El banco de las flores heladas

“Me pasé la vida esperando

a quien nunca vino a este banco

recordando a quien nunca pensó en mí

imaginando cómo sería querer

a la que nunca me quiso”

* * * * *

Esas fueron las palabras del poeta, las últimas. Temblorosas del frío, el hambre y la pena. Así que los habitantes del pueblo decidieron grabarlas en una placa, que atornillaron al respaldo del banco en el que murió esperando. Así no temblarían más y todos las recordarían.

Estuvo aguardándola hasta el final allí sentado. Le había dedicado un libro que le hizo llegar y era la única vez que hizo algo así. En la primera página garabateó que la esperaría en ese banco y ya nunca quiso moverse de él, pues temía que ella viniera en el justo momento en que se ausentara. Si era así no le encontraría, pensaría que las palabras que le dedicó el poeta eran una farsa y se marcharía triste. El destino es cruel, hace esas cosas, decía él. Así que no se movía del banco.

Pero ella era la cruel, no el destino, le repetían los habitantes del pueblo. También le invitaban a levantarse, a un café, a sus casas incluso. Luego podría volver si quería, a esperarla un poco más.

El poeta siempre fue amable diciendo que no, porque seguro que ella habría leído la dedicatoria y acudiría, tenía esa esperanza y sobre la esperanza trató siempre su poesía, excepto la última que quedó grabada en el banco. Apenas comía de lo que le traían y quizá en algún momento se dio cuenta de que nunca vendría, pero al menos, si no iba a poder estar con ella, la esperaría. Era lo más cerca a quererla que iba a estar y no quería otra cosa que estar cerca.

Un día hizo mucho frío y éste tuvo piedad, así que por la noche mató al poeta, antes de que lo hicieran el hambre o la pena. Esas tres cosas le miraron durante toda su espera y al final fue el frío el que se conmovió.

Un niño observa el banco del parque. Es el recordatorio de lo que duele querer y de lo que mata, pero el niño no lo entiende, lee la placa porque las palabras del poeta le gustan, aunque no las comprende del todo. “Un día“, le dice un hombre mayor que pasa, “un día lo entenderás, chaval“. El niño entonces señala la placa y va a decir algo, pero el hombre mayor que pasa se pone un dedo en los labios, chista muy bajito y se aleja.

Nadie se sienta nunca, nadie toca el banco, ni siquiera los gamberros que han pintado el resto de los del parque. Todos lo respetan porque aunque nunca se sentaron ahí, alguna vez estuvieron sentados ahí.

En el pueblo no se dice el nombre de ella, ya no se le pone a las niñas y era un nombre común y querido. Se dice que vino un día, cuando le contaron que había muerto. Algunos susurran que vestía una capa larga, que se tapaba con una gran capucha, como si fuera una dama salida de un castillo antiguo. Así que nadie pudo ver el rostro por el que murió el poeta y se escribieron las palabras que ya no temblarían.

Ella las leyó en silencio, dio la vuelta ondeando su capa y las dalias cercanas al banco se helaron.

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