Cómo se hizo la novela “Perdimos la luz de los viejos días” (2). El proceso de escribir

El proceso de escribir

Sigo esta serie de artículos, que son una especie de remedo de ”Cómo se hizo” la novela Perdimos la luz de los viejos días. Había un montón de cosas que quería tocar hoy: desde la inspiración, hasta los géneros, pasando por herramientas de escritura y lo que ocurre después de terminar la historia. Pero al final todo eso son anotaciones a pie de página de lo importante, que es escribir. Es cierto que al final esa parte de la creación de la novela se podía resumir en lo que dije: te sientas y escribes. Pero supongo que eso no es hacer toda la justicia al proceso en sí y por eso voy a hablar más (léase divagar) sobre ello.

Esto no va de teorías sobre el héroe, el conflicto, el nudo, el estilo o el desenlace, es sobre lo que supone escribir.

Perdimos la luz de los viejos días no fue demasiado diferente del resto de mis historias. Si acaso, al ser más breve y quererla sencilla, me causó menos problemas, pero me los causó, porque si no, no hubiera merecido la pena.

El proceso de escribir

Quizá alguno esté familiarizado con las fases del duelo en la psicología: negación, negociación, depresión, ira y aceptación. Pues más o menos eso parece el proceso de escribir, pero con ratos de más ira y más depresión. Creo que hay demasiada noción romántica alrededor del acto de la escritura. Las películas e historias no ayudan a borrar eso, ni deben, porque si no, no venderían. Así que a veces perpetúan una imagen romántica del escritor cuyo parecido con la realidad es mera coincidencia (dejaremos de lado el otro arquetipo, el de genio maldito a veces redimido por el amor, porque eso no merece ni comentario al margen).

Es cierto que uno no escribe de manera seria y continua si no encierra una pasión (que en las leyendas antiguas siempre fue la perdición del héroe) y también si no padece un cierto trastorno mental por el que, a pesar de todos los obstáculos, obtiene cierta clase de placer desviado y doloroso. Por supuesto, si te dedicas a escribir de manera seria, has de mantener un total desdén hacia los conceptos de futuro, estabilidad e ilusión de llevar una vida normal. Pero bueno, decía que hay demasiada noción romántica. El escritor sentado en el campo de hierba, la espalda contra un árbol y horizonte precioso al fondo, mientras cuenta historias y los animalillos se acercan a ver qué hace, es mentira. Yo he estado ahí, el noventa por ciento de los árboles son incomodísimos para apoyarse y vivir encorvado sobre el ordenador destroza toda esperanza de estar en una misma posición más de dos minutos. En cuanto a animalillos, puedes aspirar a la proverbial avispa e insectos varios que repten entre la ropa.

Escribir es un proceso bipolar. Alterna fases de manía donde gritas por tu Nobel y fases de depresión donde te quieres cortar las venas antes que dejar que alguien lea lo escrito. Básicamente te subes a una montaña rusa, ves que no hay cinturón de seguridad y unos días alcanzas un estado de flujo y muchas palabras y otros días alcanzas la pistola y te la pones en la sien.

Y el que escribe, al final, extrae la conclusión de que merece la pena. Así que sí, todo se resume en euforia, trastorno mental, arrebato y fases del duelo.

Hay días en los que escribiendo Perdimos la luz de los viejos días sacaba dos mil palabras de un estado casi hipnótico donde el tiempo no tenía poder y, en otros, estaba en un fangal de noche. Quien crea eso de que es mejor no escribir si no te apasiona siempre o si no te divierte todo el rato, no ha entendido nada. Esa noción es un producto típico y moderno de una incapacidad de aguantar la más mínima frustración, porque nos acostumbramos a tener todo ya. Si uno no tiene tolerancia a dicha frustración y no pasa días en los que parece que no sale nada cuando escribe, entonces mejor que se dedique a otra cosa. Y que sepa que en esa otra cosa, tenis o ganchillo, tampoco vendrá la pasión cada día y le hará volar.

Las fases de manía y depresión al escribir son normales, aunque eso no haga la parte mala más soportable. Supongo que se nos ha olvidado que el músculo se genera agotándolo y que la espada se afila contra la piedra. Al menos en mi experiencia, es tan normal sentirse en la cima como pensar que eres un inútil y tu sobrina pequeña escribe mejor (y con mejor letra en mi caso). Saber que la realidad de escribir es así y haberla vivido ayuda a que la euforia no te lleve al autoengaño y la frustración no te lleve a dejarlo.

Durante la escritura de Perdimos la luz de los viejos días me topé con unas cuantas piedras por el camino. No sabía cómo salir de ciertos sitios en los que me había metido (no sabía salir sin que pareciera una mierda, claro) y no sabía qué final darle. Escribir es una labor solitaria, pero a veces alguien desdichado se comió algún que otro ataque de frustración (nada grave, estaba lejos, creo que aún vive).

El gran ”crash”

El escritor Steven Pressfield habla de esta etapa en toda escritura. En ella habrá un momento al menos en el que sentirás ese gran ”crash”, que todo va bien y entonces todo se tuerce y se viene abajo. Si eso ocurre y a mí me ocurrió, haces lo que dijo Churchill.

”Cuando te veas atravesando el infierno, SIGUE CAMINANDO”.

Hacer cualquier otra cosa sólo lo empeora.

Las fases de odio a lo que escribes

Hablar de los días bonitos no tiene gracia ni aprendizaje. Son como esos cuentos en las que todo sale bien y el héroe nunca tiene problemas, una mala historia. Sin duda uno aprende más echando un vistazo a los conflictos.

Un par de veces he puesto ya este cómic en la web.

El proceso creativo

El proceso creativo

El auto-odio es normal en toda creación y creo que es un elemento bastante sano. Dunning y Kruger demostraron que los que son unos incompetentes no saben que son unos incompetentes, así que si uno no pasa por cierto auto-odio en su arte… Bueno, que pregunte a Dunning o a Kruger, el que primero coja el teléfono.

Según demostraron ellos, los que son más incompetentes suelen tender a pensar que todo lo hacen bien, que lo suyo siempre es positivo y los demás se equivocan, pero ellos no. La incompetencia que Dunning y Kruger señalaron en sus estudios se parece bastante al mito del escritor que siempre está apasionado y cuyos días son un regalo tras otro, donde escribe sin parar sonetos perfectos en brazos de su musa. Sé que queda mucho mejor vender esto, pero las galanterías las dejo para la hora del té. Escribir es maravilloso pero no siempre. Durante el proceso de escritura de la novela había días en que dudaba de todo, igual que había días geniales en los que pensaba: ”me está quedando una pequeña buena historia y todo el mundo debería leerla”.

Y así vives escribiendo, días de sol, días de lluvia, días de escribir al romper el alba y otros de hacerlo en un banco y otros de poner sólo dos palabras y pedir el doble de cervezas para olvidar el crimen que has cometido. Y al final, terminas. Porque la última fase del duelo es la negociación y negocias que aquí es donde se pone el punto y final y se acabó la historia de un hombre pequeño, que por no tener no tiene ni nombre.

Hay que amar lo que haces, si no, ¿para qué molestarse? Pero amar no es un telefilme de sonrisas idiotas. Esa clase de amores también deberían estudiarlos Dunning y Kruger.

Quería hablar de un montón de cosas más y resulta que ya llevo mil y muchas palabras. Para otro rato se quedan las musas y la inspiración, lo que es real en la novela y lo que no, las herramientas que uso, el tema del género y las sinopsis, el proceso de post-escritura…

Hoy quería hablar sobre escribir sin decir cómo hay que escribir, que ni siquiera yo soy tan arrogante como para hacer tal cosa.

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