ordenador, a las que paso lista a veces como a un montón de presos. Eventualmente abro la reja y le otorgo la condicional a alguna, para ver dónde me lleva, pero no es lo habitual. La mayoría de las veces comienzo un proyecto porque en ese momento nace una urgencia que me señala una dirección, con una vaga promesa de que por ahí, a lo mejor, encuentro algo. Y así, sin saber cómo ni adónde voy, empiezo a escribir.

Entonces comienza la siguiente etapa, la de “retazos y caos”, que sigue a ese primer destello por el que nace una historia.

[…CONTINUARÁ..]

(Pero sólo lo hará porque estoy harto de fantasmas que susurran cosas).

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