El antídoto

Este relato breve apareció publicado en la Microantología del Microrrelato III, donde tuve la fortuna y el honor de publicar al lado de escritores como Leguina, Fornés, Canabal y otros grandes y sospechosos habituales.

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EL ANTÍDOTO

Trabajo para mantener la mente ocupada, porque el sudor y la tarea son el antídoto de la peor enfermedad, pensar.

Pensar sobre ello. Durante años quise paz y la busqué meditando, aquel tipo frágil de barba insistiendo en que me sentara, me estuviera quieto, respirara y detuviera mi mente. Qué idiota y qué desperdicio, la mente siempre busca estar ocupada, es su naturaleza, como respirar para los pulmones o latir para el corazón. Latido que a mí se me detuvo en la última discusión que tuvimos y tú dejaste caer por fin la amenaza que me cortó en dos.

“Se acabó, necesito tiempo para mí, para recuperar mi espacio y mis sueños y mi camino”.

Me duele al revivirlo y mi corazón amenaza, o paro de recordar o se para él, así que lo acelero con más trabajo sencillo que le canse y sobre todo mantenga la cabeza ocupada: coger ladrillo, mezclar cemento, limpiarme la frente, por unos segundos me he perdido en la tarea y se está bien porque no ha habido sitio para ese recuerdo.

“Pasa constantemente, las parejas se rompen y nadie ha muerto de eso”, dijiste.

Y el comentario fue frío y un poco cruel y yo fruncí el ceño como un crío y tenía cinco años de nuevo, como cuando rompí la bici, pensé en la paliza de mi padre cuando se enterara y fui el más indefenso en el mundo, casi me siento en nuestra habitación, con la cabeza entre las rodillas y amurallada por los brazos, para reventar a llorar igual que aquella vez.

Pero he crecido y efectivamente esto pasa cada minuto, promesa de amor eterno ayer y palabras en el viento hoy y no, que eso ocurra no mata ni realmente detendrá mi corazón como en los malos poemas.

Así que bebo más antídoto y trabajo en lo sencillo, que es lo mío. Cojo otro ladrillo, lo alineo, pongo cemento, recorto el sobrante con la espátula y contemplo mi obra, y también tu rostro tras el hueco que aún queda en la pared que te estoy construyendo y te empareda. Viva y atada y mirándome con súplica llorosa sobre la mordaza.

Porque es verdad que nadie muere por esto, pero a veces alguien sí que mata.

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