El antídoto

Este relato breve apareció publicado en la Microantología del Microrrelato III, donde tuve la fortuna y el honor de publicar al lado de escritores como Leguina, Fornés, Canabal y otros grandes y sospechosos habituales.

* * * * *

EL ANTÍDOTO

Trabajo para mantener la mente ocupada, porque el sudor y la tarea son el antídoto de la peor enfermedad, pensar.

Pensar sobre ello. Durante años quise paz y la busqué meditando, aquel tipo frágil de barba insistiendo en que me sentara, me estuviera quieto, respirara y detuviera mi mente. Qué idiota y qué desperdicio, la mente siempre busca estar ocupada, es su naturaleza, como respirar para los pulmones o latir para el corazón. Latido que a mí se me detuvo en la última discusión que tuvimos y tú dejaste caer por fin la amenaza que me cortó en dos.

“Se acabó, necesito tiempo para mí, para recuperar mi espacio y mis sueños y mi camino”.

Me duele al revivirlo y mi corazón amenaza, o paro de recordar o se para él, así que lo acelero con más trabajo sencillo que le canse y sobre todo mantenga la cabeza ocupada: coger ladrillo, mezclar cemento, limpiarme la frente, por unos segundos me he perdido en la tarea y se está bien porque no ha habido sitio para ese recuerdo.

“Pasa constantemente, las parejas se rompen y nadie ha muerto de eso”, dijiste.

Y el comentario fue frío y un poco cruel y yo fruncí el ceño como un crío y tenía cinco años de nuevo, como cuando rompí la bici, pensé en la paliza de mi padre cuando se enterara y fui el más indefenso en el mundo, casi me siento en nuestra habitación, con la cabeza entre las rodillas y amurallada por los brazos, para reventar a llorar igual que aquella vez.

Pero he crecido y efectivamente esto pasa cada minuto, promesa de amor eterno ayer y palabras en el viento hoy y no, que eso ocurra no mata ni realmente detendrá mi corazón como en los malos poemas.

Así que bebo más antídoto y trabajo en lo sencillo, que es lo mío. Cojo otro ladrillo, lo alineo, pongo cemento, recorto el sobrante con la espátula y contemplo mi obra, y también tu rostro tras el hueco que aún queda en la pared que te estoy construyendo y te empareda. Viva y atada y mirándome con súplica llorosa sobre la mordaza.

Porque es verdad que nadie muere por esto, pero a veces alguien sí que mata.

2 responses

  1. Todos mantenemos la mente en una constante ebullición de pensamientos, la única forma para alguien que se tortura con los recuerdos, las experiencias y la cotidianidad, es plasmar todo sus sentimientos en una hoja de papel.

    Me gusta como escribes. Seguiré más por aquí.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *