El Cuervo

Este relato apareció publicado en la Antología Poeficcionario de Ediciones Irreverentes, la cual conmemoraba los 200 años de Poe, revisitando clásicos e inspirándose en ellos para crear nuevas historias.

El poema “El cuervo” de Edgar Allan Poe siempre ejerció una poderosa fascinación sobre mí y fue la base para esta historia, donde hacen algunos cameos otros personajes de Poe que sin duda los aficionados al genio de Boston reconocerán. He aquí el relato.

* * * * *

Ya sabes lo que pasó. La noche de invierno cabeceando triste sobre un libro, el tocar a la puerta y los golpes en la ventana. El cuervo, mi conversación y su única frase.

Dijo el cuervo: “nunca más”.

¿Para qué gastar palabras en contarlo de nuevo si no van a ser mejores que las ya escritas?

Lo que quizá no sepas es que eso no pasó sólo una vez. Lo que estoy seguro que tampoco es lo que ocurrió antes de todo eso, a mí.

* * *

—¿Cómo se llama ella? —Me preguntó.
—¿Cómo sabes que hay un ella?
—Porque siempre hay un ella. ¿Cómo se llama?
—¿Que cómo se llama? Se llamaba Leonor.

Leonor. No voy a mancillarla con obviedades, diciendo que era un ángel en la tierra o sus ojos tan grandes que cuando me miraba amanecía. El que sepa de qué hablo también sabe que todas las palabras no van a ser bastantes, el que no ¿para qué molestarme? Sólo sé que apoyaba mi cabeza en su regazo, ella pasaba la mano por mi pelo y podía cerrar los ojos porque me volvía un lago en calma, cada caricia domesticando las voces en mi cabeza hasta callarlas y yo poder descansar. Ella me regalaba el silencio que es lo que siempre he buscado.

Ahora ya no se llama, se llamaba. Y el cuervo no estuvo sólo al final, sino en cada paso del camino clavando sus ojos negros y esperando.

* * *

Ella canturreaba “You only live once” y estaba poniéndose un pendiente ante el espejo cuando vio de reojo el cuaderno cerrado por una goma. Él estaba en la ducha y el cuervo espiando más allá de la ventana. Sin dejar de tararear se acercó a la puerta del baño a comprobar que el agua aún corría y a él le quedaban minutos. Volvió de puntillas y con sonrisa de cría miró a escondidas la última página escrita en la libreta negra, anotó una hora y un lugar, imaginando la sorpresa de verla allí, de que le invitara a comer a un japonés como a él le gustaba y celebraran que llevaban un año juntos.

Luego él salió salpicando, preguntando por el traje y nervioso por la reunión de ese día. Tras comprobar dos veces su maletín y echar dentro su cuaderno empezó a vestirse. La veía a ella terminando de arreglarse, con sonrisa satisfecha por algo. Sin darse cuenta se le contagió la sonrisa y le preguntó qué pasaba. Ella se encogió de hombros como si nada, mirándose en el espejo y viéndole a él reflejado unos pasos más atrás.

Esos eran los primeros recuerdos de ella aquella mañana.

¿Café? Sí por favor, pero no mucho que luego me tiembla el pulso. Ya lo sé, no te preocupes. ¿Has visto mi traje? Lo has dejado colgado ahí. Es cierto, estoy tonto. Tranquilo, que te saldrá bien. Oye, voy a meterme a la ducha que llego tarde.
Esos son más o menos los primeros recuerdos que yo tuve de aquella mañana.
Como los anteriores el día se había desperezado gris y deprimido, traía nubes sucias y frío húmedo. Un poco de café, un poco de ella y el viaje con el que pensaba sorprenderla por nuestro aniversario ponían un poco de sol. Estaba deseando terminar mi trabajo para correr junto a Leonor y enseñarle los folletos.

De un rato después los recuerdos eran otros.

Que la sostenía entre mis brazos, que ella me miró triste y yo tuve que cerrar los ojos. Después su rostro se refugió en mi pecho y un hilo de sangre fue a resbalar de sus labios rojos a mi abrigo negro. Noté como su mano que cogía la mía cedió cayendo inerte. Sirenas lejanas y algún grito de los curiosos que se asomaban decoraban el fondo de la escena. No pude más que dejarla en el suelo con todo el cuidado que pude y juntar inútilmente el cuello de su blusa, para que el frío no se cebara mucho. Miré mis manos y estaban teñidas de rojo, como su pecho y el suelo bajo ella. Se agitó, tosió ahogada, más sangre manó de su boca y sus ojos se nublaron hasta quedarse en blanco.

Me puse en pie lentamente, todas mis voces guardaban silencio en mi cabeza y se miraban unas a otras. Intenté tomar una bocanada de aire y se entrecortó a mitad. Luego corrí dejándola morir allí.

De todo lo que podía haber hecho, elegí correr.

* * *

El cuervo se pasó el pico varias veces bajo las alas, mesándose las plumas. Estaba atento a la escena en la ventana de enfrente y de reojo al algo que trepaba con sigilo por el árbol en el que se encontraba. Una mala pisada agitó hojas y el pájaro se giró hacia el visitante.

Un gato negro y enorme se abría camino por el árbol y cuando se vio sorprendido puso gesto resignado y se acomodó al otro extremo de la rama que compartían. El gato comenzó a mirar de manera casual a todas partes y a ninguna, el cuervo volvió a prestar ayención a la ventana y la pareja que tras ella se encontraba.

Él cruzaba en ese momento abotonándose un largo abrigo negro, poniéndose unos guantes y cogiendo un maletín.

Volviendo a observar al gato lo encontró medio metro más cerca, mirando al cielo con disimulo y en su hocico algo parecido a una sonrisa.

—Mi nombre es Pluto —se presentó el felino— Vivo en aquella casa, la del borracho cabrón y la muchacha resignada. Quizá sepas cual es, ya que he visto que frecuentas el barrio desde hace días. —El cuervo no hizo impresión alguna, el gato continuó— Sigues a esa chica.

En el siguiente cruce de miradas el gato seguía tumbado en la misma posición, pero un par de pasos más cerca. El felino se encogió de hombros.

—Anoche estuve a punto de subir a verte —el gato avanzó un paso con cuidado— Quería comentarte algo. Quería comentarte —otro paso más, el cuervo sin inmutarse— que quizá querrías visitar mi casa en vez de la de ella. Con gusto te presentaría al tipo que vive allí. Podrías hacer con él lo que sea que hagas, en vez de con ella. —Otra zarpa un poco más adelante, el cuerpo echado hacia atrás, las patas traseras en tensión— ¿Qué me dices? ¿No sería acaso más justo?

El cuervo le miró un momento, luego al hombre de la pareja que había bajado a la calle y estaba siendo recogido por un coche.

—En serio, ¿qué me dices? ¿Tenemos trato? ¿Mi amo por la chica?

Las ramas se agitaron, hubo revuelo y hojas caídas, hasta que de la copa escarchada por la mañana surgió un bufido, un aleteo y finalmente el cuervo volando hacia el cielo.

El gato en la rama se miró una zarpa picoteada y luego un par de plumas negras caídas en el forcejeo.

—Cabronazo, ella me da de comer de vez en cuando.

* * *

Yo trabajaba con Mario desde hacía unos cuatro o cinco proyectos. Me gustaba el tipo, al resto de compañeros no mucho, se sentían incómodos porque apenas decía nada. Yo, a base de que me resulte tan escaso, valoro el silencio como el oro. Además, que te calles es signo de que piensas y Mario pensaba mucho. Viviendo yo también más dentro de mi cabeza que fuera agradezco alguien con quien poder pasar ratos así, sin notar el aguijón de tener que decir algo vacío para llenar el momento.

Pero eso no es importante, lo es que miré la agenda aquella mañana de nubes cenizas que rugían tormenta, comprobé dos veces el lugar en el que teníamos la reunión y me guardé el cuaderno asintiendo a Mario. Habíamos llegado y él silenció el motor del coche para tener un momento de calma y prepararnos.

Era algo importante y de que saliera dependía coronarnos. Ensayaba en mi cabeza cada palabra de lo que tenía que decir, lo llevaba haciendo varios días de hecho. A escondidas en el baño observaba cada uno de mis gestos, si bajaba la vista sin querer, si me traicionaba mi mano izquierda tensándose cuando no debía… Una noche incluso Leonor se extrañó y tocó a la puerta, preguntando entre risas qué hacía hablando solo. Ensayo el discurso de la reunión cariño, ya salgo, le dije. Y esperé apoyado en el lavabo a que me bajara el sofocón. Luego ella me pidió que se lo recitara a ver qué tal.

Por supuesto me negué.

Cogimos cada uno nuestro maletín, me miré el móvil y vi un mensaje de Leonor, estaba ya aburrida en su trabajo y me echaba de menos. Mario esperó pacientemente a que contestara, luego me junté las solapas contra el frío, dí dos palmadas para espantar los nervios, dije adelante y salimos a cruzar la calle y las finas gotas de lluvia que flotaban en el aire.

—Si esto sale bien me voy un mes entero de vacaciones, de viaje con Leonor. —Estaba contento y me salió espontáneo. Mario me miró, entre el cuello levantado de su abrigo y su barba vi que sonreía levemente. ¿Cómo no podía gustarle a los demás este tío? Abrimos la puerta del local con un tintineo delator y el viejo estaba esperando acodado en una mesa alta, observando los papeles que le dijimos que preparara. Me aseguré de aparecer bien erguido en el primer vistazo, de entrar sonriendo, caminar seguro, respirar hondo y moverme un poco más lento de lo normal. Puede que no me saliera de manera natural eso del lenguaje corporal, pero podía imitar a los mejores al milímetro.

Y funcionó, él elevó la vista de sus documentos y nos observó por encima de las gafas. Su respuesta fue otra sonrisa casi automática y comenzar a andar hacia nosotros con los brazos un poco abiertos.

Crucé mirada con Mario y supe que él pensaba lo mismo. Excelente primera impresión, todo va a ir bien.

Así que desenfundamos.

Literalmente, quiero decir.

* * *

Leonor recuperaba el resuello en el taxi mientras escribía un mensaje para él, haciéndole pensar que ya estaba en el trabajo para dar más coartada a la sorpresa. Se miró la mano al terminar y aún temblaba.

Estaba a punto de salir de casa cuando le pareció que alguien tocaba a la puerta. Extrañada se dirigió hacia allí y por un momento se quedó parada a centímetros del pomo como si algo le impidiera tocarlo. Sacudió la cabeza y con un esfuerzo de voluntad abrió de repente para comprobar quién estaba al otro lado, pero no había nadie en el umbral. Se asomó a la escalera y ni a un lado ni a otro había nada más que el rellano de siempre.

Encogiéndose de hombros fue a por su abrigo cuando oyó en el cristal de la ventana un ruido.

Se quedó un momento parada, encarando en esa dirección el oído.

Otra vez. Golpes en la ventana.

Se dirigió hacia ella, apartó la cortina, limpió con una mano el cristal empañado y no vio nada excepto una neblina.

A través de ella la ciudad borrosa.

Cuando giró sobre sus talones los golpecitos en el cristal se repitieron. Mirándose el reloj fue con paso firme y abrió la ventana con prisa por terminar aquello.

“Con rítmico aleteo y garbo extraño, entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño. Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto, con aspecto señorial, fué a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta de la puerta el cabezal; sobre el busto que de Palas la figura representa fué y se posó -¡y nada más!”

Leonor se quedó mirando con sorpresa el enorme pájaro negro y tras los primeros segundos en blanco sólo pensó con fastidio que aquello la iba a retrasar en su empeño.

Le habló, con cariño y acercándose a él, agitando levemente los brazos para espantarlo, pero el cuervo no se inmutó, sólo la miraba a veces pero no hacía impresión alguna a los gestos que querían guiarlo de nuevo a la ventana. El ave se quedó majestuosa atenazando la cabeza de la estatua que le servía de apoyo. Leonor se encogió de hombros y cogió una escoba, no quería hacer daño por nada del mundo al animal y simplemente la agitó cerca de él, pero el pájaro apenas la miró con desdén.

Ella se cruzó de brazos y se apoyó contra el borde de la mesa que había ante el busto. El plumaje negro del cuervo era tan brillante que cuando abría sus alas o se movía, incluso la luz gris de la mañana le arrancaba reflejos azulados.

—Bueno, pues aquí estamos. Tú no parece que quieras irte y yo tengo prisa. ¿Qué podemos hacer? ¿Quieres un poco de comida?

El pájaro no hizo reacción y ella se rió un poco, pensando que qué cosas le pasaban.

—¿No me vas a decir nada? ¿Ni siquiera como te llamas?

El cuervo la observó entonces y abrió el pico como queriendo entonar algún sonido, pero lo cerró callado y se quedó hipnotizado de cara a la ventana. Leonor se giró y en ella se encontraba el gato negro que rondaba el barrio y al que daba de comer de vez en cuando.

Miraba al cuervo atravesándolo y comenzó a moverse hacia él como un cazador entre la maleza. El pájaro empezó a ponerse nervioso, a mirar a uno y a otro. Leonor llamaba al gato pero este le ignoraba, bufando y enseñando los dientes. No se atrevió a cogerlo por miedo a que le clavara las garras tan tenso como estaba. De repente el felino saltó a una mesa, de ahí a una estantería y nada más tocarla hacia la estatua en la que el cuervo se posaba. Éste elevo el vuelo escapándose por apenas nada y descendió hacia el rostro de Leonor con sus garras por delante. Ella se cubrío por instinto y gritando, pero no pudo evitar un arañazo y escuchar al pájaro regurgitar lo que parecían dos palabras chirriantes. El pájaro se elevó para caer sobre ella de nuevo pero el gato estaba a un solo salto de clavarle los dientes y lo espantó en dirección a la ventana.

Por ella salieron los dos dejando la escena en calma.

Leonor se quedó de rodillas y en cuanto cayó en la cuenta corrió a cerrar el cristal. Se tocó el pecho que estaba desbocado y luego el rostro donde sus dedos quedaron un poco manchados de sangre.

* * *

Cuando trabajas para esa familia no eres un sicario de tiro en la nuca y carrera cuanto antes. No hay mérito en eso y, sobre todo, no hay arte. Porque ese es el lema de nuestro escudo y lo que está grabado junto a unas alas en las empuñaduras de nuestras armas. “Recuerda siempre. Es arte”.

Y yo soy un buen artista, ensayo con celo y practico, eso era lo que pensaba con el arma apuntando hacia el viejo (Mario a mi lado imitando mi pose). No sólo eres el puño que da el golpe, eres también quien les hace arrepentirse de lo que hayan hecho a quien nos contrata. Cuando alguien llega al extremo de querer matar a otro alguien, no quiere que pase de la vida a la muerte en un pestañeo. Quiere devolver multiplicado el sufrimiento que le devora el pecho, quiere que el otro se dé cuenta de lo que siente y que sus últimos momentos sean la antesala del infierno en el que espera que se pudra, quiere paladear el momento y sentir la liberación de que el equilibrio, en este mundo de azar y caos, se está restaurando por fin. Su deseo es que el bastardo se ponga de rodillas, recuerde a cada uno de los que quiere y tenga un nudo en la garganta y las tripas al darse cuenta de que ya no los va a ver.

Para los que quieren matar por negocio hay muchas otras opciones, chapuceros baratos que clavan el cuchillo por un puñado de monedas. Para los que quieren matar por dolor nosotros somos la respuesta.

Hay hasta unos pasos detallados, te los explican con uno de esos diagramas de flujo cuando empiezan a adiestrarte dentro de la familia.

Paso uno. La caída. ¿Qué hay más insustancial que el golpe de un desconocido? Me preguntaron el primer día que empecé. Todo debe comenzar con la muerte de la ilusión. Procuramos conocer el anhelo del objetivo y montar un teatro alrededor. En este caso el viejo quería vender su negocio para que su familia tuviera una buena vida o algo así. Nosotros éramos compradores a precio de oro cuando nadie daba un euro y él el hombre más feliz del mundo por cerrar hoy el trato. Es impagable cómo la sonrisa de oreja a oreja se borra cuando echas el abrigo hacia atrás y ven el arma plateada.

La muerte no duele, alivia. Caer desde el sueño a la miseria como un jarrón frágil, eso sí duele.

Paso 2. Las cámaras. Una en cada maletín. Mientras Mario apunta con su expresión de piedra yo dejo la mía en un buen ángulo y la de mi compañero en otro para tener lo mejor de la escena. Momentos imborrables para que el pagador los atesore al lado del nacimiento de sus hijos o el día de su boda.

Paso 3. El discurso. Tienes que ser un buen orador si quieres llegar lejos en la familia, por eso Mario siempre será bueno, pero siempre de apoyo y nada más. Hay que explicar, calmado y sin rabia, el porqué. Leer la sentencia, hacer que llore, que se arrepienta de haber nacido, dar tiempo para que se dé cuenta de lo que viene después y su mente corra libre y miedosa. Lo peor no es el disparo, es la anticipación y lo que te cuenta aterrada tu cabeza antes de dejar este mundo.

Es en ese momento cuando las voces dentro de mi cabeza aullan, me inspiran, huelen la sangre y se excitan como preludio al momento cumbre.

Paso 4. La ejecución. No me gusta. En serio, no me gusta porque no hay belleza en apretar un gatillo, es algo que un mono entrenado podría hacer.

Paso 5. La calma tras la tormenta. Este paso no está en el procedimiento, es mi momento personal solamente y por lo que realmente estoy en esto. Mis voces saciadas se retiran a dormir el atracón que les doy de sangre y muerte, se callan entonces y tras la vorágine llega la paz, yo cierro los ojos y saboreo ese silencio. Es como estar con Leonor.

Yo no lo hacía por la muerte, lo hacía por el silencio, pero la cuestión es que íbamos por el paso tres.

El viejo no entendía, preguntaba qué pasaba, había levantado las manos como un bobo. Me acerqué un dedo a los labios para que callara y lo hizo como un cordero. Cerré los ojos repasando mi papel y le pedí con educación que se pusiera de rodillas y pensara en cada palabra que le iba a decir.

Me aclaré la voz y sonó entonces una campanilla a mi espalda.

¿Quién de los dos era el encargado de cerrar con llave y no lo hizo?

* * *

Leonor vio la puerta entreabierta, tocó en el cristal con los nudillos y cruzó el umbral con una amplia sonrisa, seguramente imaginando mi cara cuando yo terminara mi reunión y la encontrara allí esperando.

Se quedó hecha una estatua de sal la pobre, cuando nos vio apuntando a la cabeza de aquel viejo de rodillas.

Fue por el reflejo de años de entrenamiento que del abrigo de Mario surgiera otra arma con la que amenazó a Leonor sin apenas mirarla. Con los brazos en cruz apuntaba a la vez delante y detrás, le hizo un gesto de pase y cierre la puerta. Ella obedeció como un cachorro y me balbuceó que qué ocurría, que qué era todo aquello. Tenía sus ojos abiertos como soles pero yo sólo pude cerrar los míos y bajar un poco la cabeza sin querer. Silencio, le dije. Silencio, por favor.

Mario dime algo, me dirigí a mi compañero.

Pero Mario estaba callado como siempre, ni un pequeño gesto en su rostro que yo pudiera escudriñar.

Mario…

Pero Mario nada, seguía con sus brazos en cruz y sus armas amenazando tormenta por todos lados.

Mario…

Dejé de encañonar al viejo para apuntarle a él. No se inmutó ante eso y yo repetí mi petición lentamente.

Mario, que me digas algo, joder.

Tragué saliva y empecé a calcular opciones con mi cabeza hirviendo y las voces discutiendo como siempre en el momento más inoportuno. A Mario todo parecía darle igual porque su expresión era la se siempre, incluso cuando eché hacia atrás el percutor del arma para acentuar mi intención.

Mario…

Y al final me habló.

Ya sabes las reglas, dijo.

Respuesta incorrecta compañero, y me equivoqué al delatar ese pensamiento con un parpadeo más lento de lo normal.

Apretó sus dos gatillos y con un trueno destellaron las bocas de sus armas, como un resorte las apuntó luego hacia mí mirándome como un halcón, pero entre esos dos ojos le metí una bala en la que iba montada toda mi rabia. El rugido que dí entonces ahogó hasta el estampido de mi disparo. Cayó lentamente como un pelele y antes de que llegara al suelo ya estaba yo cerca de Leonor diciendo sin parar que no, por favor, que no, que por Dios hubiera fallado.

Pero Mario no fallaba, por eso era también mi compañero.

De rodillas me quedé junto a ella, estaba viva, pero no por mucho tiempo.

Ya sabes las reglas me dijo Mario y él las cumplió a rajatabla como siempre, si alguien tiene que morir y no puede ser con el ritual previo, entonces el disparo no puede ser limpio, tiene que haber unos minutos de agonía antes del final, para que el objetivo se dé cuenta de qué ha pasado y de hacia donde va irremediablemente. Es una de las reglas de oro en la familia, la llamamos “no hacer nunca una siega rápida”.

Giré la vista hacia Mario, en el suelo tirado con los brazos abiertos, muerto hacia nosotros con su agujero en la frente y su lengua de fuera.

Qué pena cabrón haberme saltado las reglas dos veces y haberte segado rápido.

Me guardé el arma y atendí a Leonor. Me llevé una mano a taparme la boca, las voces se habían silenciado como siempre que les regalaba una muerte, fuera la que fuera. En aquella tregua en mi cabeza me dí cuenta de que eran nuestros últimos momentos juntos.

Me incliné sobre ella y la levanté un poco abrazándola con cuidado.
Un momento después elegí correr.

* * *

Aporreaba una puerta de madera vieja en medio de un rellano inmundo. Él entreabrió, por la rendija, asomó una mirada de conejo entre los faros de un coche y en cuanto me vio fue a cerrar de golpe. Lo evité con un empujón y noté el impacto de madera contra hueso. Chasqueé la lengua, le había dado con la puerta en toda la cara y se arrastraba de espaldas por el suelo mientras yo entraba a su piso. Me puse un dedo en los labios pidiendo silencio y se tragó el dolor.

Minutos después estaba en un sillón cochambroso, quejándose por lo bajo y con un pañuelo ensangrentado que le tapaba el ojo derecho y parte de la cara. Yo estaba paseando por la habitación con las manos a la espalda, con pasos lentos y disimulando mi impaciencia y que mis tripas preguntaban por el baño. El piso era ruín y oscuro, los pocos muebles viejos, retales de basurero que no encajaban, por el marco de la puerta de al lado asomaba una pila de platos sucia y repleta.

—Sólo venía a hablar. —Comencé, y luego conté hasta cinco antes de la siguiente frase— ¿A qué ha venido eso de cerrarme la puerta en las narices?

Se lo dije de espaldas, asegurándome de que viera mis manos enfundadas en los guantes de trabajo.

—La última vez —farfulló con los dientes apretados— no fue hablar lo que viniste a hacer.

Asentí despacio varias veces y me giré.

—Ahí quería llegar yo. No te puedes ni imaginar la sorpresa que fue verte de nuevo.

Ocurrió en la playa, en una tarde de sol irreal que se escondía pintando todo de rojo. Caminaba sintiendo la arena en los pies, con mis zapatillas en una mano y Leonor en otra. En silencio, como a mí me gusta, ella apoyándose en mi brazo y en mi hombro tras unos pocos pasos, como si posáramos para una postal. Entonces le vi sentado a unos metros mirando al mar, con barba abundante y cabello largo rizado que se movía a perchones con la brisa. Era él debajo de aquellos pelos desastrados y lo supe. Me quedé parado un segundo preguntando a mis ojos si mentían. Leonor también me preguntó a mí qué pasaba, que parecía haber visto un fantasma. Literalmente lo estaba viendo, pero mi control estudiado le sonrió como si nada, llevándola con sigilo más cerca de aquel tipo sentado en la arena que, con los ojos cerrados, parecía querer aspirar la vida de cada ola que llegaba. Pasé por detrás disimuladamente, jugueteando con ella, abrazándola pero fijándome en el tipo por encima del hombro de Leonor.

No hice nada excepto asegurarme de que era él y luego seguir mi camino. No remedié (por favor que se considere esa palabra entre comillas) la situación, ni dije nada a nadie en el trabajo. Un par de días después bajé de nuevo solo a la playa al caer la tarde y allí estaba también. Le seguí sin que me viera hasta descubrir su ratonera.

Una vez allí simplemente tomé nota de la dirección en mi pequeño libro negro. Un día esto quizá me sirva, hasta entonces disfruta de la playa, pensé cerrando las páginas.

Hoy es el día.

—¿Te gusta la playa Martín? A mí me gusta. —Él me miró extrañado con el ojo sano y su pinta de náufrago.— ¿Te gusta estar ahí sentado en silencio, aspirando cada segundo de calma y oyendo las olas?

No dijo nada, sólo se encogió de hombros y dejó de mover nerviosamente una pierna arriba y abajo cuando se la señalé con el dedo. Creo que vio un resquicio de esperanza en mis palabras, al menos eso es lo que yo quería a pesar de que mis voces despertaban al olor de la sangre.

—Porque en lo que a mí respecta —continué— puedes seguir yendo cada tarde a disfrutar de la puesta de sol. Seguro que te pasas el día esperándola, para olvidarte de este agujero asqueroso. —abrí los brazos un para abarcar la estancia, es importante usar las manos para apoyar lo que dices— Es bueno olvidarse por unos momentos de vivir escondido como una rata y sentir que hay algo que merece la pena, ¿eh? Es importante tener cosas así.

Asintió.

—Me gusta la playa.

Fue tan flojita su respuesta que me vi tentado de preguntarle de nuevo qué había dicho aunque lo había oído, pero estaba demasiado impaciente y todo el entrenamiento del mundo empezaba a no ser bastante, las voces bullían en su olla, se agitaban y farfullaban pidiendo festín, temí matarle antes de conseguir lo que quería, así que aceleré.

—¿Quieres ir cada tarde sin preocuparte nunca más? ¿Te gustaría eso Martín? ¿Te gustaría?

—Sí que me gustaría. —Contestó sin mirarme.

Bien.

Me abalancé enseñando los dientes y lo levanté como a un trapo para estamparlo en la mesa del salón. Vi de cerca la brecha que le había abierto y la cicatriz circular en su entrecejo, oí el estruendo de arrojarlo contra el mueble y al poco olí su terror que se deslizaba apestando pantalón abajo. Me tuve que tapar la nariz con la misma mano con la que luego le pegué varios puñetazos por su falta de dignidad, las voces jaleando y animando como hinchas en la grada.

—Dime ahora mismo —comencé a escupir— cómo coño estás sentado cada tarde en esa playa. —lo levante un poco de las solapas y lo dejé caer otra vez con fuerza en la mesa, otro puñetazo— Dime por qué te estoy viendo cagarte en los pantalones cuando yo mismo te descerrajé un tiro entre ceja y ceja. —Me acerqué su rostro casi rozando el mío— Dime, cómo, lo has, hecho, cabronazo. Y no me mientas porque te arrancaré los ojos.

Empecé a apretar con mi pulgar en uno de ellos, él a gritar histérico golpeando inútilmente contra mi brazo de piedra. Cuando noté que empezaba a llegar hondo solté y se amansó.

—Habla y esta tarde podrás bajar a la playa si quieres.

Contó una historia que sonaba a burla, así que volví a tirarlo al suelo y esta vez apreté en las dos cuencas para soltar sólo cuando vi que lloraba un poco de sangre por la izquierda. Me escribió unas indicaciones, me habló de un tipo que tenía lo que buscaba. Me juró cien veces de rodillas que era verdad.

—Sea o no verdad volveré a verte. —Le asusté mientras él estaba de rodillas y toda la habitación saturada de su olor vomitivo. Me costó un mundo dejarlo respirando, tuve que agarrarme la cabeza y gritar silencio varias veces a las voces. Duele más que se siga arrastrando por sus días como lo hace, me justifiqué, matarlo otra vez es un acto de compasión, les dije a ellas y algunas se convencieron y se callaron lo bastante como para dejarme continuar.

* * *

Seguí las indicaciones de Martín saliendo de la ciudad hasta más allá de uno de los pueblos a las afueras, aquel era el lugar y aquel seguramente el tipo.

¿Cómo sabré quién es? Le pregunté a Martín, pero no era difícil reconocerlo.

Sonreía tumbado en el mármol de una lápida solitaria coronada por ángeles y no hizo reacción alguna a mi presencia, lo que me permitió sentarme cerca en la hierba, recuperar el resuello de subir aquella colina y quedarme un momento embobado en el atardecer que había levantado las nubes y derramado color ocre por todo el lugar. Me empecé a dedicar a ir arrancando hojas de hierba.

—¿Cómo se llamaba? —Saludé sin mirarle. Tenía los párpados entrecerrados como si dormitara y sin abrirlos contestó.

—Annabel. Annabel Lee.

Yo simplemente asentí y seguí despojando el cesped hoja a hoja. La conversación ligera nuna fue mi fuerte, así que cogí el camino más corto.

—Me han dicho que lo tienes tú —Dije tras haber abierto un pequeño claro en el suelo con mi labor de poda— Pero a juzgar por esa tumba me han engañado.

Tardó un poco en contestar, adormilado como estaba. Se estiró ronroneando como un gato y acabó sentado en el sepulcro.

—Sí que tengo lo que buscas, pero no es lo que me estás pidiendo.

Genial. Adivinanzas, pensé mientras le miraba con asco, es lo que a uno más le apetece en esos momentos y sobre todo la chispa perfecta para que salte mi polvorín. El tipo se levantó y fue unos pasos más allá, a estirar la espalda poniéndose las manos en los riñones. Yo me quedé mirando ladera abajo el extraño pueblo antiguo y lúgubre desde el que había venido. Sus casas estaban coronadas con tejados puntiagudos, sus siluetas se retorcían un poco hacia el cielo, atrapadas doscientos años atrás con sus buhardillas y sus chimeneas de piedra que comenzaban a elevar humo para combatir el frío. Me abracé las rodillas.

—El dinero no va a ser problema —dije.
—No. Desde luego ese no es el problema, sino que te estás equivocando, como yo hice al principio.

De un manotazo dispersé el pequeño montón de hierbas arrancadas que había ido acumulando. No pintaba bien.

—No necesito sermones ni consuelo, necesito esa maldita cosa y como te imaginarás no tengo mucho tiempo. ¿La tienes o no?
—¿De verdad piensas que te va a dar lo que anhelas?

Me levanté de un salto y le señalé con el dedo.

—La anhelo a ella y voy a hacer lo posible por arreglar esto.

No pareció muy impresionado, si había perdido a Annabel y dolía la mitad que Leonor, era un hombre sin nada perder y mis amenazas resultaban vanas. Suspiró y me dio la espalda.

—Esas fueron exactamente mis palabras al principio —chasqueó la lengua y siguió hablando con el rostro levemente girado hacia mí— No es la solución.
—Me da igual.
—Pero no lo es y lo sabes. Escucha dentro de ti.
—Mejor será señor, que no escuche nada dentro de mí.

Asintió varias veces y tardó un momento en volver a encararme.

—De acuerdo. Llévatelo si lo deseas, es tuyo. —Se encogió de hombros.
—¿Así? ¿Ya está?

* * *

El Ligeia es un local donde no sería raro encontrar a Stoker hablando con Yeats, tomar una absenta con azúcar y agua helada o ver a algún escritor hambriento componiendo sonetos patéticos dos mesas más allá. Tiene una chimenea con hoguera para inviernos como este, en el que el aire helado te arranca lágrimas cuando sales a la puerta. La madera oscura viste cada rincón y puedes beber a la luz tenue de lámparas de gas.

No iba desde hacía tiempo pero aún así el dueño, y su bigote enroscado en las puntas (parece un feriante antiguo) me saludaron como si hubiera sido ayer. Pedí una pinta de cerveza negra y me la llevó a la mesa del fondo.

Allí esperé tres pintas más teniendo que soportar la trifulca de mis voces que se insultaban entre ellas y luego a mí por estar allí y ser tan idiota para querer verle. Ninguna sacó el tema de Leonor, de lo que había pasado, no les importaba, es más, la odiaban por el dominio que tenía sobre ellas, pero aún con todo ese jaleo no dejé de tenerla en mi pensamiento, igual que a sus ojos de profunda decepción justo antes de que se apagaran.

Ese último recuerdo era como una descarga por todo el cuerpo, contraía los puños, los dientes se me iban a romper de apretarlos y sobre todo las voces no se callaban y la mano de Leonor ya no estaría nunca para apaciguarlas. Unas pocas se ahogaban a veces en alcohol, así que pedí varios tequilas y conseguí que se fueran a dormirla, el murmullo fue menor pero las supervivientes me empezaron a susurrar cosas sobre los otros que estaban en el local y lo que se merecían que les pasara. Respiraba ansioso con los labios apretados y el ceño fruncido. Dí un puñetazo en la mesa pidiendo silencio, pero sólo conseguí sobresaltar a los clientes más cercanos.

Pensaba que no querría verme o que ya no frecuentaría aquel sitio en el que hablamos por última vez. Pero cuando me eché hacia atrás con el mareo nublado de la bebida y me fijé en la silla de mi derecha estaba allí sentado como si se hubiera materializado de la nada.

Dí un respingo haciendo temblar la mesa, pero procuré reaccionar pronto

—¿Tomarás algo? Yo invito.

Apenas se dio por aludido, con el cuerpo dando a la hoguera y las piernas estiradas lejos de mí, señales claras de que no le interesaba y estaba allí a desgana.

—Hazte el duro si quieres, pero casi te mato del susto, tu corazón te delata. ¿A qué has vuelto?
—Te necesito para algo. —Dije al instante. En una negociación nunca se debe decir necesitar, pero a la mierda.— Necesito que vuelvas conmigo y me ayudes, será sólo temporal. Lo juro.

Suspiró y negó con la cabeza, reforzando su posición de desinterés al darme un poco más la espalda.

—¿Cómo se llama ella? Me preguntó.
—¿Cómo sabes que hay un ella?
—Porque siempre hay un ella. ¿Cómo se llama?
—¿Qué cómo se llama? Se llamaba Leonor.
—Entiendo.

Le expliqué todo lo ocurrido, mi plan, le enseñé lo que me había dado el loco de la tumba. Él apenas miraba y casi no escuchaba.

—¿Qué…? —Comenzó a decirme encogiéndose de hombros, luego se calló de cara al fuego por unos momentos, yo me eché hacia adelante ansioso porque lo que siguiera terminara en sí— ¿Qué retorcida lógica te hace creer que haber jodido las cosas se arregla intentando algo peor aún?
—¿Qué mierdas significa eso? No he venido por puñeteras lecciones, he venido por un sí o un no. Dime una de las dos cosas y trágate el resto.

Caroline Spine sonaba por los altavoces cercanos, cantaban “Please let me go”, versión acústica. Señaló hacia arriba y me miró compadeciéndome, sonriendo por un sólo lado de los labios.

—¿Escuchas? Es buena.

Escuché, tras dos estrofas continuó.

—Sal de tu cabeza, escucha más a lo de fuera y deja de hacerlo a esas voces dentro de ti. No lo merecen, te devoran. Lo sé porque yo estaba allí y era una de ellas, probablemente la peor.

Cualquiera que nos viera pensaría que somos hermanos, tan parecidos, él con alguna cana en la sien y perilla recortada, sin embargo en realidad nadie va a pensar nada porque nadie puede verle, no está ahí, sólo yo le veo y le oigo, porque él era una de mis voces, pero no la peor como dice, sólo con la que más discutía y menos soportaba, quizá porque siempre decía lo correcto y nunca se equivocaba. Y puedes soportar cada día a la que te despierta susurrando muerte o la que babea persuadiendo de cosas repugnantes, con esas puedes convivir, pero con la que siempre tiene la razón y no se calla nunca es imposible. No hay nada peor. Un día nuestra batalla fue tan sangrienta que el hilo se rompió de una vez por todas en aquel mismo sitio. Decidió abandonarme y quedarse entre las paredes del Ligeia porque, decía, allí estaban los ecos de lo que nunca debí dejar atrás para meterme en mi cabeza. Amigos, risas, buenos momentos, puñeteras cosas insignificantes que hacen que merezca la pena.

Sin esa voz dentro de mí ya no tuve rienda para las demás, cada vez tienen más hambre y el regazo de Leonor ya no está para darme calma. Sabía que no me iba a ayudar, los que siempre tienen razón y saben lo correcto son los más capullos, pero estaba tan desesperado y borracho que no me sobró un último intento.

—Tú siempre me hablabas de lo que merecía la pena y por eso he vuelto aquí, porque precisamente ella era mi última oportunidad de eso, y te necesito para recuperarla. Pídeme que me ponga de rodillas y lo haré. Pídeme que ladre, que ruegue, que queme todo mi dinero y lo haré. Pero ayúdame. Por favor.
—No lo entiendes —me dijo tras un momento de silencio— Lo único que puedo decir es lo de siempre, que hagas lo correcto.
—Jódete.

Pero insulté a una silla vacía, esa voz se había ido y las demás comenzaron a volver.

* * *

Al día siguiente apenas un puñado de personas acudieron al funeral, podía verlas apretujarse bajo los paraguas desde donde yo estaba. Su familia nunca supo de mí ni ella tenía muchos lazos. Mejor. El sacerdote recitaba la lista de la compra sobre la luz, la compasión y el amor de Dios, los de la funeraria esperaban pacientes un poco más allá, con el bolsillo lleno de mi dinero y la cabeza de mis instrucciones.
No estaba solo entre aquellos árboles, lo había notado porque mis voces llevaban calladas un rato y por respeto a Leonor no era. Al final me decidí a romper yo el hielo.

—¿Es que han cerrado el Ligeia y no tienes donde ir?

Mi voz pródiga estaba junto a mí, fumando un cigarrillo que no se apagaba con el chaparrón, ventajas de ser imaginario. No me molesté en ofrecer refugio bajo mi paraguas.

—He venido a presentar mis respetos. Si de verdad estuvo contigo tenía que ser especial.
—Lo era.

Se miró el pitillo y después lo arrojó al suelo encharcado.

—No me puedo creer que el día que me fui me llevara este vicio conmigo.
—Una de las muchas ventajas de que te marcharas.

En el entierro el cura estaba dando la mano tras la elegía y todos empezaron a moverse lentamente, el ataúd estaba siendo introducido en el nicho. Yo respiré hondo y tragué un poco de saliva y orgullo.

—¿Has venido para ayudarme?
—Obviamente no. —Me respondió al instante— ¿Hay alguna manera de que te convenza para que no lo hagas?
—Obviamente no. Y eres un cabrón egoísta, que lo sepas.
—Eso resulta muy adecuado viniendo de ti y de cómo abrazas ese libro bajo el abrigo. ¿Por qué no dejar que todo siga su curso en vez de joderlo más?

Por primera vez en la conversación le miré alzando el paraguas para asegurarme de que captara mi expresión de estar a punto de escupirle.

—Leonor se pudre mientras cientos de cabrones siguen viviendo sin merecerlo, jodiendo cada día todo lo que tocan, llenando de mierda la vida o desperdiciando sus días entre quejas.
—Diría que te has descrito bastante bien.
—Sí, me he descrito bastante bien. Por eso que yo esté aquí y ella ahí —señalé con el dedo mientras empezaban a echar los primeros montones de tierra sobre Leonor— demuestra que las cosas no pueden ser más jodidas de cómo ya funcionan. Así que, qué más da si lo que hago se salta todas las reglas.
—¿Y ella? —Me preguntó con voz monótona,
—¿Ella qué?
—¿Le has pedido permiso a ella? Para lo que piensas hacer digo. Porque no serás tan iluso de pensar que si esa locura funciona, y con ese libro consigues que vuelva, todo va a ser como antes, que va a ser la misma y aquí no ha pasado nada. ¿Crees eso de verdad después de mirarte como lo hizo?

Abrí la boca para decir algo y se me quedó atragantado, las tapas oscuras del libro asomaban bajo mi gabardina, luego le observé a él, boqueando sin que salieran palabras.

—La quiero. —Acabé balbuciendo patoso, y los dos nos quedamos como estatuas hasta que clavé los ojos en el barro, un escozor húmedo y leve los invadió, habían tenido que pasar veinte años y muchas más muertes para sentir que brotaba de ellos otra cosa que no fuera rabia.
—¿La quieres a ella o al silencio? —Me preguntó impasible.
No me molesté en arrancarme ese puñal de la espalda.
—Vete. Si no me vas a ayudar vete. Lo haré como sea. —Sollocé.

Él abrió los brazos, me enseñó las palmas de sus manos y se retiró un par de pasos, pero le pudo como siempre tener que decir la última palabra.

—¿Sabes? Por una vez deberías tener el coraje de apuntar tu arma en la dirección correcta. Así tendrías la paz que tanto ansías. Tú, yo y mucha gente.

* * *

Cuando el tipo de la tumba me extendió el libro no lo soltó inmediatamente, y permanecimos mirándonos un momento. Aprovechó entonces para hablarme de Annabel, de cómo la veía en cada estrella, de cómo seguían juntos a pesar de ella no estar. Él también quiso abrir esas páginas y cambiar el curso del río para traerla de nuevo. Pero por un instante se quedó embobado contemplando el lugar donde se juntaban el mar y el cielo y entonces la oyó en el mismo viento helado que bajó a llevársela.

“Déjame ir”.

“Eso nunca”, contestó con rabia. “No es justo y no lo permitiré”, pero con la misma voz con la que tantas veces ella se rió y tantas cosas compartieron Annabel le volvió a decir: “por favor, déjame ir”.

Y sólo entonces se dio cuenta de que seguían juntos y de que no importaba lo que ocurriera, él seguiría viendo sus ojos en las estrellas y oyéndola cada noche antes de dormir. Así vivía y lo hacía con ella aunque no estuviera.

“Genial”, le contesté con soberbia, “¿has probado a escribir un poema?” Y tiré del libro para quitárselo de las manos y él sólo me dirigió esa mirada de pena.

La misma que Leonor antes de marchar.

A cualquier otro le hubiera sacado esos ojos que me compadecían por encima del hombro, pero en ese momento sólo pude bajar la cabeza y girar sobre mis pasos. Me detuve a un par de metros.

“¿Puedes enseñarme eso?” Le pregunté.
“No. Pero quizá tú puedas aprenderlo” Oí a mi espalda.

Asentí.

“Entiendo. Gracias por el libro entonces”.

Aquella noche fue especialmente fría dentro y fuera de casa, me sorprendió meditando cansado sobre el libro y pensando en Leonor hasta que oí que llamaban a la puerta.

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