Cómo escribo (3)

Las palabras tienen la maldita manía de rebelarse ante la muerte buscándose vidas propias, muchas de ellas diferentes de las que pretendías otorgarles.

Aquí quería yo terminar esta serie sobre cómo escribo, pero me temo que el delirio continuará, al menos una vez más.

Para los que tengan curiosidad, he aquí la primera parte y aquí la segunda.

Tras el comienzo impulsivo y una etapa de retazos y caos, hasta a mí me llega la hora de poner cordura, coger todas las piezas de mi juego, desperdigadas por ahí como el “Tente” de mi infancia, e intentar crear con ellas algo con un mínimo de coherencia.

Nunca he sabido, ni me interesa, el mejor método para escribir algo, así que, simplemente, lo que hago en esta fase es irme al principio y comenzar a escribir y reescribirlo, hasta rematarlo de manera más o menos decente.

En ese momento olvido todas las otras cosas que he creado, los capítulos adelantados o las ideas geniales (que no lo son) y me centro en cómo quiero empezar a contar la historia cuando me siente alrededor de la hoguera.

Soy un firme creyente en la “Primacía” (creyente y que es un fenómeno demostrado e inevitable), es el efecto de que los primeros instantes de algo influencian poderosamente nuestra experiencia de ese algo.

Lo conocen los que saben contar historias y también los farsantes que te quieren engañar dejándote sin nada. Como, por una vez sólo, no voy a ser arrogante y creerme de los primeros, al menos intento ser de los segundos y robar atención para que, quien venga a mi casa, oiga que la puerta se cierra tras él y no le quede otro remedio que escuchar mi historia.

Así que esa es la manera, tan poco espectacular ella, en que empiezo a darle con el cincel a mi principio, hasta que sale algo bastante decente como para no querer clavarme ese cincel yo mismo.

A partir de aquí es la tarea sin glamour de poner un pie tras otro, pues comienza la travesía y ésta es la fase que separa a los niños de los hombres.

Por delante una llanura yerma, de mucho tiempo en soledad en el que sólo caminas hacia “algo”, cuyo final no se ve y no sabes ni si existe.

Escribir es una actividad solitaria, que demanda mucho de tu tiempo y los mejores momentos, como hace cualquier amante de verdad, que va plantando las semillas de tu perdición mientras te quiere.

Supongo que por eso se terminan pocas cosas de las que se empiezan a escribir, porque tememos más a la soledad que a la muerte y escribir es caminar solo, una elección para la que no estamos hechos.

Supongo que aquí es donde eso de ser un antisocial supone una cierta ventaja, aunque tampoco lo sé. Desde hace algún tiempo sólo me dedico a escribir y todo lo demás no me importa. Me levanto, me siento delante de la pantalla y en ese altar voy entregando los minutos de mi vida.

Los demás están en la playa, yo tengo que escribir. Los demás se van a tomar una cerveza, yo tengo que escribir. Los demás dejan de llamarte porque están hasta las narices con razón, yo tengo que escribir. Me apetece cualquier cosa menos escribir… pues da igual, porque, verás, es que tengo que escribir.

Con el tiempo, y con suerte, ya no sabes hacer otra cosa, así que a veces incluso avanzas y unas pocas de esas hasta terminas.

Hace poco Ray Bradbury cumplió años (porque no ha muerto en realidad, que yo lo sé, vive en uno de sus libros y encontraré cuál es). Sé que el viejo maestro dijo que una novela no debía sentirse como un trabajo y que, en el momento en que fuera así, mejor dejarlo. Me da la impresión de que soltó una mentira piadosa, de las que le dices a un amigo cuando le dejas caer un: “todo irá bien, ya verás”, mientras no le miras del todo a los ojos.

En este camino hay momentos de gozo que no se entienden si no se hace esto, así que no voy a intentar explicarlos. También hay instantes en los que tiemblas de la emoción y dices: “joder, esto es bueno” (para que al día siguiente pienses “joder, esto es una mierda”, pero esa es, oh ironía, otra historia). Sin embargo bastantes momentos y días son, simplemente, pedazos de camino llenos de zarzas. Nada del paisaje te gusta, te duelen los pies y estás harto, pero tienes que seguir con la esperanza de que será mejor y, además, ya no sabes cómo rendirte.

Hemingway (que me parece poco dado a mentirte dulce como hace Bradbury), lo dijo mejor que yo. “Escribir no tiene nada de especial, te sientas y sangras”. Una habilidad poco común, porque hay que ser un héroe o un idiota (yo no distingo una cosa de otra) para sangrar por voluntad propia.

Y esa es la prueba iniciática. Como soy un personaje cuadriculado, mi mínimo diario en el camino es juntar mil palabras, si hago menos que eso, aparte de que me desprecio, estoy jugando a engañarme con que escribo, pero no escribo.

Si escribo dos mil ya puedo dejar de farfullar improperios contra mí, pero en estos meses en que sólo hago esto, al menos he aprendido a cambiar de táctica.

Ya no vivo para completar esos miles de palabras, vivo simplemente para las próximas cien.

Me siento y esa es mi única meta en la vida. Si llevo 125 palabras, me quedan 75 sólo hasta las siguientes cien. Si al volver a mirar resulta que he pasado a 245, genial, con 55 más ya tengo 300, ese es mi objetivo. Si continúo y no siento la necesidad de mirar el contador en un buen rato, porque he alcanzado uno de esos raros estados de flujo en los que te pierdes, genial. Pero en general, ni aspiro a conseguir ese flujo (porque cuando lo llamas nunca viene, surge solo, yendo de cien en cien hasta que de repente te pierdes en la corriente), ni aspiro realmente a las mil palabras.

Mi humilde tarea es existir para las próximas cien y nada más.

Y así vivo, de cien en cien y sin hacer otra cosa, encontrando por casualidad que, de ese modo, suelo llegar mucho más fácilmente a ese umbral que me dice que hoy sí, que hoy puedo descansar un poco.

Lo voy a dejar ya. Han salido por aquí Hemingway y Bradbury, así que voy a nombrar a otro más, Bukowski, porque también dijo sobre esta etapa una cosa que yo no voy a poder contar mejor que él.

ÉSTO

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Comentarios (2)

  1. Me ha gustado mucho este post, muy bien explicado todo. Yo también me pongo objetivos para no insultarme a mi mismo. :)

    Saludos y muy buen blog.

    • Isaac
      Isaac

      Gracias Dani, he estado mirando tu blog estos días y me gustó mucho lo de “No hay peor resignación que la inevitable” ;)

      Nos leemos.

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