El síndrome del impostor

El síndrome del impostor

Digo mucho eso de que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo, y es verdad. Antes me aterraba, ahora lo repito, me acostumbro, en alguna ocasión intento abrazarlo y a veces llevarlo como una bandera. A veces.

Sigo creyendo que no tengo ni idea: en lo que hago, en qué es todo esto, especialmente en lo que escribo y cómo. Un día creo que alguien va a entrar por la puerta y decirme que por fin me han pillado, que yo no escribía de verdad y es hora de dejárselo a los mejores, a esos que leo y me da rabia que sus páginas sean tan buenas y queden tan lejos de dónde estoy.

Pero he aquí que no estoy solo y que eso hasta tiene un nombre, el que da título a esto: ”el síndrome del impostor”. A principios de los 80 se analizó la prevalencia de este fenómeno y se descubrió algo francamente curioso. Se suele dar más entre los que están más preparados. Hasta un 70% de licenciados de prestigiosas escuelas de negocios lo presentaban cuando se les preguntaba por formación y trabajo y, objetivamente, pocos había mejor preparados que ellos. Igualmente, se ha estudiado que prevalece más entre aquellos que han llegado más alto y más lejos en sus carreras.

Supongo que todo viene cuando uno empieza por fin a saber un poco acerca de lo que está haciendo, sólo entonces empieza a reconocer también algo inquietante: todo la inmensidad que le queda todavía por aprender y también el hecho de que siempre habrá alguien mejor que él. Uno empieza a mirar todo lo que sabemos sobre las cosas, que ya es mucho, y la conclusión es que no tenemos ni idea de nada aún, que nos queda una inmensidad por recorrer.

Todo esto se puede resumir mirando desde el lado contrario, sólo los tontos ignoran lo tontos que son.

Un mes antes de su muerte, Albert Einstein confió esto a un amigo: ”la exagerada estima que se le tiene al trabajo que he hecho en mi vida me hace sentir muy inquieto. Me siento inclinado a pensar que en mí mismo como en un estafador involuntario”. Más cercana a las letras está la autora Maya Angelou, que en cierta ocasión dijo: “he escrito once libros, pero cada una de esas veces he pensado, uh oh, me van a pillar en esta ocasión, he engañado a todos y esta vez se van a dar cuenta”. Otros que son claramente maestros en lo suyo, como Neil Gaiman, Chuck Lorre, la actriz Emma Watson… han hablado claramente de esa sensación. Y muchos más, estoy seguro, la tienen aunque no la expresen.

Estar confuso y dudar es un signo de que, posiblemente, el camino que sigues no es el más incorrecto, que incluso estás aprendiendo un poco (sólo un poco) sobre lo que haces, que a lo mejor hasta te estás volviendo un poco bueno, signifique eso lo que signifique.

Sin embargo y como siempre, saber una cosa no suele servir de mucho como escudo. Con saber sobre ella no te libras de la inquietud del síndrome del impostor y envidias la bendita inconsciencia que tenías cuando ignorabas las cosas. Pero esa ya no vuelve.

13 responses

  1. ¡Muy buenas!

    Hace un año me hubiese visto identificado en tu artículo sin dudarlo. Mi mejor recuerdo del instituto es yo, dando clase de matemática a la hora del recreo a compañeros de clase. Ese tipo de comportamiento siempre hacía que me sintiese de algún modo culpable. Algo así como estar engañando al público. ¿Quién puñetas era yo para dar clase a nadie?

    Años más tarde lo comprendí: yo era un friki. En el mundo tiene que haber de todo. Pero seguí con el runrún de la culpabilidad hasta que vi un vídeo de TED Talks. No tengo ni idea de cuál, te prometo que lo he buscado 20 minutos para ponerlo aquí, pero en vez de eso he invertido el tiempo en ver más vídeos de TED Talks. Es algo así como una droga, y les odio a todos, pero les quiero al mismo tiempo.

    A lo que iba. En este vídeo que vi aparecía una mujer que se sentía culpable en la universidad, pensando que ella no tenía derecho a estar ahí, hasta que dio con una nueva filosofía de vida. Y era algo así como que todos somos actores, y que si quieres hacer algo, finge que lo hagas hasta que te conviertas en el personaje que interpretas, y lo hagas con naturalidad.

    Yo intento fingir ser el novio de alguna, pero se ve que no funciona de ese modo, y me miran raro. Pero donde sí funciona es en la escritura. De modo que de escritor con dudas a escritor con dudas, te diré: finge, tío.

    • ¿Es posible que fuera la charla de Amy Cuddy? (sí, ya ves, no eres el único que se da una vuelta por TED de vez en cuando y es un poco friki).

      Yo siempre he sido de ¿afrontar? las cosas intentando conocer todo lo posible sobre dicha cosa. Casi nunca funciona, pero es mi forma. En este caso, al final aprendes a hacer las paces con eso, a saber que está ahí y, a pesar de ello, escribes en su presencia. La del impostor, al menos en mi experiencia, no es una sensación constante, escribir es un camino de altibajos maníaco-depresivos y, en ocasiones, cuando paseas por los valles, te giras y ahí está. Y me parece bien que esté, he llegado a ese punto. Mientras no me inmovilice, a mí me vale, que haga lo que quiera.

      Y fingir, sí, no creas que no lo hago, en este mundo de Maya al fin y al cabo, la percepción y la realidad no se diferencian en nada.

  2. Fingir… “Se suele dar más entre los que están más preparados” …”el síndrome del impostor”…

    A mí por escrito se me da muy mal fingir. La sensación es natural que exista porque sentirse escritor sí que sería raro. No todos saben que lo son, no lo supieron tampoco todos los que lo fueron. De hecho, algunos murieron sin ser reconocidos como tal (póstumamente se reconoció su obra). Tu forma de escribir y todo cuanto escribes, por muy “de andar por casa” que a ti te parezca, está a la altura de lo que es (o debería ser) un escritor. Te lo digo yo, que no soy crítica literaria pero tengo un gusto inigualable para escoger mis lecturas… (¿…”más preparados” para qué…?)

    Gracias. Un saludo.

  3. Muy buena entrada. Como dijo alguien por ahí y cuyo nombre no recuerdo (¿o será que no quiero acordarme? XD), para ser un buen escritor hay que ser un buen mentiroso, y tal vez no aplique sólo para lo que escribimos sino como nos mostramos a los lectores.

    De igual forma estoy de acuerdo con lo que dices, resumido a que un verdadero sabio es aquel que está lleno de dudas. Igual y son molestas las dudas que tenemos sobre nosotros mismos, pero una buena forma de mejorar nuestro arte es la auto critica.

  4. Hola, Isaac. He de decir que es fácil identificarse con lo que has expuesto más arriba. De todos modos, me parece que esa inseguridad inherente en los artistas no es algo negativo. Sin incertidumbre, sin dudas y sin ser conscientes de que siempre se puede aprender una nueva lección, ¿cómo avanzaríamos hacia adelante? Creo que, en este caso, el trabajo de un escritor es el de buscar un equilibrio entre sus miedos y el mundo que lo rodea. Hagas lo que hagas, si sobrevives a ese tira y afloja, seguro que evolucionas en tu trabajo de forma positiva.

    • Efectivamente esa es la esencia del artículo, el síndrome del Impostor no es algo negativo, al contrario, es signo de estar avanzando, de hecho es un acicate para seguir avanzando.

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