El mito del talento

El mito del talento

No eres especial.

Alguien tiene que decírtelo, compensar que muchas veces, de manera bienintencionada, nos han repetido lo contrario. Quizá los padres, quizá algún profesor, pero no es cierto.

No naciste con ningún talento particular para nada.

¿Eso tan bueno en lo que eres? No es porque la vida te dio algo que al resto no, ni genio, ni nada.

Sé que hago un montón de amigos cada vez que me pongo a escribir, lo sé.

Pero no bajó una estrella al nacer para que fueras especial en algo que tienes que descubrir. Esa es una más de las mitologías ficticias que nos construimos, por la necesidad de entender como sea (y sobrellevar) este viaje.

Una de nuestras tácticas favoritas para ello es asignarle sentido a lo que no lo tiene. Cuando es positivo, ese sentido está enlazado con ser especiales, con algún plan divino o providencial. Cuando es negativo, entonces los caminos de Dios (o la vida) son inescrutables, pero son de alguna manera.

Por favor, que alguien de los que tanto gusta usar las frases hechas de ese mito me explique por qué acaban de morir decenas de miles de personas en Filipinas en unas horas. Hombres, mujeres, niños, santos y cabrones, todos por igual.

Que alguien me explique el supuesto sentido sin quedar como un idiota.

Pues la del talento, como la del sentido en todo, es otra de esas mitologías que nos contamos, pero no es más que eso, un mito.

Que sí, hay una predisposición genética y de entorno hacia las cosas, las personas somos diferentes y eso salva a la especie. Pero para dominar algo, incluido lo artístico (que parece precisar de un factor intangible que va más allá) el talento es irrelevante.

Películas, libros e historias refuerzan el mito del talento, porque como el resto suena bien y queremos creerlo. Cuentan eso porque la gente paga por lo que quiere oír, por lo que le hace sentir aliviado, entretenido o especial, no por lo que sea necesariamente verdad. Así que si somos buenos en algo, debe ser porque tenemos un toque único.

Pero la respuesta al talento, cuando se examina de manera fría y objetiva, parece ser mucho más prosaica.

Lo que interpretamos como talento no es más que el efecto de un insano montón de práctica constante. “Al talento por la repetición” podría ser el lema.

Malcolm Gladwell, en su libro Outliers, argumentaba que lo que tenían en común los Beatles y Bill Gates eran más de 10.000 horas empleadas en lo suyo. Horas anónimas, horas sin pago ni agradecimiento de nadie. No iba desencaminado.

Psicólogos como el doctor Anders Ericsson sugieren lo mismo en sus trabajos. La excelencia (ese “talento”) no es más que el resultado de la práctica.

Incluso esos destellos que parece que no están al alcance de todos, ese algo especial, parece surgir de la práctica constante. Aparece en los que la han acumulado y no aparece (o lo hace muy esporádicamente como para ser relevante) en los que aún no tienen suficiente habilidad a base de práctica. Supongo que a veces deberíamos dejar de mirar las cosas como son, muchas pierden brillo.

Al final, repitiendo lo que sea que hagas: juntar palabras, empuñar una espada o rasgar acordes, tu cerebro empieza a ver nuevas formas de utilizar eso en lo que tiene tanta práctica, pues ya se las sabe casi todas.

Y la primera frase era una buena noticia, por la paradoja de que no ser especiales pone al alcance de todos el ser especiales (o más bien parecerlo a ojos de los demás).

No vas ser el mejor del mundo, para eso sí que pueden contar las pequeñas diferencias naturales con las que nacemos, pero cualquiera dotado de una inteligencia normal puede estar en el pequeño porcentaje de elite, si se empeña en juntar una absurda cantidad de tiempo haciendo algo. Matemáticamente no es tan difícil estar en el 10% o 5% de los mejores del mundo con esas 10.000 horas o más.

Probablemente es más útil estar aquejado de una obsesión, una cabezonería o una pasión enfermiza por algo. Haber nacido un poco más aventajado que el resto para lo que queremos no sirve de casi nada y no hay nada más común que un genio fracasado.

Esa cabezonería o gusto será lo que cargará con nosotros a través de las muchas horas ingratas, hasta que un día “surja el talento”.

Lo sé, el mito suena mejor, creer que tenemos algo especial y todo eso. Pero esa creencia es un lastre.

Si pensamos que tenemos algo especial, también creeremos que con eso podemos compensar y escamotear esas horas ingratas que nadie ve, que podremos no pagar ese impuesto y aún así llegaremos.

Y no.

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