El poder de uno

Veo a tanta gente tan segura de lo que está haciendo… Y yo me acuerdo de Evan Tanner. Esta es otra historia extraña más, que no va a ningún lado, pero así son las mías.

Tanner se encerraba en una jaula con otro hombre y peleaban hasta que uno de los dos acababa inconsciente, sometido o el tiempo se consumía. Entonces la mano enguantada de uno se alzaba al cielo, indicando que esa noche, ese uno, fue el mejor de los que se encerraron ahí.

Y Tanner era bueno, durante un tiempo el mejor, campeón del mundo.

Evan Tanner creía, por encima de todo, en “el poder de uno”.

Lo decía siempre la camiseta con la que hacía su último paseo hasta la reja en la que sangraba: “I believe in the power of one”. Lo decía él en las entrevistas, con su hablar difuso, en el que no se le entendían muchas cosas, un tímido y un raro.

Eso era Tanner, un extraño, esa era la palabra que más usaban para definirle y tenía razón cuando creía en “el poder de uno”, porque existe, pero no de la manera que nos dicen.

Apostaría a que nadie que lea esto salvará nunca al mundo como lo hacen los héroes de las historias. Yo tampoco. Sin embargo quizá lo hemos salvado o condenado de otra forma más sutil y desconocida. Quizá ya hemos ejercido nuestro inmenso poder de uno, pero seguramente nunca lo sabremos.

Hace poco contaba la historia de Henry Tandey y me dejó pensando. Ella enseña lo mucho que influye el azar, pero no es lo único, también existe “el poder de uno” y esa historia muestra cómo suele manifestarse constantemente en la vida real. Tandey pudo, con sólo acariciar más fuerte su gatillo, cambiar la historia para siempre. No lo supo entonces y sólo lo averiguó después por pura casualidad. Lo más probable es que hubiera muerto, como casi todos, inconsciente de su “poder de uno” y lo que provocó.

La aleatoriedad y el caos son jugadores más poderosos que nosotros en esta partida, pero los menospreciamos, nos mentimos repitiéndonos que tenemos más control del que tenemos. Está bien, es humano, un mecanismo de defensa. “El poder de uno” existe y puede ser inmenso, pero no como lo cuentan las películas tontas o los libros de autoayuda, que te dicen que eres especial, porque les has pagado para eso y quieren que les compres algo más.

La vida es azar y complejidad, un solo acto puede tener consecuencias inimaginables, una ridícula acción hoy puede tener huella doscientos años después. Ese es el verdadero poder de uno.

Nunca sabremos realmente si algo es inocuo, si hemos puesto en marcha una cadena de eventos que nos encumbrarán, si lo que hoy es bueno también es la semilla de la ruina mañana. Puede que le cambies la vida a alguien que no conozcas y nunca lo sepas. Puede que dijeras algo, que un amigo lo repitiera a un desconocido, que otro lo oyera esperando en una cola, que quizá él lo repita y salve a uno en el momento justo, condenando de paso a otros.

Quisimos algún poder para el juego de la vida y nos concedieron el deseo, pero de la manera irónica de siempre, dándonos el poder, pero no el control.

Y a pesar de eso veo a mucha gente tan segura de lo que está haciendo, tan segura de motivos, acciones y razones, de cómo son las cosas y por qué. Pues las cosas de la vida son complejas y la mayoría de piezas ocultas. Pero muchos juzgan como bueno o malo, dicen que saben y además quieren guiar a otros, equivocando el mensaje del poder de uno, simplificándolo y echándole azúcar hasta que se convierte en otra cosa.

Evan Tanner estaba en lo cierto, hay poder en el uno, aunque imprevisible y paradójico.

También luchó toda su vida, dentro de una jaula y contra el alcoholismo y la depresión. Tras una serie de derrotas en la competición y la vida, se preparaba de nuevo para lo único que sabía, pelear y, quizá, volver a ser campeón.

Y una mañana se adentró con su motocicleta en el desierto de California y ya no volvió.

Algunos dicen que quiso medirse contra la naturaleza y ésta siempre gana porque pelea más sucio, porque no le importamos ni sabe lo que es la compasión, al contrario que el honorable Henry Tandey.

Otros dicen que simplemente marchó a buscar la muerte y la encontró, aunque él insistía en que no, en que sólo iba a pasarlo bien y que nadie se preocupara. Tenía treinta y siete años y la razón, porque creía en “el poder de uno”.

* * * * *

P.D.: “Muy poca gente recuerda a Evan Tanner. En este justo momento, seguramente sólo quien lee esto, pero así es el poder del uno. Alguien a quien Tanner nunca conoció ni imaginó, muchos años después, miles de kilómetros lejos, le recuerda por algo (y algún otro incluso escribe su historia). No es poco ese poder en el que creía, no negaré que aspiro a tenerlo en alguien”.

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