El discurso de Faulkner

William Faulkner

William Faulkner, la némesis de Ernest Hemingway, el polo opuesto, el archienemigo literario. Faulkner el alcohólico como Hemingway, el Nobel como Hemingway, el autor que ¿qué importa el estilo? hablaba de las mismas cosas que todo escritor que se precie.

De Faulkner he leído menos de lo que debería. Apenas Mientras agonizo, un ejercicio de escritura y estilo en el que todo escritor debería sumergirse.

Te supera, así es la prosa de Faulkner. Poderosa, intraducible, frondosa hasta el exceso como sus queridas glicinias.

Ya traje en su día el discurso de aceptación del Nobel de Hemingway, no podía faltar su reverso tenebroso y barroco.

Pero es que no importa el estilo, al final es el mismo tema, el único que importa, de lo que aspiran a hablar los mejores.

He aquí su discurso de aceptación del premio Nobel. He intentado traducir lo mejor posible, por supuesto sin poder honrar su manera de escribir, enrevesada y exigente, siempre con una recompensa al final de un camino de curvas y belleza.


Damas y caballeros,

Siento que este premio no se me otorgó a mí como hombre, sino a mi trabajo, el trabajo de toda una vida en la agonía y el sudor del espíritu humano, no para la gloria y menos aún para el beneficio, sino para crear, a partir de los materiales de ese espíritu humano, algo que antes no existía. Así que este premio es sólo mío en confianza. No será difícil encontrar una dedicación a la parte monetaria del mismo acorde con el propósito y significado de su origen. Pero también me gustaría hacer lo mismo con la aclamación, usando este momento como un pináculo desde el cual pueda ser escuchado por los jóvenes hombres y mujeres que ya están dedicados a la misma angustia y a los mismos dolores de parto que yo, entre los cuales ya se encuentra aquel que algún día estará aquí, donde me encuentro ahora.

Nuestra tragedia hoy es un miedo físico general y universal tan prolongado que incluso podemos soportarlo. Ya no hay problemas de espíritu. Sólo existe la cuestión: «¿Cuándo estallaré?». Por eso, el joven que escribe hoy ha olvidado los problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo, que son los únicos que pueden hacer una buena escritura, porque es lo único que vale la pena escribir, lo único que vale la pena toda la agonía y el sudor.

Debe aprenderlos de nuevo. Debe enseñarse a sí mismo que en la base de todas las cosas está tener miedo; y, enseñarse a sí mismo que en su taller no debe haber más que sitio para las antiguas verdades y las verdades del corazón, esas que, en caso de faltar, hacen que cualquier historia sea efímera y esté condenada: amor y honor y piedad y orgullo y compasión y sacrificio. Hasta que no haga eso, trabajará bajo una maldición. No escribirá sobre amor sino sobre lujuria, sobre derrotas en las que nadie pierde nada de valor, sobre victorias sin esperanza y, lo peor de todo, sin piedad ni compasión. Sus penas no llegan al hueso universal, no dejan cicatrices. No escribe del corazón, sino de las glándulas.

Hasta que vuelva a aprender estas cosas, escribirá como si observara el fin del hombre. Me niego a aceptar el fin del hombre. Es fácil decir que el hombre es inmortal simplemente porque perdurará: que cuando el último dingdong de la condenación haya resonado y se haya desvanecido de la última roca sin valor que flota sin orden en la última noche roja y moribunda, aún habrá un sonido más: el de su inagotable voz, que todavía habla.

Me niego a aceptar esto. Creo que el hombre no sólo perdurará, sino que prevalecerá. Es inmortal, no sólo porque posee una voz inagotable entre las criaturas, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, sacrificio y resistencia. El deber del poeta, del escritor, es escribir sobre estas cosas. Es su privilegio ayudar al hombre a resistir levantando su corazón, recordándole el valor y el honor y la esperanza y el orgullo y la compasión y la piedad y el sacrificio que han sido la gloria de su pasado. La voz del poeta no tiene por qué ser sólo el registro del hombre, puede ser uno de los pilares que le ayuden a soportar y prevalecer.

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