El camino a la maestría tiene este aspecto

el camino a la maestria

¿Quieres hacer abandonar a un enemigo? No le pongas dificultades porque corres el peligro de que se crezca. Si eres inteligente, abúrrelo hasta la muerte y se irá solo. No hará falta que lo derrotes tú, ya lo hace él. Ese era el rito de iniciación de las antiguas y verdaderas sociedades secretas. Ellas no ponían pruebas difíciles, ponían pruebas aburridas, exentas de un sentido aparente, que cribaban a los no merecedores de los secretos que ya se perdieron.

Aburrir es el poder de la llanura, una llanura que se extiende hasta donde eres capaz de ver y que es igual mires hacia donde mires. En ella caminas y no importa cuánto lo hagas porque no parece que el horizonte esté más cerca.

Cuando uno busca el camino de la maestría en algo que ama, y si amas algo no buscas otra cosa que la maestría, esa llanura es el paraje más habitual por el que vas a caminar. Uno espera derrotar dragones en su gesta, pero la maestría es demasiado lista y no se deja coger por cualquiera. Sabe que la montaña desafía al que la está escalando cuando mira hacia arriba, y eso puede dar fuerzas a muchos. Así que como la maestría es una de las cosas más difíciles de adquirir (en lo que sea, incluyendo escribir), utiliza las llanuras y se encuentra al final de ellas.

Hace muchos años leí el libro Mastery, de George Leonard. Como muchos libros, la enseñanza principal que se te queda es una y a lo mejor bastaba un artículo y no un libro para mostrarla, pero mereció la pena. Allí se mostraba el aspecto que tiene la maestría y es algo que se me ha quedado y que recuerdo durante todos esos días interminables en los que pareces no avanzar.

El camino a la maestría tiene este aspecto.

El camino a la maestria

El aspecto del camino a la maestría

¿Ves esas llanuras largas que ocupan mucho tiempo y en las que la habilidad se estanca? Esas son las peligrosas, no por desafiantes, sino porque exigen constancia, un paso tras otro para atravesarlas como el desierto, sin que parezca que haya final.

En el camino a la maestría hay largas etapas en las que parece que no avanzas, que no mejoras, que estás empantanado por mucho que hagas. Pero cuando uno sabe el aspecto que tiene la maestría, sabe que debe recorrer ese camino y pasar por eso. Sabe que a veces la llanura se recorre en meses o a veces en años. Así que pones un pie delante del otro y caminas cada día, haces cada día.

Y te frustras, claro, porque parece que no mejora, que todo es una mierda, que no lo haces ni más rápido, ni más fluido ni más bonito.

Nuestro cerebro es un yonqui de la novedad, necesita percibir cambio o se aburre pronto. Dice que mejor dedicarse a otra cosa más estimulante, no a este páramo igual por todas partes. No importa, tú sigues caminando otro día más. Entonces, de vez en cuando, se produce esa subida. Muchas veces no la percibes hasta que se ha completado. Un día miras atrás y te das cuenta de que algo ha cambiado, de que eres mejor. Escribes mejor, golpeas más rápido, haces tu trabajo de una manera fluida. Cuando vienen otros que empiezan, entonces eres consciente de lo mucho que has avanzado en comparación. En esos momentos subes de nivel y toca, seguramente, otra travesía en el desierto. Será sin promesa de que el siguiente avance sea rápido, o de que ni siquiera vaya a producirse. No importa, pones un pie delante de otro y caminas. Aunque no percibas ninguna mejora, da igual, has dado pasos en la llanura.

En momentos de adversidad, mucha gente saca fuerzas y motivación. Es en los momentos iguales, es durante todo el año en el que no parece haber peligro ni premio, es cuando tiene mérito seguir haciendo cada día, sin garantías de nada ni falta que hacen.

15 responses

  1. Me temo que he caminado muy poco por esa llanura… Se me da mejor detenerme, distraerme con cualquier cosa: silbar, cantar, recoger flores, dejar mi impronta en cualquier gran roca que halle de camino… y luego retomarla de nuevo. Quizá por ello mis subidas “de nivel” sean tan escasas e incluso nulas… Bueno, nunca es lo suficientemente tarde para aburrirse de andar… (espero que en mi llanura haya algún fruto alucinógeno porque si no voy a poder ver el mar, las montañas, los bosques, las estrellas en un cielo que no conoce fin… por lo menos me gustaría imaginarlo…) Gracias. Me ha gustado mucho tu entrada (Prometo volver a leerla pasado un tiempo. Quién sabe, quizá me encuentre entonces sobre una banqueta). Un saludo.

  2. Esto todo pero, en especial, el último párrafo, es algo que yo sabía desde hace mucho tiempo, que lo tenía dentro de mí, y que no sabía explicar, ni poner forma, ni palabra, hasta hoy. Me ha encantado esta entrada, lo mismo lo puedes aplicar a escribir que a muchas otras cosas. Biquiños!

    • Efectivamente, escribir no es distinto de otro arte, ni tampoco de muchas habilidades. Siguen las mismas reglas y responden ante los mismos dioses, uno de ellos, el trabajo diario.

  3. De nuevo un artículo maravilloso, Isaac. Has conseguido recopilar unas sabias palabras para explicar algo que uno a veces sabe pero no se atreve a reconocer o a confesarse. Saludos y ¡felicitaciones!

    • Pues muchas gracias. Llega un tiempo en que pocas cosas no se atreve uno a reconocer, y más sobre este tema. Al fin y al cabo no tienen tanta importancia como nos suele parecer.

      Un saludo.

  4. Parece que tiene algún sentido para algunos de los comentaristas (y para el escritor) porque logran identificar algo similar en sus vidas. Esto se presenta como un hecho en relación con una actividad en la que se desea mejorar. Pero es una trivialidad. El aburrimiento hace parte de la vida. ¿Quién puede escapar a este? !Qué importancia tiene lo que sea que uno haga! No sé para qué pretender que el aburrimiento puede cualificarse refiriéndolo a una actividad. El aburrimiento del escritor sigue siendo el mismo aburrimiento del vendedor de alfileres; aunque quizás uno sepa disimularlo mejor que el otro. ¿Cuál de los dos? Pues, aunque puede suscitar polémica, creo que el vendedor disimula mejor, su parsimonia parece indicar cierto acuerdo entre su interior y su exterior, no intenta fingir sus emociones, sabe muy bien que es un cabeza de alfiler. Pero el escritor pretende ser aguja.

    Supongo que se me puede objetar que el buen escritor no finge sentimientos, eso lo puede saber fácilmente el lector. La pregunta es si esa originalidad del sentimiento se transmite del escritor al lector a través de la escritura. Imagino que el que venera los libros creerá en ese poder de las palabras. Yo, por el contrario, considero que la escritura es un fingimiento, admirable, lo concedo, algo que pone al límite de una verdad nunca verdadera. ¿Qué sería alcanzar el sentimiento de aquel autor? Supongo que caer sepultado en los escombros de sus palabras. Un sentimiento tal no existe ni siquiera para el autor. Si alguien sale diciendo que vivió en carne propia tal o cual sentimiento en no sé cuál autor, entonces yo le contesto que no sabe de que está hablando, hasta puede que tenga talento con las palabras, pero de sentimientos no sabe. Las palabras son externas al sentimiento.

    me entretuve haciendo este comentario.

    Saludos,

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