El poder de la vergüenza

demostenes

Buscamos el poder en sitios equivocados. Creemos que se nos va a conceder con un resplandor de gloria, haciendo cosas espectaculares en sitios exóticos. Igual que en las películas, todo acabará en una epifanía con la que nos convertimos en un héroe nuevo, en una mejor versión de nosotros.

Pero lo cierto es que el verdadero poder es lento y se adquiere a través de las cosas aburridas y feas. No hay grandes momentos en los que cambiamos de repente de gusano a mariposa. Si hemos puesto suficiente trabajo, un día, sin darnos cuenta y sin un aparente porqué, descubrimos que somos algo más pacientes, algo más valientes, extraemos mejores acordes o no da asco cómo escribimos o hablamos. Y miramos hacia adelante y todavía queda mucho.

Cualquiera que crea que va a cambiar de repente con grandes ritos de iniciación, tras leer el libro del que todos hablan o a través de una gran experiencia mágica y puntual, se está dejando llevar por el mito.

Y todo este rollo porque hoy estaba leyendo, se ha asomado entre las líneas el barbudo de Demóstenes y resulta que se parecía a Víctor Hugo. Cosas extrañas de la vida y mis lecturas.

Una de las cosas que ambos tenían en común, aparte de ser los mejores en lo suyo, era saber que uno de esos sitios feos en los que reside el poder es la vergüenza. Demóstenes fue uno de los mejores oradores de Grecia y uno de sus políticos más influyentes. Pero los custodios de su enorme herencia se la quedaron, dejándole sin nada cuando era niño, especialmente sin poder recibir la formación para la que habían ahorrado sus padres, que lo querían como discípulo de los mejores maestros de Grecia.

No tuvo tutores ni facilidades, pero tras mil tribulaciones y una obsesiva dedicación, consiguió su objetivo de ser la voz de Atenas y convertirse en un influyente político.

Y no lo hizo tras un gran viaje iniciático lleno de peligros, simplemente perseveró. Se aplicaba él solo, muchas veces en una especie de hoyo para evitar distracciones. También se rapaba media cabeza, de modo que así no podía salir a la calle sin sentir la burla y la vergüenza. Eso le hacía quedarse en casa y, como no tenía otro remedio, se aplicaba, ensayaba discursos, a veces con piedras en la boca para mejorar su declamación.

¿Y en qué se parece a Víctor Hugo? Hace poco colaboraba para el magnífico blog “La piedra de Sísifo”, con un artículo sobre cómo escribir igual que los grandes. Ya anticipo que no hay secreto, pero muchos escritores tenían sus trucos para lo importante, que es ponerse a hacerlo. Víctor Hugo, dice la leyenda, pedía a su ama de llaves que le escondiera la ropa bajo llave. Desnudo no podía salir a ningún lado, así que no tenía más remedio que sentarse y escribir. La leyenda es esa, la realidad parecida aunque algo diferente, si a alguien le interesa conocer los términos exactos y arruinar lo legendario, que vaya a ese artículo y lo lea.

Lo importante es que ambos comprendieron el poder de la vergüenza y lo utilizaron a su favor para ser los mejores en lo suyo.

La gente se sorprende de estas cosas y no las entiende mucho. Es lo mismo que cuando dices que otros sitios feos en los que excavar para conseguir poder son la rutina, la obsesión y saber que no hay que temer al hombre de las 4.000 patadas, sino al hombre de una patada que la repitió 4.000 veces (Bruce Lee dixit).

Demóstenes y Hugo comprendieron que no eran superhombres ni especiales pero sí que, para convertirse en uno, lo mejor era no tener otro remedio. Ambos sabían que eran perezosos, se distraían y buscaban cualquier cosa con tal de evitar el trabajo y la soledad, como ocurre con absolutamente todas las personas. Ambos se obligaban y utilizaban la vergüenza de acicate.

Sabían que para ser bueno en algo es necesario hacer lo que todos los demás evitan.

8 responses

  1. Excelente reflexión. Me ha encantado la referencia a Hugo y Demóstenes, a los que relacioné en su momento hablando de manías de escritores (http://www.lecturalia.com/blog/2013/10/25/los-escritores-no-son-personas-normales-ii/). En cualquier caso la vergüenza es un método eficiente para disciplinarse y mejorar; muchos consejos de productividad hablan del compromiso público para alcanzar objetivos, es decir, el compartir con otros metas propias para que, por vergüenza a quedar mal, nos veamos obligados a cumplir con ellas. Es interesante utilizar algo que de entrada puede parecer negativo (el oprobio público, el qué dirán) para obtener algo positivo (la superación o progreso personal).

    Nos leemos 🙂

    • Pocos motivadores (ninguno) más poderosos que la vergüenza conozco, la verdad.

      Nos leemos en verdad, tus actualizaciones sobre objetivos me resultan cotidianamente fascinantes, cosas de la obsesión.

      • En realidad son un ejemplo de lo que comentaba. No sé hasta qué punto pueden ser interesantes para otros esas actualizaciones (a mí me gusta leer ese tipo de cosas, pero no sé cómo será para los demás), pero para mí son una obligación para no quedar mal con las personas que sé que me leen, algunas de las cuales conozco en persona, respeto y admiro. Una presión más para cumplir (y por ahora va funcionando).

        • Reconozco que las leo cuando las pones, y supongo que debería ahora construir un argumento sobre por qué lo hago que quede bien y eso. Pero, la verdad, seguramente es puro voyeurismo

  2. Hola.

    Como siempre, Isaac, muy interesante tu post.

    La vergüenza es poderosa pero el verdadero centro de poder es nuestro cerebro: si uno está convencido de que puede realizar algo, por muy complicado o imposible que parezca, lo más probable es que llegue a conseguirlo.

    También son muy poderosos el amor, el miedo, la ambición…

    Conocía lo de Demóstenes y las piedras en la boca. Impresionante. Me pregunto si la idea se le ocurriría a él o si se la sugeriría alguien.

    Lo que está claro, como bien dices, es que no queda más remedio que concentrarse en lo que a uno le gusta y trabajarlo cada día para ir puliendo errores y llegar a ser lo mejor posible. Si uno dedica todas sus energías (física y mental), se convertirá en alguien destacado en ese campo (especialmente, si le apasiona eso a lo que se dedica). El proceso de mejorar en una actividad es largo y difícil, requiere mucha constancia, determinación y capacidad de sacrificio y es evidente que no ocurre ese salto cualitativo de un día para otro.

    El talento está muy bien, pero solo con talento no se logra nada. Es como si Pelé o Messi no entrenasen o lo hiciesen de manera insuficiente. No habrían alcanzado jamás el nivel que tienen.

    Gracias por hacernos pensar en cosas tan interesantes (aunque yo desde hace tiempo, por el taller de escritura creativa al que fui, ya sabía esto) y por brindarnos la oportunidad de aprender cada día (o casi). En tus artículos siempre encuentro aspectos o curiosidades desconocidos para mí.

    Un saludo.

  3. Esa genialidad tuya, de lograr arrancar una sonrisa al lector (“que vaya a ese artículo y lo lea”), esas descripciones detalladas del sentir y el pensar de aquellos escritores… Estoy fascinada… Gracias. Magnífico artículo. Un saludo.

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