El estado de flujo

Yo era uno de esos críos insufribles que siempre preguntaba por qué, una y otra y otra vez. Esa mancha no se va con los años.

Muchas veces hablo de que las cosas que importan nunca son fáciles. Que algo nos apasione o que lo queramos, no lo convierte mágicamente en una luna de miel. Quien te cuenta esos cuentos, berreando que seguir tus sueños o amar algo es todo lo que hace falta, no tiene medio cerebro o no tiene escrúpulos y quiere sacarte el dinero.

Yo soy ese al que le encanta citar a Hemingway con lo de que escribir es sangrar. Y lo es a veces y a veces es rutina y otras es todo lo contrario, puro gozo.

Te sientas, empiezas a regañadientes y, de pronto, los dedos vuelan, te olvidas de comer, te olvidas de la hora, te olvidas del mundo ahí fuera, porque de todas formas no es mejor que el que estás creando.

Soy un tipo pragmático, así que cuando me encuentro esas situaciones no digo “gracias“, digo “quiero más“. No tardé en preguntarme por qué suceden esos momentos y sobre todo, ¿cómo puedo obtenerlos?

Hora de hacer pasar a Mihály Csíkszentmihályi.

Cuando quise conocer el porqué de este fenómeno del flujo, puse mucho los ojos en blanco, navegando por explicaciones de autoayuda boba, hasta que di con los trabajos de este psicólogo. No son perfectos ni de lejos, pero es de lo poco interesante en la psicología positiva y, al menos, se preocupó de comprobar las cosas con un mínimo de rigor, en vez de repetir las frases que suenan bien y no sirven de nada.

Csíkszentmihályi estudió ese estado de gozo espontáneo que a veces surge mientras realizas alguna actividad (escribir, pintar, resolver un desafío…) lo denominó “flujo” e intentó ver de qué se componía y cómo replicarlo.

En un estado de flujo nuestra motivación está completamente concentrada, se produce una inmersión enfocados en una sola cosa y todas las emociones empujan en la misma dirección.

Genial, ahora viene la mala noticia (esto es la vida real, ¿qué esperabas?). Todo esto es maravilloso excepto por el “pequeño detalle” de que uno no se puede forzarse a entrar en flujo, ni predecir cuándo va a obtenerlo. Vamos, que no puedes generarlo a voluntad.

Pero para variar, esta vez también hay una buena noticia.

Al menos podemos crear las condiciones que harán más probable que se produzca.

Es decir, podemos disponer las condiciones y luego el flujo vendrá o no, pero al menos resultará algo más probable que sea así.

Las tres condiciones básicas

Hay tres requisitos principales para que se produzca el flujo según Csíkszentmihályi:

1. Debes estar inmerso en una actividad que tenga unas metas u objetivos claros.

Si no sabes lo que quieres conseguir o sobre qué escribirás, difícil que surja.

2. Debe haber un equilibrio entre los desafíos percibidos de la tarea y nuestras propias habilidades percibidas para realizarla con éxito.

Traducido: uno tiene que estar haciendo una tarea que le suponga desafío, pero también tiene que sentirse capaz de conseguirlo si se esfuerza.

3. La tarea nos debe proporcionar un “feedback(odio usar esta palabra, pero haremos como que no) inmediato de si vamos bien o mal.

Las dos primeras condiciones están claras, si yo quiero escribir tengo que saber exactamente qué quiero contar y luego tiene que ser un desafío. Personalmente lo segundo es automático al escribir, si no me supone cierto reto, ni me molesto ya.

La tercera es la prueba. ¿Amas de verdad lo que haces? Porque en el caso de escribir, por ejemplo, no hay un “feedback” externo claro de si voy bien o mal. Nadie aplaude, nadie me publica en ese momento, nadie se interesa. Al escribir estoy solo, porque como nacer y morir, escribir no puede ser de otro modo.

Si lo hago sólo por dinero (o reconocimiento, adoración o lo que sea) mi “feedback” sobre si la cosa va bien, o no, es únicamente lo que gano con lo que he hecho, algo que está fuera de mí y no puedo controlar. Además, no es inmediato, esa recompensa externa por escribir no llegará (si llega) hasta mucho más tarde del momento en el que me siento a hacerlo. Si escribo por los motivos equivocados, nunca voy a tener la tercera condición para que se dé el estado de flujo.

Esa condición se dará si escribir (o lo que sea) lo seguiríamos haciendo incluso en el peor de los casos, en que nadie quiera y nadie vea eso que estamos haciendo.

Claridad, desafío y hacer las cosas aunque nadie las aprecie e incluso las desprecie. Hacerlas refunfuñando a veces, peleando otras, sabiendo que no es fácil, deseándolo más que a nada en el mundo, teniendo claro que ya no puede ser de otra forma (ahora que lo pienso, suena bastante a querer de verdad y no al amor que nos venden e inventamos hace novecientos años).

A esas tres cosas yo suelo añadir un par más.

1) Eliminar todas las distracciones posibles.

Lo hago a fin de concentrarme en la tarea y sólo en ella. Yo, como Wilde, puedo resistirlo todo menos la tentación, así que me aíslo.

El móvil está lejos, Internet y las personas que me aguantan, desconectadas. En el ordenador escribo a pantalla completa sin distracciones (ya sea con el Scrivener u otros programas hechos para eso) y completamente solo.

2) Recordar lo que me enseñó alguien.

Vamos a decir que era un viejo “mentor“, por llamarle de alguna manera, pues su historia no viene al caso ahora. Él me instruyó sobre el “ansia de resultado” y sus peligros.

A la hora de invocar el estado de flujo, no quiero que venga, en serio, escribo lo que puedo y ya está. Si me preocupo de haber puesto esas condiciones anteriores, ya sé que estoy trabajando de la mejor manera posible, que le estoy poniendo cuidado y, a veces, hasta cariño. Eso me basta (o debería hacerlo, que en ocasiones no, porque soy humano).

Que venga o no el caprichoso flujo no importa realmente. Si termino de escribir, aunque sea basura extraída a trancas y barrancas, ya he hecho mi trabajo. Hacer lo que uno tiene que hacer es hoy día un acto de héroes.

El flujo es lo ideal y por eso precisamente no importa y no hay que perseguirlo, al fin y al cabo, esa es la única manera de que venga. A veces.

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