Cómo se hizo la novela “Perdimos la luz de los viejos días” (1). Comienzos y caos

el norte lee Perdimos la luz

Soy un “voyeur”. Me gusta indagar en otros escritores y en cómo lo hacen o lo hacían. Leo sobre sus vidas, leo en las entrelíneas de esas vidas cómo trabajaban y, a cambio, soy muy celoso con la intimidad de lo que escribo. A veces patológico. Muchos que me conocen no saben que escribo y como es un acto solitario e íntimo, prácticamente nunca hablo de ello. No le digo a nadie si estoy escribiendo algo o el qué y, si alguien me sorprende haciéndolo y me pregunta qué escribo, la respuesta suele ser: “nada” o “una carta de amor”.

Pero por una vez y sin que sirva de precedente, decidí que levantaría un poco la cortina sobre la novela Perdimos la luz de los viejos días, que acaba de editarse. Así que en varios artículos (no sé si dos, tres o veinte, porque como se verá apenas planifico al escribir), hablaré de la creación de la novela entre bambalinas.

Por comparar con algo, sería una especie de caótico “Cómo se hizo…”. Hablaré brevemente de cómo escribo, dónde, con qué herramientas, cuánto tiempo duró todo… También de qué cosas son reales y figuradas en la historia (algunos me preguntan por esto y otros hacen asunciones, siempre erróneas, al respecto). En general hablaré de todo un poco lo que hay detrás de la historia, para que por una vez no haga falta leer las entrelíneas que a mí me gustan en otros.

El germen

Todo empezó queriendo una historia sencilla.

Creo que la maestría está en esa clase de historias, porque es fácil alargar, enrevesar y llenar de adjetivos las páginas, como si más palabras o más complejas significaran más emociones. Y no. Por eso para Perdimos la luz de los viejos días quise algo sencillo y breve.

Soy de los que cree que la simplicidad es la mayor elegancia y que sólo los buenos son capaces de transmitir lo que quieren con las letras adecuadas y ni una más. Echar un montón de palabras encima o frases “bonitas”, vacías por dentro, es tapar que debajo no hay nada y a lo mejor me hago viejo, pero ya tengo poca paciencia para eso cuando leo y cuando escribo.

Así que quería una historia sencilla, a ver si era capaz de contarla y no apilar trama sobre trama y giro sobre giro y, lo que es más importante, sin dejar de tocar donde me gusta tocar a quién me lee. Me resulta difícil la simplicidad y a lo mejor por eso la persigo, porque yo lo que quiero es lo que más me niega y así me va.

Además, había terminado antes algo que me vació y seguramente se quedará en un cajón para siempre, así que quería la sencilla historia de un tipo normal en una situación quizá no tan normal.

Y así empiezas, tú tienes unos planes y viene la realidad pateando el castillo de arena.

La (falta) de planificación

Para variar, al comenzar a escribir Perdimos la luz… también comencé a planificar la historia. El protagonista, el suceso principal, el conflicto, quizá el desenlace…

Mi estilo de escritura, si me apuntan con un arma para definirlo, es lanzarme al abismo y mientras caigo, intento construirme unas alas. Muchas veces me estrello antes, otras termina en aterrizaje forzoso y alguna vez remonta el vuelo, rozando el suelo y levantando polvo. Normalmente creo los personajes y los tengo claros, los pongo en una situación inicial y toman vida y decisiones propias, casi siempre muy distintas de las que pretendía al empezar. Así que muchas veces renuncio a planear más allá del principio y unos trazos gruesos. No es ni mejor ni peor que saberlo todo de antemano, es mi modo.

Eso hace que al avanzar me tope con muchos caminos que parecen cerrados, pero una parte de mí es masoquista y disfruta buscando una puerta (y a veces fracasa y la historia se queda encerrada en el laberinto para siempre). Cuando surgen esos nudos, me alejo para ver en perspectiva y perfilo de nuevo por dónde va a salir todo.

Así que no, no soy uno de esos que planifica todo con detalle antes de empezar. En ocasiones me gustaría, pero es que no puedo y cuando lo he hecho a fondo no me ha servido, la historia se fue por otros cauces burlándose de mis planes como hacen los dioses. Pero como quería días tranquilos tras un aislado verano de escritura, me puse a montar un esqueleto algo más férreo de lo habitual en mí (y que luego no se pareció en nada a lo que terminó siendo la historia).

Para ello usé la sofisticada técnica de bolígrafo, papel y tachón, después de perfilar los primeros bosquejos en el ordenador e imprimirlos. Esas hojas las llevé conmigo durante muchos días, eventualmente las sacaba donde quiera que estuviera y retocaba algo, mientras que otras muchas veces sólo dibujaba al margen, en honor a tiempos más simples de escuela y Nocilla.

La estructura de perdimos la luz de los viejos días

La estructura de perdimos la luz de los viejos días

El principio

Cuando empiezo por el principio, ya suelo tener escritas unas cuantas cosas. Hay pedazos, escenas o diálogos que surgen en los momentos más inesperados; el que más embarazoso me resulta es cuando estoy escuchando a alguien, mi cabeza se va a otro lado y vuelve con una idea, mientras que el de enfrente sigue hablando de lo suyo. No pasa nada, sigo mirando y asintiendo y me tenso un poco. Sé que, o apunto lo que surge o se irá, porque mi memoria me odia. Lo que hago entonces es repetirme la idea una y otra vez mentalmente, sin dejar de aparentar que atiendo. Como soy hombre y tengo el bucle fonológico entrenado, no hay problema si me preguntan algo, puedo repetir lo último que han dicho aunque no sepa lo que es y además asentir diciendo que es interesante.

No sólo muchas ideas surgen en los momentos más inesperados, casi siempre lo hacen sin orden ni concierto, así que cazo todos los pedazos que puedo. Los intento escribir o anotar y los echo a la caja de la historia, como piezas de puzzle que ya pondré en su sitio. Suelo tener, de hecho, algunos de esos pedazos escritos antes de comenzar por el principio. Así que, tras ellos y más o menos con una dirección marcada, escribo el primer párrafo.

En este caso el párrafo inicial sufrió más de cincuenta versiones hasta que se quedó como está porque me prometí no tocarlo más y, lo confesaré, si pudiera lo cambiaría otras cincuenta veces y no acabaría nunca.

El proceso de escribir la historia

Esta parte es muy simple. Siento el culo y escribo.

Como soy obsesivo, siempre tengo un objetivo mínimo de palabras diarias que escribir (mil) y he de cumplirlas o… Bueno, no sé qué pasará, porque las cumplo como sea, a veces en un estado de flujo y sumando muchas más y otras maldiciendo en cada coma. Da igual que sea domingo, lunes, comuniones o entierros, hasta que no llegue el mío supongo que escribiré y a lo mejor ese día también.

Al final puedes darle las vueltas que quieras, pero escribir es eso, te pones y lo haces. Hay un momento en que uno puede prepararse lo que quiera; con su tacita humeante, con su ordenador impecable, con la música de fondo (yo nunca tengo ninguna de esas tres cosas), que lo que cuenta es ponerte de una vez y como sea.

Perdimos la luz de los viejos días fue escrita sobre la mesa de cristal negro en mi salón y también en bares (pues sigo la “honorable tradición”, lo hago sobre todo en uno y en la barra o en una misma mesa siempre). También se escribió tirado en el suelo, en trenes y sobre las sayas de la mesa camilla en la casa de mis padres, allá en el viejo pueblo. Recuerdo, de hecho, el invierno de un valle del interior arreciando fuera y yo tecleando y el calor de una piña vieja en las piernas.

El tiempo

Los tiempos de escribir son muy largos, extremadamente largos, para impacientes como yo, insoportablemente largos.

Un amigo me preguntó hace poco cuándo escribí la novela, creyendo que era cosa de hacía unos meses. Pues bien, fue durante el otoño de 2013 y el invierno aún me sorprendió escribiendo y el fin de año corrigiendo. El fallo del concurso al que llegué por los pelos fue en abril de 2014 y la novela, como tal, no estuvo hasta octubre de este mismo año. Así que lo que parece un breve proceso de ciento y pocas páginas “de nada”, se alargó un año desde el principio y hasta que se vio en imprenta. Y lo más “gracioso” es que ha sido muy rápido, una excepción para cómo se mueve este mundo, debido a que se decidió publicar al recibir el Accésit del premio y no por el cauce habitual.

Si la novela hubiera seguido el via crucis de ir de editorial en editorial recibiendo portazos, aún estaría esperando que alguien imprimiera esa carta-tipo que siempre habla de líneas editoriales en las que ya no se cabe.

Y por hoy ya está bien. En breve más cosas sobre la historia tras la historia.

5 responses

  1. Me he sentido muy identificado con el artículo. No todos los que escribimos hacemos las cosas igual, pero hay determinados tics (las ideas te vienen muy rápido y en cualquier momento y se van con la misma rapidez, la cuidadosa planificación que acaba yéndose al traste, lo doloroso que es casi siempre llegar al mínimo de palabras que te has propuesto para una sesión, etc.) que parecen comunes. Tengo ganas de leer los siguientes posts de la serie. Éste me ha gustado mucho.

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