El fantasma de las cosas inacabadas

El fantasma de las cosas inacabadas

No recuerdo mucho de él, en serio, sólo que parecía un motero de rutas desiertas, ojos duros y barba de guerrero. Sabía su nombre, pero hace ya tantos años, que no me acuerdo, aunque de su apodo sí, era el modo en que nos tratábamos y es curioso que recuerde el suyo y no el mío. Y cuando me dijeron que él me enseñaría cosas que no vienen a cuento ahora, no supe qué decir. Aquel tipo no encajaba para nada con lo que esperaba, pero así es casi siempre la vida, que no quiere parecerse a las expectativas. No nos parecíamos mucho, él era mayor que yo, un creyente en cosas excéntricas, amor libre y cultos paganos. Fue una especie de mentor y, de todas las cosas que me enseñó, me acuerdo de una que se me quedó grabada para siempre.

Me dijo que todo lo que no terminaba se convertía en un fantasma, y que todo ese ejército de espectros de las cosas inacabadas te seguían y los llevabas ahí siempre, como un peso que no sabes muy bien qué es, entonando un cierto lamento.

Sólo terminar las cosas las liberaba, como en esas películas sobadas sobre espíritus y más allá, de modo que por fin dejaban de pesar de esa manera que casi no se nota y saltaban de tu chepa al lugar al que tuvieran que ir. No sé por qué, pero hay cosas como esa que se te quedan dentro, mientras olvidas todo lo demás, yo lo achaco al inmenso poder de una buena metáfora.

Todo esto viene al caso porque hoy he dejado un proyecto de escritura a medio, después de veinte mil palabras. Encima no lo he matado, porque a veces hay que saber abandonar y cerrar puertas, pero ese se ha quedado en el sitio de «no sé si lo retomaré algún día», aunque es probable que no. Así que noto el lamento de otra cosa que se quedará ahí agarrada sin acabar, viviendo a medias y absorbiendo un poco de mí para poder hacerlo.

Aquel tipo, aquel buen tipo, me enseñó que terminar es lo más importante. Ese es un tema recurrente en mí, porque empezar lo hace todo el mundo, pero terminar sólo lo hacen los buenos.

Las ideas no valen nada, todo el mundo tiene cuatro mil ideas en un cajón y otras dos mil cada día. Además, con el advenimiento de Internet ya te puedes dar cuenta de que no quedan ideas originales. Somos tantos, que alguien seguro que ya ha pensado en ello o en algo parecido. Uno no tiene más que darse una vuelta por Twitter, por ejemplo, para comprobar que ya no le quedan pensamientos originales como reacción hacia las cosas y todo lo ha dicho alguien ya.

Pero eso no importa, porque como dice Derek Sivers, lo que da valor a las ideas, su multiplicador real, es la ejecución. Mientras sólo tengas una idea, ese pensamiento vale apenas unas fracciones de céntimo cercanas a cero, que se van multiplicando conforme hagas y sólo cobran valor real cuando terminas.

«Prefiero no hablar del tema para que no me roben la idea». Eso lo he oído unas cuantas veces y he pensado, «¿en serio? Pero si tu idea no vale nada». Es lo mismo que cuando alguien viene y dice: «tengo una idea genial». Mira no, no la tienes, ese pensamiento no es nada. Hacer y sobre todo terminar, eso es lo que cuenta.

Cuando era pequeño leí la maldita frase de Thoureau y se quedó grabada en mí como la enseñanza de aquel tipo cuyo apodo empezaba por S, con la delicadeza de un hierro de marcar.

«La mayoría de gente vive vidas de tranquila desesperación».

A esa frase, por error, se la suele terminar con

«…y se marcha de aquí con su canción todavía dentro».

Thoureau nunca escribió esa segunda parte de la cita, pero a menudo aparecen juntas por error y lo cierto es que son como hermanas perdidas. Si estuviera aquí aquel tipo duro y filósofo (ahora me pregunto qué habrá sido de él, mañana habré vuelto a olvidarlo) quizá nos diría que ese estado de «callada desesperación» viene por esos fantasmas de las cosas que no terminas, o que ni siquiera empiezas, que para el caso es lo mismo.

Te acompañan donde vayas, te susurran, te atraviesan, se lamentan y te crean esa inquietud extraña, que a lo mejor es a lo que Thoureau se refería. Uno intenta enmudecerla como puede, porque por sí solos, los fantasmas no pesan mucho, pero a lo largo del tiempo las cosas inacabadas se vuelven demasiado numerosas.

Como la vida dista de ser perfecta, yo voy a dejar a medio muchas más cosas de las que termine, como ha pasado hoy. Eso lo asumo (más o menos), aunque aspiro a poder exorcizar alguno de esos fantasmas terminándolos, al menos a los que más hablan más alto dentro de mí.

Con suerte, en el futuro no tendré que encontrarme con tantos, cuando me convierta en uno de ellos, teniendo que rendirles cuentas de por qué no les quise lo suficiente.

9 responses

  1. Hola, Isaac.

    Está muy bien tu artículo. Muy interesante. Yo también me pregunto qué sería del motero filósofo (una nueva prueba de lo mucho que engañan a veces las apariencias). No sé por qué, pero tengo tendencia a hacerme preguntas inútiles (¿Qué sería de los personajes anónimos de esta foto?, ¿Cómo sería la vida real de esos extras que pasan por la calle en tal película?, ¿Sobreviviría ese soldado alemán que aparece en la filmación X a la Segunda Guerra Mundial?).

    Es cierto que empezamos muchas cosas, demasiadas posiblemente, y terminamos pocas. Salvo que estés obsesionado con una de ellas y la sigas y la persigas, como un perro de caza, hasta las puertas del infierno si es necesario.

    Me gusta mucho la metáfora del motero. Está muy bien. Y en cierto modo es verdad porque aquello que comenzaste y no acabaste de vez en cuando aparece para recordarte que está ahí, que tienes una deuda pendiente con ella. Qué fácil, en general, es iniciar algo y qué difícil finalizarlo. Nos falta a menudo constancia, ilusión, motivación. El truco es mirar a corto plazo. Si no, el camino se ve demasiado largo.

    Me has recordado a mi madre cuando me dice: “Está muy bien que lo hayas pensado, pero el pensamiento solo no sirve para nada. Las cosas hay que hacerlas”. Seguro que si leyese esta entrada, me diría: “¿Ves? Lo que yo te digo”. Estoy contigo en que hacer y terminar es lo relevante.

    También es cierto que se dice con cierta frecuencia: “No voy a contar nada para que no me roben la idea” y es comprensible porque corres el riesgo de que alguien que te escuche tenga más empuje que tú y sea capaz no solo de empezar, sino de llegar hasta el fin.

    En cuanto a lo de que las ideas no valen nada, entiendo en qué sentido lo dices. Sin embargo, no estoy de acuerdo con esa frase porque para poder dar comienzo a un proyecto y concluirlo necesitas una idea. Sin ella, no hay nada. Todo parte de una idea previa. Por eso, las ideas sí poseen un valor.

    Respecto a que siempre habrá alguien que haya pensado lo mismo que tú o algo parecido, una vez escuché a un psicólogo en la radio decir que los términos absolutos como “siempre”, “nunca”, “todo” o “nada” no deben emplearse porque estadísticamente es imposible que alguien lo haga todo mal (algo, aunque solo sea una cosa, hará bien. Entonces ya no es “todo”). Estoy de acuerdo con él. Tendemos a utilizar mucho los absolutos y eso produce injusticia con el receptor. A no ser, claro, que lo de “siempre” lo hayas utilizado en sentido metafórico (supongo que es así).

    Un abrazo literario desde Oviedo.

    • Siempre no existe, por eso mis “siempres” son siempre metafóricos. Y sí, era un tipo muy interesante ese motero, filósofo y más cosas que mejor no decir públicamente. Mira, me has dado la idea y voy a buscarle…

  2. Me has dejado hecha polvo.
    Soy procastinadora nata. Tengo mil ideas, cien inicios y una o dos cosas terminadas. Un desastre, vamos.

    Ahora voy a estar un buen rato rumiando todo lo que “me” has dicho en este post.
    Pobre de mí. No hay peor juez que uno mismo… pobre de mí.

    • Todos somos ese desastre, pero con que mejoremos nuestro porcentaje de cosas terminadas un 1%, ya nos ponemos por delante del 90% de la gente. Un consuelo es un consuelo.

      No voy a decir que siento el haberte dejada hecha polvo, pues por experiencia propia yo soy de los que se mueven cuando sienten eso que sientes, si no, raras veces lo hago. Al menos sientes esa desazón, hay quien le resbalan estas cosas y les da igual lo que hacen con su tiempo y apartan lo que siempre quisieron hacer. Pobres de ellos realmente.

      Y sí, entiendo lo de que no hay peor crítico que uno mismo, así que no seas dura contigo, que al parecer ya lo soy yo :P.

      • Hola de nuevo, Mr. Belmar.

        Estoy contigo en que pobres de aquellos a los que les resbala esto de lo que hablamos porque solo tienes una vida (desgraciada o afortunadamente). Y más pobres son si al llegar a la vejez o incluso antes se paran a pensar y se preguntan: “¿Pero qué leches he hecho con mi vida?”. Una de las peores cosas que te pueden pasar, a nivel psicológico, es concluir que has malgastado tu vida o buena parte de ella y que no la has disfrutado o exprimido a tope. Y ojo, lo de disfrutar no significa salir todos los fines de semana hasta las tantas, beber, fumar, no perderte una fiesta y tener una novia o un compañero de cama cada mes. Cada cual entiende lo de disfrutar a su manera y, por tanto, hace cosas distintas.

        Por otra parte, es curioso cómo la mayoría de las personas son muy críticas consigo mismas y son su peor enemigo. Pienso, como me dijo una vez un psiquiatra, que es por los “programitas” que nos meten en la cabeza desde críos. Unos programitas que implican que vivamos la vida de manera equivocada y con pensamientos erróneos respecto a nosotros mismos y los demás.

        Un abrazo literario desde Ovetum.

    • Hola, Enebea.

      Curioso nombre. Me suena a diosa griega o romana, je, je, je… No te preocupes por lo de la procrastinación (dudaba de si llevaba una “r” después de la “c” y sí la lleva). Es un mal extendido que tiene solución. Existen trucos para salvarla. Yo también soy un gran procrastinador muchas veces (especialmente, con las cosas que no me gustan o que implican una gran cantidad de trabajo). Sin embargo, en mi caso, antes o después las voy sacando adelante.

      Por otra parte, ¿estás obligada a demostrarle algo a alguien? ¿O a ti misma? No. ¿Tienes derecho a ser imperfecta? Sí. Es que parece que todo hay que hacerlo bien y que no podemos tener el mínimo fallo. Y otra vez volvemos a lo mismo: el origen está en la educación que nos dan en casa y en el colegio, en los programitas. Deberían enseñarles a los niños y a los adultos a darles la vuelta a las cosas, a vivir y pensar de manera correcta para no sentirse en numerosas ocasiones mal o hundidos. Al final, ¿era tan grave o tan importante eso que tanto me preocupó hace 5, 10 o 20 años? Probablemente, no.

      Os dejo porque parezco el psicólogo o el psiquiatra online. Y no quiero extenderme demasiado. Sin embargo, paraos a pensar en lo que acabo de decir. ¿No estáis de acuerdo?

      Un saludo litterarum ovetensis.

  3. Suelo empezar pocas cosas porque siempre las acabo, llevo eso tan al límite que cuando salgo a cenar por ahí un sábado vuelvo a casa empachada, porque claro, lo del plato hay que terminarlo, aunque ya no pueda más, porque dejar las cosas sin terminar es muy feo. Me ha gustado este post porque me ha recordado a esas buenas fábulas que escuchaba de pequeña. Biquiños!

    • Hola, Cris.

      Me hace gracia tu comentario. Es verdad que de pequeños nos inculcaron que dejar parte de la comida en el plato es de mala educación. Cuando no tendría que ser así porque si estás lleno, ¿debes comer hasta vomitar o hasta que no puedas dar ni un paso? Pues no.

      Lo de comer todo lo que te sirven, no será en serio, ¿verdad?

      Por otra parte, está bien pensado eso de empezar pocas cosas. Así es más probable que uno las acabe.

      Un saludo literario asturgalaico.

  4. Hola de nuevo.

    Artículo sin desperdicio. estaba copipasteando las frases más interesantes para después comentar y casi me copio todo el post ^^

    pues sí. y yo no debo ser nada bueno, pues casi nada acabo (sí que es cierto que todos mis proyectos suelen ser bastante ciclópeos) y lo que acabo no suele ir mucho más allá del cajón (salvo lo que hago en formato web, que por ahí anda, pero que tampoco ha dado demasiado fruto).

    sí, esos fantasmas hacen que arrastres tu existencia, convirtiéndote en un fantasma más. como ellos. que sientas que estás a mil jodidos años luz de querer morir, aunque tu vida sea una mierda, en plan: cáncer terminal? no me jodas!, con todo lo que me falta por hacer…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *