El poder del lenguaje

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Me obsesiona el lenguaje, la palabra perfecta, y esta es la casa de mis obsesiones.

Siempre me ha fascinado el enorme poder que tiene el lenguaje. ¿Poder para qué? Pues para todo.

El lenguaje y su uso pueden provocar la emoción adecuada y con la emoción adecuada puedes conseguir cualquier cosa.

El lenguaje es una de las herramientas más poderosas, y siempre he pensado que todo escritor debería estudiar cada faceta, al fin y al cabo es su instrumento y tendría que conocerlo por dentro y por fuera. Eso incluye su poder para evocar y, por extensión, persuadir.

Y no me estoy refiriendo aquí al aprendizaje de la escritura comercial, o copywriting, como se suele llamar ahora, usando el término en inglés.

Eso es como el parvulario del tema.

El lenguaje adquiere el mayor poder en todas sus vertientes cuando se envuelve en forma de historia, cuando se construye una narrativa. Desde los tiempos en los que nos sentábamos alrededor de la hoguera para espantar los miedos de la noche, estamos programados, en lo más hondo, para responder ante las historias.

Pero no ante todas.

Melanie C. Green es una de las estudiosas más activas del poder de la narrativa. Sus papeles académicos no son demasiado conocidos ni, a veces, de digestión fácil. Y es una pena, entre tanto vendemoto. Sus libros también son complicados de encontrar y resultan caros.

Y dentro de sus premisas (todas interesantes) ¿cuál es la principal tesis de Green que creo que cualquier escritor debería conocer?

Al contrario que muchos, ella no propugna que haya técnicas que, mágicamente, vayan a poder otorgar a tus narrativas el poder de la emoción y, por extensión, tener al otro en la palma de la mano.

Greene pone de manifiesto algo que todo buen escritor ya debería saber:

Una historia que consigue llevar al lector desde su realidad habitual al mundo imaginado, lo coloca también en un estado de susceptibilidad en el que es posible un cambio.

No son pocos los estudios, de hecho, que corroboran cómo leer un libro te altera la vida y que ese cambio, además, puede ser duradero.

Green utiliza el término «transporte» para definir al factor X que otorga poder a una historia.

Cuando la narrativa es capaz de transportar a quien la lee (o escucha o ve) entonces encierra un poder asombroso de cambio y persuasión a través de las emociones.

Pero claro, para producir ese transporte en el lector hace falta eso tan difuso que es escribir bien.

Todos hemos experimentado ese transporte alguna vez, ese quedarnos vacíos al terminar el viaje, ese que nos toquen donde otros nunca lo han hecho.

Ese es el poder al que aspira el escritor y se consigue de mil formas distintas, ninguna de ellas basada en métodos de unir los puntos para el dibujo, como los pasatiempos de crío que me compraban en la feria.

Es innegable que en el fondo de todo escritor se encuentra una búsqueda de poder, aunque algunos lo nieguen (a veces se le llama motivación implícita de poder socializada, y sí, la comparten todos los artistas).

Al menos, según Green sólo se puede obtener cuando generas ese fenómeno de transporte, imposible sin esa capacidad de escribir bien.

Así que supongo que queda el consuelo de que los escritores perezosos no van a poder beber mucho de esa fuente de poder, con historias repetidas que olvidas al instante.

También implica que puedes ser un capullo manipulador y poderoso, claro, pero al menos serás un capullo que escribirás bien. Rasgos que, por cierto, se combinan en muchos de los grandes.

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4 respuestas

  1. Me hace pensar como siempre… para mi, un escritor siempre debe tener una voz aguadardentosa (perdón no se si se escribe exactamente así) con la que atraer a los lectores… la tienen los grandes: “Mis amigos, el doctor y ….. me han pedido que relate todos los pormenores de los hechos que sucedieron en la isla del tesoro… entonces con mano temblorosa…” Estoy recordando de memoria, hace muchos años que no tomo de nuevo el libro, pero ese comienzo te hace hundir tu nariz en las páginas hasta el final. Bendiciones desde Argentina!

    • Al final es la voz, aguardentosa o no, la que acaba conquistando o ahuyentando. Por eso suelo insistir en que desarrollarla es lo más importante.

      Aunque eso sí, puede que cuando uno la descubra, no le guste. Lo más normal es odiar la voz propia al escucharla.

      Un saludo.

  2. “No son pocos los estudios, de hecho, que corroboran cómo leer un libro te altera la vida y que ese cambio, además, puede ser duradero”. Desconocía este dato que parece exagerado o increíble, pero me hace recordar que en uno de los talleres de escritura creativa a los que fui durante varios años, el profesor nos comentó que a una chica le impactó tanto leer “Cien años de soledad” que pasó de ser atea a creer en Dios porque le parecía sobrenatural que un ser humano pudiese crear una novela como esa. Nunca se me olvidará esta anécdota.

    Un saludo literario desde Oviedo.

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