El Amberes de Bolaño

Acabo de terminar la inclasificable Amberes de Roberto Bolaño. Hay quien dice que es una novela, pero no, son cincuenta y seis fogonazos de prosa poética, un ejercicio de escritura libre de un Bolaño de veintisiete años con una especie de hilo (o no) por debajo.

Sin duda, la prosa salvaje corre desbocada por la obra, a veces hipnótica, casi siempre incomprensible. Pero algunas de las cosas que me han parecido más interesantes de la obra se encuentran al principio y al final del libro.

En la introducción, Bolaño dice (las negritas son mías):


Escribí este libro para mí mismo y ni de eso estoy muy seguro. […] Escribí este libro para los fantasmas, que son los únicos que tienen tiempo porque están fuera del tiempo.

[…]

Por supuesto, nunca llevé esta novela a una editorial. Me hubieran cerrado la puerta en las narices y hubiera perdido una copia.

[…]

Mi enfermedad, entonces, era el orgullo, la rabia y la violencia. […] Por las noches trabajaba. Durante el día escribía y leía. No dormía nunca. Me mantenía despierto tomando café y fumando. Conocí, naturalmente, gente interesante, alguna producto de mis propias alucinaciones. Creo que fue mi último año en Barcelona. El desprecio que sentía por la así llamada literatura oficial era enorme, aunque sólo un poco más grande que el que sentía por la literatura marginal. Pero creía en la literatura: es decir no creía ni en el arribismo ni en el oportunismo ni en los murmullos cortesanos. Sí en los gestos inútiles, sí en el destino. Aún no tenía hijos. Aún leía más poesía que prosa.


Y esto es lo que dice al final en su Post scriptum:


De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura, líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no pueda aguantar más.


De los primeros párrafos de Bolaño me quedo ese ansia de libertad y de encontrarla a través de lo que escribes, cuidando el arte aunque esté exento de sentido para el resto. También me quedo con su desprecio por lo establecido, que si no tienes en tus veinte, no tendrás ya nunca.

Del último párrafo me quedo con ese fenomenal alegato, reconciliador con el verdadero espíritu de la escritura para uno mismo y para aquellos con los que puedas conectar.

En su día, ya hice referencia a esas mañanas en las que merece la pena, al verdadero motivo de sentarte a escribir sin esperar nada más que ese algo imposible de transmitir.

Todos estos párrafos de Bolaño son un recordatorio de ese espíritu libre, del verdadero sentido de todo esto.

Y es que se puede amar a la literatura y odiar a todo lo que la rodea. De hecho, probablemente esa sea la forma correcta de amarla, la única que a ella le gustaría.

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Publicado en: Blog

2 comentarios de “El Amberes de Bolaño”

  1. Hola, Isaac.

    Los fragmentos que has transcrito aquí de “Amberes” (a ver si algún día la leo) son el retrato perfecto del escritor que ama, a pesar de todas las trabas, su oficio; son la radiografía exacta del que, contra viento y marea, jamás renunciará a su arte y, probablemente, nunca se venderá al “mejor” premio o a la “mejor” editorial. Seguro o muy probablemente que unos cuantos autores de los que conocemos, famosos, no son y no han sido nunca así.

    En este mundo dominado hasta la extenuación por la practicidad hay que reivindicar a literatos como Roberto Bolaño.

    Un saludo literario desde Oviedo.

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