El tiempo de ser insoportable

Nochevieja en Sidney

Víspera de Nochevieja y víspera de mi cumpleaños (justo cuando el verano asoma por el este), dos épocas en las que barrunto y soy poco soportable, dos veces al año en que me asalta el pensamiento de “otro año más“. Al menos con el tiempo he aprendido a hacerlo en silencio, que me aburro hasta yo de oírme. Pero pienso.

Veo a mi alrededor que la gente aprovecha para hacer balance y comenta lo que ha aprendido. Por una vez me planteo hacer lo mismo que el resto, aunque la falta de costumbre me produce pereza.

Yo no puedo resumir todo lo que he aprendido este año, cada día son un montón de cosas. Esta mañana por ejemplo que los hombres preferimos mujeres más grandes cuando tenemos hambre y que, en la segunda guerra mundial, los soldados americanos negros tenían que ponerse, en los conciertos, detrás de los prisioneros de guerra nazi.

Bienvenidos a mi mundo, al fondo a la izquierda hay chocolate.

Creo que a las personas nos definen más las cosas que aún no hemos aprendido y no soy quien para dar lecciones de vida, la verdad. Confieso que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Soy un crío en el suelo con un Lego, mil piezas esparcidas y un constante gesto confuso, mientras encaja lo que puede como cree.

Como mucho, como en este año, a veces me doy cuenta de cosas inconexas y confusas como estas.

Sobreestimamos nuestro protagonismo en nuestras vidas.

Creemos que tenemos mucho más control y mérito sobre nuestras vidas del que tenemos realmente.

Yo he sido pecador sin remedio en esto, pero supongo que lo que avanzas en la vida no se mide en años, sino en la vergüenza al recordar lo que decías en el pasado.

El efecto de esta creencia falsa aumenta en las épocas en las que nos va bien, la felicidad cría arrogantes y atribuimos los buenos tiempos a méritos propios.

Se llama “prejuicio cognitivo del superviviente” y hoy no me apetece enrollarme con temas que sólo me interesan a mí, pero significa que cuando va bien lo achacamos a lo buenos que somos y los méritos hechos, mientas que cuando va mal acusamos a las circunstancias externas. Todos los hacemos, pero cuando se mira con ojos más objetivos resulta que nunca es lo uno ni lo otro, conectando con lo siguiente.

El azar cuenta mucho más de lo que pensamos.

Creemos que somos el actor principal de nuestras vidas, pero la aleatoriedad es la estrella invitada. Tarde o temprano llega la hora de dejar de tener quince años y abandonar la noción de que todo tiene un motivo o que somos seres especiales.

Todo es más frágil de lo que parece.

Un día nos vamos a levantar sin eso que hoy tenemos. ¿A qué me refiero con eso? A cualquier cosa. A la gente a nuestro lado, la suerte, el trabajo, la memoria, la salud, la vida… Lo que sea. Y muchas veces sucede sin avisar y de repente.

No podemos dejar de ser humanos.

Puedo renegar (lo hago mucho), puedo decir que “yo no esto” o “yo no lo otro“, pero somos humanos, todos bastante iguales. Sin otros nos marchitamos, sin atención nos frustramos, toda la vida querremos cosas. De hecho toda la vida creeremos que nos falta conseguir o comprar algo más para ser felices (o lo que quiera que deseemos ser).

No es así, pero bueno, ser humano sigue siendo mejor que la alternativa, aunque sólo sea porque desconozco cuál es la alternativa.

Y no sé qué más decir sobre 2013.

Quizá que este año escribí sin parar a la luz de un largo verano que acabó hace dos días.

Que este año colgué mis guantes, pero seguramente el próximo los recoja, porque 2013 no me trajo sentido común.

Que este año se fueron lejos un puñado de amigos.

Que este año cosas se cayeron, piezas del Lego que formaban algo bueno e imposible. Aún las veo ahí, y dudo.

Que este año lo empecé igual que empezaré el próximo y el otro. Igual que lo hice los diez años anteriores.

Que este año me gustó esta canción entre muchas otras.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *