El raíl del tren

Alguna vez, pocas porque no soy nadie, alguien me escribe y me pregunta que cómo hice para que me publicaran, que como hago para escribir cada día, que como esto o aquello relacionado con el arte de pasar hambre y ponerlo sobre un papel.

Y aunque escribí sobre algo de eso en «Cómo publicar cuando parece casi imposible publicar», en realidad no es una fórmula para nada, sólo mi elucubración de escaso valor porque si me preguntas cómo lo conseguí yo exactamente, resulta que no sé bien qué decir.

Desde luego, si soy honesto y trato de no cegarme creyendo que las pocas cosas que he conseguido han sido por mi gran pericia, la historia con la que puedo responder no es gran cosa.

La primera vez que me publicaron fue por algo tan prosaico como que enviaba relatos a todas partes (todos malos, la verdad) y, en un momento en que esto no estaba tan saturado, ni las editoriales eran solo dos gigantes y luego un montón de pequeñas que nacen y mueren cada poco tiempo, un editor de Madrid leyó (seguramente, por casualidad) un par de relatos míos. Me respondió y dijo que tenía sitio para ellos en un libro al lado de otros nombres mucho mejores que yo.

En definitiva, suerte y la seguridad de que en aquella mesa se quedaron relatos mejores.

Así que, si me preguntas de nuevo podría decir:

«Coge una máquina del tiempo y retrocede unos 12 años, manda a diestro y siniestro tus relatos y confía en la suerte».

Esa podría ser la fórmula honesta de mi primera vez, pero básicamente es decir que tires el dado y esperes que salga tu resultado. Eso es algo que, como táctica de vida y escritura, se me antoja poco sensata y, sobre todo, poco probable.

Cómo he conseguido otras cosas después de aquella en lo de publicar siempre ha seguido derroteros igual de anticlimáticos.

Mi última novela con editorial fue un fracaso. La fórmula en ese caso podría haber sido: participa en un crowfunding, falla estrepitosamente, recibe un email de alguien que en la editorial leyó el manuscrito y quiso arriesgarse, simplemente porque le gustó. Así que salió a pesar de no recaudar los fondos.

Así que, otra vez, diría que un cúmulo de casualidades tenían mi nombre igual que cientos de rechazos no lo han tenido.

Menudo gurú estoy hecho.

Todo se reduce a tropiezos y casualidades en las que, una de cada cien veces, caes de pie por carambola, en vez de partirte los dientes.

Reconocer que se es un pelele a merced de contextos y azares no suena como argumento para hacer un libro sobre cómo triunfar en la escritura, y ya sabemos que esos son los únicos que se venden, porque siempre habrá escritores con demasiados sueños en la recámara.

Así que, esas escasas veces que alguien apunta y dispara preguntas hacia mí, me callo esas historias por aquello de mantener un poco más la magia entre todos, y trato de responder lo único que he aprendido.

Con la escritura, hazlo lo mejor que puedas cada día, eso es lo único importante.

Significará sacrificar supuestas vacas sagradas como la de hacer caso a lo que digan los demás, no me importa que sean lectores cero, la moda, otros escritores (ciegos guiando ciegos, nueva acepción que añade la RAE este mes), estudios de mercado o tonterías similares que te dirán que necesitas y no es verdad.

Y una vez comprometido con lo anterior, inténtalo más veces.

Inténtalo mucho más de lo que lo intentarán los demás y, cuando veas que el 99% ya abandonó, que tampoco te importe, sigue sin parar e inténtalo de nuevo hasta que lo consigas, no te quede energía o haya dejado de importarte esa persecución agotadora de no sabes qué realmente.

Porque al final esto se parece más a la lotería que a una meritocracia, pero si tienes algo de mérito entre las manos no te decepcionarás a ti mismo. Eso y que, al fin y al cabo, la única manera de encontrarse con las casualidades que merecen la pena es jugar cerca de las vías para que te atropellen.

En la mayoría de ocasiones no será el tren de la fortuna, sino el mercancías del fracaso el que pasará por ahí, pero eso da igual.

Si se escribe por las razones correctas, y no por los estudios de mercado ni todas esas chorradas que nunca harán nada por ti, el fracaso no matará lo más importante, que es el amor por la escritura sin condiciones anexas (como esa fama, ja).

Dolerá, pero podrás levantarte, te sacudirás el polvo y, sobre todo, escribirás contento por el motivo correcto, que es la satisfacción propia del hecho de escribir. Y al terminar de hacerlo, quizá otro día volverás a caminar haciendo equilibrios por el raíl del tren.

Si quiere, se le avisa por email cuando haya contenido nuevo

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