El pozo y el tiempo

En unos días nace noviembre y cuando muera mi intención es poseer 50.000 palabras nuevas, coincidiendo con el Nanowrimo.

Acabo de (mal)terminar(?) la historia que más me costó escribir y mi voluntad es un pozo seco, porque este verano no he hecho más que calmar mi sed con su agua. Y en vez de dejar que se llene, volveré a echar el cubo y confiar en que, cuando tire de la cuerda, algo haya.

¿Por qué no parar aunque sea un poco? ¿Por qué de nuevo a la cueva? ¿Por qué mi alrededor habrá de sufrirme otra vez escribiendo?

Entre otras cosas porque el tiempo es mi obsesión. Si un conocido se sentara cerca a escuchar, interrumpiría matizando que es “una de mis obsesiones”. Es justo.

He aquí algo que nadie sabe y no se nos cuenta sobre el tiempo.

En el momento en que cumples veinte años has vivido la mitad de tu vida. Cuando llegas a los cuarenta, has consumido alrededor de un setenta por ciento de la misma. Y eso suponiendo que vivas unos ochenta años.

¿Digo locuras? A menudo, pero no ahora.

Esos son los cálculos que, en los años 70, realizó gente mucho más lista que yo (1), que se puso a cuantificar el fenómeno inevitable de que cuanto más mayor te haces, más rápido parece que pasa el tiempo.

Es algo que todos notamos, pero como mucho hacemos algún comentario fragmentado, con otros pacientes de la misma dolencia. No somos conscientes de lo enorme que en realidad es eso que pretendemos ignorar.

Este efecto tiene que ver con el tiempo percibido, no con el cronológico, que es el tiempo “objetivo” y “real“. Eso es cierto y además un mal consuelo, porque en la práctica no sirve de nada. Por si no nos habíamos fijado, a la realidad le importa bastante poco lo real.

La percepción es la realidad, en esto y en todo.

No somos robots con un cronómetro, así que no todos los segundos son iguales, porque no los vivimos iguales. Nuestra experiencia es siempre subjetiva, nunca conoceremos otra cosa que a ella, así que es lo único que acaba siendo real para nosotros.

Este engaño temporal, como muchos otros de todo tipo que me fascinan, viene con el hecho de ser humano y nadie se libra.

Ya ves, uno entra aquí sin saber qué esperar y sale sabiendo que es mucho más viejo de lo que cree, y que le queda mucho menos tiempo del que piensa.

De nada.

Cuando uno lo mira con ojos de ciencia, el tiempo es relativo y si miras un poco más resulta que ni siquiera existe. Supongo que obsesionarse por cosas que no existen es una buena definición de locura, pero esa no es la cuestión, la cuestión es que yo no sólo quiero saber sobre el tiempo, quiero saber cómo robarle el arma al engaño y clavársela.

Supongo que en realidad, lo que busco, como si fuera un personaje de H.G. Wells, es manipular ese tiempo (con una máquina o sin ella) o bien saber dónde está esa fuente en la que beber me hará vivir más que el resto.

Y como soy humano, también lo hago para ser rico, porque no he visto nada más valioso que el instante que va montado en el tic tac.

Ponce de León no encontró la fuente, yo no he encontrado ni siquiera el esqueleto de Ponce por el camino, pero algo (poco) he aprendido, algo con lo que obligar a los segundos a comportarse como segundos. Sólo sirve unas pocas veces y de manera muy breve, pero está bien, soy un pragmático, hasta que descubra el gran secreto es mejor esto que nada.

He aquí tres de esas cosas aprendidas, como casi todo lo que funciona, no se trata de epifanías espectaculares ni verdades absolutas, de ambas cosas huyo.

+ Párate un segundo y presta atención a lo que estés haciendo ahora, justo ahora. Deja de deambular como un extra en esta película de zombis que es la vida.

Me da igual que sea leer, pasear o sacar en el cajero. El tiempo es como un crío pequeño, se portará como debe sólo si le estás mirando.

+ Aprende cosas que hagan pensar. Pero de verdad, que desafíen, que no sean la primera respuesta fácil.

Esta regla de oro suele funcionar: cuanto más bonita la frase, más inútil es. Confundimos lo que es con lo que nos gustaría.

Algo que requiera asimilar información, que no sea lo que siempre oyes, que fuerce conexiones nuevas en el yermo de nuestra cabeza, tira de las riendas del tiempo.

Uno de los motivos por los cuales de crío las Navidades parecían siempre tan lejanas, era porque precisábamos aprender mucha información nueva, constantemente, sobre cómo funcionaba todo. ¿Después? Después nuestro entorno intenta borrarnos esa mala costumbre de pensar y hacer cosas diferentes. Ponemos el piloto automático y volamos montados en la rutina.

+ Y haz lo que sea que tengas que hacer, joder, porque queda menos tiempo del que parece.


(1) Esto hace referencia a los trabajos de Robert Lemlich acerca de la experiencia subjetiva del tiempo. Hay más información en libros como The velocity of honey de Jay Ingram (New York Basic Books, 2006)

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