La naranja mecánica

El tumor cerebral y los cinco libros

El otro día, me sacudía la camiseta llena de migas porque soy un patoso comiendo y su dibujo me recordó la historia de Anthony Burgess, autor de La naranja mecánica. Fue al médico un día cualquiera y se volvió con un diagnóstico: tumor cerebral, un año de vida, gracias por su visita.

Lo primero que le preocupó a Burgess fue su mujer, dejarle algo de dinero para ayudarla a vivir cuando él ya no estuviera. Y decidió que el mejor método para ello era ponerse a escribir. Sin duda Burgess vivió otro tiempo que no es éste.

Así que durante su último año de vida, Anthony escribió cinco libros y al final de ese año se encontró con que no tenía tumor alguno y con que se había convertido en algo quizá peor que lo que era un año antes: un escritor profesional. El primero, de hecho, que creó un lenguaje ficticio para ser usado en una película.

La cuestión es, sin ese diagnóstico equivocado, no se le hubiera encendido un fuego en el asiento y la historia de Burgess sería muy diferente y seguramente anónima. No es la primera vez que hablo de que, a menos que tengamos una pistola apuntándonos a la cabeza, no hacemos lo que tenemos que hacer. Somos humanos, somos así y nos podemos contar todas las mentiras que queramos, pero nos pasamos la vida buscando más tiempo para perderlo y más libertad de decisión para no tener que tomar ninguna.

Kierkegaard (le voy a dar un toque culto a este sitio y un guiño a Faemino y Cansado) dice en su obra Lo uno y lo otro.

«Uno se cansa de vivir en el campo y se va a la ciudad; se cansa de su tierra natal y se marcha lejos; se cansa de Europa y se va a América, etc. Uno se entrega a la esperanza fanática de un viaje sin fin, de estrella en estrella».

Pero sucede que esos viajes no terminan nunca y, además, son circulares, así que Kierkegaard ya resumió hace mucho la clave de todo.

«Cuanto más se limita una persona, más ingeniosa se vuelve».

La cuestión no es sólo que las restricciones te obligan a hacer lo que tienes que hacer de una vez, es que encima puedes hacerlas mejor. La cuestión es que en vez de esperar a que el tiempo o un diagnóstico te pongan esa pistola en la cabeza, soy un abogado de jugar a la ruleta rusa con un tambor de seis balas, y colocarte en las situaciones en las que no tengas más remedio que hacer lo que has de hacer. Me he acostumbrado a eso para terminar cosas, me resulta menos cansado que cultivar mi fuerza de voluntad.

Me pongo plazos imposibles o me meto en líos con plazos externos, y también me hago promesas a mí mismo. Desde crío leí sobre caballeros, sobre Tirant Lo Blanc que es muy de aquí y sobre el gabacho Bayard. Eran hombres que se guiaban por el honor, por cumplir lo que decían, y yo que era un crío muy crédulo, me tragué la patraña hasta la empuñadura. Pero al menos, eso que me hace parecer tonto muchas veces, me sirve también para escribir más y hacer lo que tengo que hacer.

La cuestión es que, lejos de buscar la libertad, si tengo que hacer algo, busco esas restricciones, porque son lo que mejor me funciona para terminar cosas. No necesito un tumor, gracias, ya me enciendo yo la hoguera bajo la silla de otras maneras y noto el calorcito mientras tecleo. Colocarme en situaciones en las que no tengo más remedio que hacer las cosas o sufrir vergüenza es mi especialidad, y lo cierto es que funciona.

No sé si saben cómo se hizo rico Bill Gates. A comienzos de los años ochenta, él, Paul Allen y Steve Ballmer, eran nadie, y Gates se reunió con la todopoderosa (por entonces) IBM. IBM creía que el futuro de la informática era el hardware, Gates pensaba que era el software. Bill tuvo razón, pero esa no es la cuestión, la cuestión es que Gates le dijo que le licenciaba su sistema operativo para que fuera dentro de los PC’s de IBM, con términos ventajosos, pero manteniendo el software como propiedad de Microsoft. IBM aceptó, pensando que estaban ante unos pardillos con pinta de empollones y que por cuatro duros ya tenían lo que querían.

No se dieron cuenta de que en unos años los ordenadores de IBM serían clonados y, clones o no, necesitarían el software de Microsoft, ya extendido gracias a IBM. Pero esa tampoco es la cuestión verdadera. El meollo es que cuando salieron de la reunión con la promesa de que le entregarían el sistema operativo, Microsoft no tenía absolutamente nada. Habían cerrado el trato que les cambió la vida, y era falso.

Con la hoguera que se habían encendido bajo el asiento, Gates y compañía no pararon hasta encontrar y comprar un sistema operativo: el 86-DOS. Les costó 25.000 dólares, lo modificaron para las especificaciones de IBM y así nació el MS-DOS y el dominio informático de Microsoft.

Ahora, es importante no dejarse llevar por estas anécdotas al filo del precipicio que salen bien y son tan atrayentes, porque la historia la escriben los victoriosos, y de los miles de perdedores a los que les salió mal, nadie habla y parece que no existen. El fuego es un enemigo incontrolable y como enciendas muchas hogueras te vas a quemar, así que supongo que al final uno tiene que vivir entre la decisión de arder de vez en cuando (porque las cosas salen mal en el mundo real) o no hacer prácticamente nada.

Si quieres, te aviso por email cuando haya contenido nuevo.

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