El sonido de la máquina de escribir

Con la escritura de la continuación de Escribir bien que, probablemente, llevará el absolutamente nada original título de Escribir mejor, he tratado de analizar e incluir todo lo que, en mi experiencia, me ha permitido escribir más (la verdad es que no sé si mejor) cada día. Pienso que muchas cosas importantes son obviadas una y otra vez, y por eso el proyecto.

Ya he destruido el manuscrito una vez para reconstruirlo desde cero, y estoy a punto de hacerlo una segunda, pero la inducción al suicidio que produce la escritura no es el tema ahora.

El tema es que, aunque sea un poco, soy de los que cree que todo suma. Siendo la vida un juego de probabilidades, cogeré todo aquello que incline mi plato de la balanza, por poco que lo haga.

Curiosamente, una de las manías que me acompañan al escribir es la de algunos programas que imitan ese sonido familiar de la máquina de escribir que mis padres me obligaban a teclear de pequeño. En un futuro más incierto que nunca, sin duda la mecanografía iba a ser una habilidad indispensable, así que insistían en que me pusiera cada día con la Olivetti que había por casa.

Odiaba la dureza de aquella Lettera, pero amaba el sonido de sus teclas al estrellarse contra el papel y dejar grabados, sin posibilidad de corregir, todos mis errores sobre la página.

La eterna dicotomía de la escritura, ya desde enano.

Esos programas de los que hablo hacen que, al pulsar una tecla del ordenador suene un tac de máquina de escribir, como si estuviera de nuevo delante de aquel monstruo blanco y negro.

También he dicho alguna vez que uso teclados mecánicos cuando me es posible. Esos teclados también emiten un feedback auditivo al pulsar la tecla, un clic táctil y sonoro francamente disfrutable, al menos por los que tenemos toda clase de fetiches equivocados.

La cuestión es esta, en ambos casos, el sonido produce una especie de leve trance que, en lo personal, ayuda a inducir un estado de flujo. Durante bastante tiempo, lo achaqué a que de todo tiene que haber en la viña del señor y a que vivo una vida dedicada a placeres erróneos. Pero sucede que no, sucede que no soy especial.

Sucede que el feedback auditivo, como sospechaba una parte de mí, tiene un efecto tangible en la escritura.

Sucede que, cuando se produce ese feedback auditivo, se escribe más e incluso se escribe mejor.

Estudios como este demuestran que el feedback sonoro es más efectivo para adquirir velocidad y menor tasa de errores, que permiten escribir más en el mismo tiempo y que el frágil estado de flujo que queremos alcanzar no se rompa tan fácilmente.

No es el único feedback. El táctil también influye.

De hecho, está ampliamente demostrado de nuevo que un buen teclado disminuye los errores y la lentitud a la hora de pasar al papel lo que existe en la cabeza.

Es por eso que otro de mi fetiches, como el de los teclados mecánicos o no soportar horribles teclados (Apple, te miro a ti), ayuda también a escribir más y mejor.

Por una vez, mis obsesiones tenían razón. Y eso no es bueno, porque es mejor no dejarles margen, ya que tienden a devorarlo todo.

No obstante, es una cuestión de no perder el norte. Estas cosas, como la de escribir en la cama de la que hablé la semana pasada, se quedarán fuera de Escribir mejor y vivirán sólo aquí. Al fin y al cabo estamos hablando de guindas y un buen repostero sienta las bases de la tarta antes de ponerse con las guindas.

Por eso podemos pensar que son detalles agradables e incluso útiles, pero no fundamentales. En realidad, lo único que hace falta para escribir es el peor bolígrafo y un papel arrugado.

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One Comment

  • Alberto

    Hola, Isaac.

    No sabía esa curiosísima relación entre el sonido a la hora de teclear y el hecho de escribir más y mejor, qué sorprendente y qué enigmática continúa siendo la mente a pesar de todo lo que ya se sabe de ella.

    Por otro lado, nunca había leído u oído lo de «teclado mecánico».

    Un saludo literario y suerte desde Oviedo.

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