El poder de uno (II)

Stan Lee

Dos cervezas después, vuelvo a casa y busco algo a lo que pueda llamar cena. En ese momento, me entero de que Stan Lee ha muerto y recuerdo Barcelona.

Tardé demasiado en ir y me impresionó cómo la imaginación de un solo hombre, Antonio Gaudí, había modelado toda una ciudad y a sus habitantes. Había dejado una huella que perduraría para siempre, que influenciaría a incontables personas de maneras inesperadas y durante generaciones.

He ahí el poder de uno, que cualquier dios envidiaría.

Como crecí en un pueblo pequeño, los cómics que llegaban hasta allí eran escasos y con el paso perdido. Los llamábamos tebeos y recuerdo Black Spiderman y recuerdo Daredevil. Recuerdo también a Los Nuevos Vengadores de mi primo José Joaquín y que, muchos de ellos, se los quedó Perales.

Al ser tan pocos los ejemplares, los releía mucho y, la influencia que una sola persona, con apenas un lápiz y un papel a miles de kilómetros, puede ejercer en los demás es infinita.

Eso es el arte y, si no es algo a ser respetado y tomarse en serio, no sé qué puede serlo entonces.

Recuerdo también que el verano pasado fue Joan B. Lee, su mujer, la que falleció. Setenta años juntos.

Si eso no es algo a ser respetado también, tampoco sé qué puede serlo. Pensé entonces que Lee no tardaría en querer seguirla, suele ocurrir en los que llevan juntos tanto tiempo.

Sin embargo, imagino que pensó que seguía teniendo cosas que hacer a sus noventa y cinco años. Seguía movido por esa misma ansia de perdurar y tocar a todos los que pudiera antes de irse («uno más, sólo uno más»), dejándolos un poco mejor de los que estaban.

Si ese no es el único poder al que merece la pena aspirar, no sé cuál es.

Ahora ya descansa y millones le recuerdan.

Excelsior.

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