El «buen» síndrome del impostor

El buen sindrome del impostor

En unos días, hará ya cuatro años que hablé por primera vez del síndrome del impostor. Desde entonces, un buen puñado de artículos han vuelto sobre el tema, especialmente en lo relacionado con la escritura.

Sin embargo, creo que el mensaje esencial que se suele difundir no me parece demasiado adecuado.

Lejos de suponer un permiso y una consolación para sentirse bien (ignorando el síndrome) o dibujarlo como un obstáculo negativo a superar, la existencia de este fenómeno es positiva y necesaria.

Francamente, me parece un problema mucho más grave la no existencia en alguien del síndrome del impostor que su prevalencia.

Y es que ese síndrome del impostor no está para ser erradicado, sino escuchado. Al fin y al cabo, es parte de nosotros.

El problema, como siempre, es que el síndrome del impostor no es agradable cuando lo miras (lo que no significa que sea malo) igual que no te miente con palabras bonitas. También posee una cierta parte de sombra y nos plantea una disyuntiva difícil: huir de él (de nosotros) es imposible y poco recomendable, ignorarlo es un desastre y querer exterminarlo sólo va a hacer que vuelva con furia y nos empuje con más fuerza.

El síndrome del impostor nos puede paralizar, pero lo cierto es que, como en las buenas historias, a veces el enemigo se convierte en aliado.

Esas veces, el síndrome del impostor viene en nuestra ayuda, nos empuja a ser mejores y a realizar un arte superior, nos protege de la vergüenza de sacar a la luz algo mediocre y salva al mundo de un libro, un relato o un contenido que no aportan más que ruido y nada.

El síndrome del impostor es un guardián del buen arte, que en ocasiones se excede y casi siempre nos grita demasiado.

Nuestro papel es el de adquirir la sabiduría en varios sentidos.

En primer lugar, para escucharle y mirarlo con curiosidad, porque de esa manera aprenderemos.

¿A qué? A darnos cuenta de la diferencia cuando nos grita sin sentido y cuando nos grita con razón. Para eso, hemos de conocer esa parte nuestra, familiarizarnos con ella, comprobar a posteriori cuándo fue una decisión correcta escucharle o ignorarle.

En segundo lugar, hemos de adquirir la sabiduría más el coraje de actuar independientemente de su presencia (porque no se va a ir) y tener en cuenta que, como todo lo que importa en la vida, es complicado y lleno de matices.

Para muchos, conocer sobre el tema del síndrome del impostor ha supuesto una especie de permiso para ignorarlo y hacer cualquier cosa, aportara valor o no.

Hoy día eso es horrible, es contribuir como todos esos inconscientes que no tienen síndrome ni filtro y lo llenan todo de ruido y grito, esos que ignoran lo ignorantes que son.

El síndrome del impostor es espinoso como todo lo importante, algo que vive más allá de dicotomías infantiles como las de «bueno» y «malo».

Y es incómodo y difícil y nos remueve cosas. Justo como el buen arte que custodia.

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