El problema de las mermeladas

El problema de las mermeladas

Vivimos tan sobreestimulados y distraídos, que hacer algo se ha convertido en un acto heroico. Hacer algo que se salga fuera de la rutina, me refiero, que sea capaz de competir con el móvil y la tele y todas esas luces y estímulos, que pelean por deslumbrar a nuestro poderoso y pequeño cerebro de reptil.

Siempre recuerdo una historia sobre la venta de treinta mermeladas y la venta de siete mermeladas. Cuando se ofrecían las siete variedades mucha más gente compraba que cuando se ofrecían las treinta clases diferentes. Va contra lo que intuimos, porque creemos que queremos libertad, pero cuando tenemos toda la capacidad de decisión, la «paradoja de la elección» nos atiza con el bolso en la cabeza y nos deja inactivos.

«Parálisis por análisis, se llama eso», que decía un viejo profesor (no era viejo, pero debe serlo ya, a tenor de cuánto hace que terminé la carrera).

Cada día vivimos rodeados de mil mermeladas, que tiran de nosotros para todos lados y eso hace que no avancemos hacia ninguno. Es lo que hay, que muchas veces no es que estemos tan cansados que no podemos hacer nada, el motivo es que estamos tan distraídos y estimulados, que estamos paralizados por eso y no por el agotamiento. Pero interpretamos mal lo que nos pasa, igual que interpretamos que preferiríamos estar frente a treinta sabores distintos, porque entonces sí, entre todos esos seguro que encontramos el sabor de nuestra vida y seremos felices junto a él.

El trabajo, las obligaciones familiares, los hobbies y los sueños, que tendríamos que movernos un poco, que la nevera está otra vez vacía, que me gustaría tener algo de ocio y ahora resulta que otro algo se ha roto y hay que arreglarlo. Tantas decisiones, tan inanes la mayoría. Son problemas imbéciles del primer mundo que no nos matan al instante, pero sí lo van haciendo por dentro y poco a poco.

Y así el tiempo pasa, Navidad está ahí y hemos ido un poco hacia cada dirección, con lo que no hemos vuelto a llegar a ningún sitio reseñable. Lo reseñable cuesta mucho tiempo, mucho más del que pensamos, y además no sabemos si habrá alguna clase de recompensa allí, pero no deberíamos esperarla porque el ingrediente que falta y no controlamos es el de tener mucha, mucha suerte.

Deberíamos hacer lo que hagamos por el mero hecho de que está bien, de que no querríamos otra cosa aunque nuestra cuenta bancaria rebosara por el borde.

Escribir es una de esas cosas que se encuentra rodeada por todas esas mermeladas. Uno lo hace cada día, lo hace durante muchos años y cada dos por tres se pregunta: «Para qué». Entonces te recuerdan otra vez el párrafo anterior, lo de la recompensa interna y todo eso. Pero es que somos humanos y he ahí el problema, la ausencia de recompensa externa erosiona. Si el que hace algo es heroico, el que perservera ya no sé lo que es, héroe no, supongo que loco.

A fin de mes compruebas cómo la plaga de la langosta aterriza sobre la cuenta bancaria que no rebosa y te recuerda que esto es la vida real, no una novela. Y que así no vas a ningún lado, ya lo decía tu madre. Pero, ¿qué vas a hacer? La locura no sana y al otro lado de las vías, allá en la vida normal de los que trabajan (o no), crecen, cantan gol y se reproducen, tampoco es que haya nada interesante. Ahí sufres igual esa muerte lenta, ahogo por problemas no demasiado importantes. No hay nada peor para el ego que te venzan los problemas mediocres.

Así que sigues escribiendo y te cubres con las hojas cuando llueve y te agarras a lo bueno que pase. Montado en eso el tiempo que dure también sigues escribiendo, o haciendo lo que sea que te llene un poco ese cubo con un agujero que tienes dentro.

Imagen: Jim Champion

5 responses

  1. Otra entrada salpicada de grandes reflexiones y grandes frases. inlcuso alguna me hubiera gustado que fuera mía :p. enhorabuena. en otro orden de cosas, a veces tus entradas reafirman mis ganas de cagarme en dios 😀

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