El seppuku literario para escribir bien

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El texto de la semana pasada, firmado por Stanley Rogouski, ha sido uno de los más vistos y, por los comentarios y mensajes, ha tocado ahí donde muchos escritores sienten.

Pero no sólo eso, es un relato, por sí solo, capaz de tocar a cualquiera, escritor o no. Es, en definitiva, escribir bien, esa tarea sobre la que intento hablar a menudo, pero lo cierto es que no me sale nunca como quiero exactamente, porque es algo tan etéreo que, en cuanto intentas abarcarlo y encerrarlo en palabras, algo importante se queda siempre fuera.

Ese texto también es, probablemente (y creo que él lo sabe bien) una de las mejores cosas que escriba Stanley, si no la mejor. Y lo es, precisamente, porque ha cumplido con esa regla principal, la magistralmente expresada en esa carta de Scott Fitzgerald sobre la que insisto como un pesado sin remedio.

Rogouski se hizo el seppuku y lo que llevaba en las tripas quedó desparramado formando cosas grotescas y geniales. No lo hizo por una cuestión de pose o queja, sino de necesidad primaria más allá del desahogo, de modo que puedes ver que no salió impostado como en algunos, ni tampoco es el diario de queja de un adolescente como en otros.

Eso es lo que ocurre cuando uno se atreve a expresar lo que tiene dentro y se ha preocupado de mirar la vida y pensarla un poco. No es garantía de que conecte con nadie o llegue a nada, pero si lo hace, lo hace hasta el fondo.

También, cuando te atreves de esa manera, sucede un hecho curioso.

Esas cosas hondas suelen encontrar maneras de expresarse a la altura del coraje que hay que tener para ser capaz de decirlas.

Surgen conexiones y frases a la altura, cuya calidad luego no puedes repetir cuando creas una historia que carezca de esas vísceras y de ese coraje para expresar algo que tengas dentro, pase lo que pase y piensen lo que piensen.

Puedes apreciar con claridad ese hecho en el texto de Stanley que le da la vida y, personalmente, me parece que hay varios trozos, destellos, que me parecen geniales.

No hay fórmula, consejos ni técnicas que permitan prefabricar eso, salen sólo si hay un verdadero sentimiento detrás insuflando vida.

Eso es buena escritura, tan difícil de expresar, pero tan fácil de reconocer.

La buena escritura nace de ese lugar que a veces goza, muchas veces duele y resulta que es el hueco que todas las personas tienen desde el principio de los tiempos y nos preguntamos por qué.

Eso no significa que uno deba contar lo que le ha pasado y sólo eso. Debido a que somos unos cobardes, yo el primero, pocos podríamos contar más que una vida aburrida de trabajos iguales y comida de microondas. Eso significa que las historias que contamos, adopten la forma que adopten y el género que se quiera (si es que aún hay alguien que crea en esas cosas) estén animadas por esa emoción pura, por esas emociones viscerales que hay que conocer bien, porque tienes que haberlas vivido.

Cuando es así, a veces encuentran formas de expresarse tan elusivas como geniales, esas que envidiamos cuando estamos ante una buena escritura. Y he aquí lo curioso, el texto te coge y no te suelta y para ello, como Stanley demuestra, no necesita contar una historia espectacular, ni rocambolesca, ni llena de espías y sexo y griales y otros artificios que echas encima de la mediocridad, a ver si no se la ve debajo de tanto destello falso.

A veces no sale, claro, aunque la intención sea honesta y el seppuku duela. A veces es la misma mierda de siempre y en otras ocasiones sale un ejercicio egoísta y barroco que no se entiende.

No pasa nada, al día siguiente lo intentas otra vez, o podas lo artificial del día anterior y el lucimiento que te marcaste, para que se pueda ver esa esencia y le arranque algún destello al sol.

Eso es escribir bien y una vez más es imposible de transmitir o enseñar, pero con suerte algunos lo entienden.

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