Cómo escribo (2)

Como hoy ya he pastoreado mil palabras nuevas hasta su destino, descanso de escribir escribiendo sobre cómo escribo.

Así que vuelvo por donde lo dejé al terminar la primera parte.

Cuando escribo, tras el surgimiento de la idea inicial viene el caos.

Un caos hecho de retazos furiosos de historia, que tengo que sacar de mi cabeza como sea.

Empezar es fácil, algo muy común en mucha gente y por tanto no muy valioso. Cuando surge la idea inicial (que te susurra mentirosa que es mucho mejor de lo que en realidad es) viene acompañada de algo de ilusión, que te empuja a querer volcar sobre el papel lo que hierve en la cabeza.

Y la ilusión a veces no está mal, porque estás deseando ponerte con ese proyecto nuevo, pero, igual que la idea es mentirosa, la ilusión es traicionera.

De hecho, muchas veces es la peor enemiga.

Porque cuando una idea surge, te intenta seducir para que dejes ese trabajo que estás haciendo, esa historia que se atraganta y con la que llevas demasiado tiempo. Con palabras dulces la ilusión dice que te pongas con eso tan brillante, tan nuevo y tan atrayente que se le ha ocurrido.

Si le haces caso, al final sólo tienes un montón de barcos contra el acantilado, que nunca llegaron a su destino. Porque la ilusión empieza cosas, pero para acabarlas, que es lo único que importa en este juego, las armas necesarias son otras.

La cuestión es que la primera fase de mi escritura suele ser “sencilla”. Multitud de personajes, lugares y hechos afloran y hacen conexión, de modo que voy volcando todo frenéticamente en papel, sin importarme demasiado la prosa ni el estilo. Mi única misión en ese momento es hacerlos tangibles, antes de que el mar se me lleve esos castillos de arena.

De ese modo, muy raramente las primeras páginas que escribo son las primeras que se van a leer. Suelen ser escenas concretas que ocurrirán (o no), descripciones de personajes, lugares, diálogos o conceptos.

Ni siquiera suelo tener claro el tiempo de cada uno y quién irá delante y quién irá detrás, así que sólo me centro en sacar de mi cabeza cosas, en refugiarlos en la libreta para que sobrevivan al olvido. Luego ya vendrá la tarea de poner orden en el caos.

Para el 90% de mi escritura utilizo el programa Scrivener, que es, simplemente, el mejor software jamás creado.

Libreta de 1,15 eurosPara una cabeza desordenada como la mía, con la mecha de la memoria corta y que funciona sólo a veces, Scrivener es un enviado del cielo.

Quien lo haya probado y se haya molestado en dedicar media hora a toquetear y aprender cómo funciona, ya sabrá de lo que hablo.

La cuestión es que Scrivener permite coger esos pedazos y almacenarlos como lo que son, piezas de un puzzle que, personalmente, no sé aún qué retrato pintarán. Con Scrivener puedes guardarlas, moverlas y cambiarlas a tu gusto, sin seguir la esclavitud lineal de un procesador de textos.

El 10% restante de mis herramientas de escritura son una libreta barata (nunca la usaba, hasta que hace un tiempo me la inculcó alguien) y, a veces, algún editor de texto sin distracciones (porque no tengo el Scrivener a mano).

Poco a poco esta etapa inicial se va calmando, el caos es demasiado y sus tentáculos amenazan con ahogar al recién nacido, así que hasta yo tengo la suficiente cordura para saber que llega la hora de componer algo coherente.

Pero esa es la siguiente fase, la de empezar por el principio, bastante tiempo después de haber comenzado.

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