Cómo escribo (4 y final)

Ahora sí, ahora termino, porque hablar sobre escribir es enemigo de escribir, así que ya basta de confraternizar.

Ya has empezado, ya tienes las herramientas ante ti, ya ha surgido la idea de lo que quieres contar y resulta que esas tres cosas no importan.

Porque mucha gente empieza, puedes escribir con lo que sea y las ideas nunca son geniales. Así que, llegados a este punto no queda nada más que hacer, excepto sentarte y escribir.

Y así es como se hace y así haces cada día, poniendo una palabra tras otra, persiguiendo la esperanza de terminar, que es algo que ni siquiera existe realmente.

Ya está, se acabó lo que tenía que decir sobre este tema. ¿Cómo escribo? Pues escribiendo.

No importa que cuando me atasco salto a un lado y a otro, no importan los trucos que uso para avanzar palabras ni las veces que reescribo (muchas, demasiadas). No importa mi método concreto de hacerlo, iba a explayarme sobre él en estas líneas, pero lo he borrado, he borrado mil cosas que iba a decir, porque no importan.

Cada uno debe figurarse su manera de recorrer ese sendero solitario.

Tengo unos zapatos y son de mi talla, si intento caminar con los de otro, me espera un mal viaje, si otro intenta caminar con los míos, le espera un mal viaje.

Las personas estamos condicionadas a creer que siempre hay secretos y balas de plata, tendemos a complicarlo todo, a pensar que los maestros tienen un método o un estilo que aprender, porque: “no puede ser tan simple”.

Pero lo es, sólo se trata de ponerse a escribir. Y nunca un acto tan sencillo resulta tan imposible.

Puedes leer todo lo que te dé la gana, tomar notas y hacer “trabajo de investigación”, que en realidad lo único que estás haciendo es evitar ponerte a ello.

¿Cómo se escribe? Escribiendo, joder. Escribiendo hasta que llega ese momento, ese en que os miráis tu historia y tú y te das cuenta de que ya no es lo mismo, de que ha terminado lo que había entre vosotros. A lo mejor, entonces, puedes tener un instante de paz y a lo mejor un instante de celebración (o de luto, nunca supe distinguirlos). Luego, simplemente y sin fanfarria, empiezas de nuevo.

Todo se reduce a dos simples opciones. Puedes tomarte la escritura como un adolescente se toma su banda de rock o puedes convertirte de una vez en, como diría Steven Pressfield, un profesional. En ese incorregible que se sienta y escribe a solas mientras el adolescente habla en algún lugar de lo maravillosa que es toda esa vida bohemia (puag), de esa genial idea que tiene (puag), de que va a componer la obra de su vida (puag), de que un día será famoso (puag). Así sólo impresiona a las chicas más tontas, a veces rasguea la guitarra con otros adolescentes que tienen otros grupos y vive en su mundo de fantasía, sin componer una estrofa propia, en situaciones y con compañías que le producirán un agradable sopor, placer incluso, pero jamás le retarán a nada.

De esas dos cosas, ¿qué es lo que uno va a ser?

Al final es una decisión y un escritor es el que está dispuesto a pagar el precio de la que casi nadie toma.

Tras eso, quién sabe. Puede que alguien le lea o puede que muera sin que nadie lo sepa, no sería el primer grande al que le pasa. Pero al menos, de verdad, podrá escribir en vez de vivir una fantasía en su cabeza que él quiere creer real.

Puedes ser escritor o puedes jugar a serlo, es así de sencillo. En el cerebro de quien juega, imaginar que escribe es casi como hacerlo. Pero no lo es. Ni siquiera se le parece.

Escritor es el que escribe y lo demás es pose.

Ahí abajo, honda, está la promesa de que algún día serás capaz de contar cosas que merezcan la pena a algunos de una forma que merezca la pena a algunos. Hasta llegar a ese fondo, hay una enorme montaña de mierda. Cada párrafo es una paletada que, a lo mejor, te lleva a encontrar tu propia voz y tus historias.
Cientos de miles de palabras después, puede que empieces a dar con lo que buscabas.

Pero claro, ¿quién quiere dar paletadas en la mierda? ¿Quién quiere darlas sin saber si encontrará algo? Sólo el loco, supongo. Además, son más apetecibles otras cosas y las distracciones muchas.

Pero escritor es el que escribe y nada más, hasta el diccionario más tonto lo sabe si se lo preguntas.

Podría haber terminado esta entrada con una sola palabra: “ESCRIBIENDO”, porque todas las demás son vueltas en círculo.

Somos especialistas en racionalizar. Esa es una manera sutil de decir que las personas somos maestros del autoengaño y que la verdad es siempre una extraña en nuestras vidas.

Así que tomamos decisiones por motivos que casi siempre desconocemos (o no nos atrevemos a reconocer), pero cuando nos preguntamos por qué hemos elegido esto y no lo otro, nos respondemos con mentiras piadosas, que queremos creer como sea.

Mejor no echar un segundo vistazo atrás, no sea que atisbemos la verdad tras el telón que hemos bajado sobre ella.

Y somos los mejores creyendo nuestras propias mentiras, así que siempre vamos a tener un montón de excusas para no ponernos a escribir.

Nos construiremos modos de vida y los exhibiremos como escudo cuando nos digan qué tal va nuestra historia. Sin embargo ha habido escritores ricos, arruinados, solteros o con un montón de hijos alrededor, teniendo hambre y pidiendo atención.

Nos construiremos pequeñas excusas cada día, como que hoy no me encuentro bien, que necesito una idea mejor, que no lo tengo claro o que: “es que hoy, he quedado”.

Me las conozco todas porque las he levantado todas, ladrillo a ladrillo, una pared para no querer ver que pierdo un inmenso tiempo en tonterías, que todas las excusas son chorradas y que yo no soy más que un cobarde evitando una pelea.

Porque las peleas duelen, en esta pelea (casi) nunca vas a encontrar aliados reales, sólo estás tú y tu rival. Y lo que es peor, las peleas suelen ser aburridas, muchas veces un forcejeo agotador de dos cuerpos agarrados, que no lleva a nadie a ganar.

Así que te pasas la vida preparándote para una lucha que evitas constantemente.

Dices que sólo necesitas un poco más de tiempo, otro ordenador, otro consejo, otro mentor, otro curso, otra musa u otro lo que sea.

Mejor ponerse mañana, que será mejor momento y tú estarás más preparado.

No vas a estar más preparado y ese “mañana” es un cabrón, que creció convirtiéndose en diez años, tras los cuales resulta que no has hecho nada.

Y así vives hasta que un día te levantas y es demasiado tarde.

A pesar de lo que dicen las estupideces de autoayuda y los que las repiten como borregos, hay veces en las que sí es demasiado tarde y el tiempo nunca, nunca, está de tu lado. Tenemos el ansia de creer esas frases porque suenan bien, porque nos dan un segundo de paz para perder en tonterías, pero no son verdad y esa es la mejor arma del enemigo, la que nos amansa y apacigua en vez de asustarnos.

Demasiado tarde. Ese concepto me aterroriza más que a nada y esa es mi suerte, porque soy el mayor de los cobardes y rehuyo la pelea igual que todo el mundo, pero cuando me alejo de ella veo que estoy caminando hacia ese terror que me espera con los brazos abiertos. Él me dice que mejor mañana, me dice que el demasiado tarde no existe, él me susurra las mentiras que suenan bien y quiero creer.

Pero ya nos conocemos.

Así que vuelvo sobre mis pasos para alejarme de ese pánico y resulta que, el único sitio donde estoy a salvo, es en la jaula de la pelea. A veces dando, muchas recibiendo y otras forcejeando, pero al menos escribiendo.

Unas veces caigo yo de rodillas y otras veces soy el que queda en pie cuando el polvo se aposenta.
Cuando es así, nada, nadie, puede superar esa sensación.

Otras veces son tablas y nos veremos más tarde, porque esto no está resuelto y yo no tengo más remedio que ganar, ya que no tengo otro sitio al que huir.

Y ese es mi secreto, que estoy aterrorizado.

Temo más que a nada el quedarme atrapado de nuevo en el dulce sopor que anestesia, sin que nadie, especialmente yo, me retara nunca a hacer algo que deje una mínima huella en la nieve.

En otros.

Así que cada día me pregunto, ¿qué va a ser hoy?

Y alguna vez me respondo escribiendo, sin que importe el cómo, a pesar de haber dedicado cuatro entradas a explicar ese cómo y en ésta ni siquiera lo diga.

No pasa nada, esto terminó y yo puedo vivir con la hipocresía.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *