El único libro que he releído

El guardian entre el centeno

Yo, que nunca releo, tengo mi excepción en El guardián entre el centeno. Es una regla que es muy probable que rompa pronto, pero él siempre será el primero. Durante al menos tres veranos de crío me recuerdo con el libro en la mano, una vieja edición de bolsillo de Alianza Editorial con portada blanca y título en gris, imitando lápiz. Estoy tirado en el suelo que es más fresco que el sofá, sobre una manta que servía para cubrir el asiento del pasajero en un 127 rojo.

El guardián entre el centeno era una lectura obligada en el instituto de mi hermano mayor y yo lo cogí porque, en aquellas tardes largas hasta que bajaba el sol, te entretenías con cualquier cosa y aquel libro ejerció una enorme fascinación en mí. Recuerdo, sobre todo, que no eran páginas en las que ocurrieran grandes aventuras como en mis otras lecturas de entonces. Sin embargo, por alguna razón, por la prosa y lo que (apenas) ocurría, me costaba dejarlo. Eso y el nombre del protagonista, que siempre he tenido algo de fetiche con los nombres. Holden Caulfield pasó a ser mi nombre favorito.

A palos lo recibieron

La historia que narra El guardián entre el centeno suele ser bastante conocida, así que no me entretendré con eso. El libro es considerado universalmente un clásico y a menudo me hace pensar sobre cómo llega un libro a hacerse un clásico intocable. Obviamente un factor es el paso tiempo, pues aunque un libro sea muy bueno, si es contemporáneo, casi nadie lo tildará de obra maestra aunque lo sea. Curiosamente, y como muchos otros clásicos intemporales, Salinger obtuvo muy malas críticas cuando publicó la obra.

En una generación que se jactaba de ser la mejor tras la Segunda Guerra Mundial, aquel era un libro de lenguaje «vulgar», con sus tacos y su malsonancia, pero además era: «decepcionante, demasiado largo, repelente, monótono y farsante, predecible, aburrido…» y así hasta encontrar todos los adjetivos negativos, pero nunca vulgares, que los críticos del momento pudieran arrojarle al libro.

Y tras todos esos epítetos, la gente ignoró a la crítica. Se han vendido 65 millones de ejemplares y hoy nadie se atreve a lanzarle piedras. Qué hace clásico a un libro es algo que daría para un artículo largo, polémico y con tantos desacuerdos que mejor ni intentarlo. Pero otra de las cosas que conocí, muchos años después de que fuera el único libro que he releído, es que no estaba solo en la fascinación que ejerció sobre mí.

La biblia de los asesinos

John Lennon era un genio inigualable y también un maltratador de su familia y en general bastante insoportable con los demás. Además de eso se ha convertido en un expendedor de frases azucaradas que chirrían al que se moleste en conocer un poco sobre él, dado que lo que proclamaba en ellas y lo que hacía en su vida estaban separados por un mundo de diferencia.

No obstante no se merecía por eso que Mark David Chapman le disparara cinco veces a la salida de su edificio de apartamentos en Nueva York. Mark dijo que El guardián entre el centeno le inspiró a hacerlo y, al parecer, después de su acto homicida sacó el libro y se puso a leerlo a pocos metros de allí. A pesar de todas las relecturas, no recuerdo la parte en la que Caulfield vacía a bocajarro un tambor de balas a una persona que admira, pero al parecer, según Chapman, no quería que Lennon perdiera la inocencia y mejor que muriera puro. En los mundos de Chapman, con cuarenta añazos uno no ha sido todavía corrompido por la pubertad, al parecer.

Robert John Bardo compartía aficiones similares a las de Chapman, era un acosador de estrellas de cine y al final asesinó a Rebecca Schaeffer en 1989, mientras llevaba consigo una copia del mismo libro y, como no hay dos sin tres, John Hinckley tenía otra cuando intentó matar a Ronald Reagan.

Al parecer otros asesinos de gente menos famosa también parecían seguidores del único libro que he releído y así se ha reflejado como factor en investigaciones cuya seriedad queda en un obvio segundo plano con tal de añadir carnaza.

No faltan los que alegan que El guardián entre el centeno ejerce una malévola influencia y otros que es una especie de instrumento de control de la CIA.

Sí, así estamos y ese es el nivel de las leyendas urbanas.

Nunca supe esas historias tras la historia de El guardián entre el centeno hasta mucho después de la última vez que leí el libro. Me parecieron curiosas y por supuesto completamente absurdas en cuanto a que el libro tuviera una relación que, dado un trastorno preexistente, podría haber venido motivada por cualquier otra cosa.

Aunque bueno, la cuestión final es que El guardián entre el centeno es el único libro que he releído (por ahora) y me lo traje conmigo desde la casa de mis padres y desde aquí veo el lomo en la estantería. Y me susurra cosas.

9 responses

  1. Es que yo tengo una memoria pésima para recordar cosas, cuando no selectiva… De veras. Hay libros que recuerdo bien y anécdotas que no tengo constancia de haber vivido aunque pasaran (y a la inversa). Esto es frecuente en mí. Te puedo decir los nombres, los pasajes, incluso algunas frases o pensamientos que recuerdo haber leído de algunos libros, pero a la vez hay otros que no recuerdo y me ha tocado releer u hojear porque no estaba segura de lo que iban o de quién o quiénes eran sus protagonistas. Los libros que calan hondo en uno son pocos, el resto, si te interesan, los relees (al meno yo, lo hago). Me ha gustado mucho el artículo, sobre todo porque éste de Salinger le recuerdo bastante bien y te diré el porqué: tenía catorce años y me acababa de leer el de “No amarás a un extraño” de Harold Robbins (sí, de veras) y un amigo me regaló el de Salinger para demostrarme que el que yo había leído era una auténtica mierda (A mí me gustaron los dos, y aún me gustan…) Gracias. Un saludo.

    • “Un amigo me regaló el de Salinger para demostrarme que el que yo había leído era una auténtica mierda”.

      Me parece bien el motivo, un regalo es un regalo. Hay que cogerlo.

  2. Libro que se merece, a mi entender, ser releido. A diferencia de tí, releo constantemente, como si así me reencontrara con viejos amigos, como si dijese: Eh, a ver como les va. A pesar de ello, o por ello, me siento culpable de invertir mi tiempo (lo único valioso que tengo) en viejas relaciones en vez de descubrir otras nuevas y enriquecedoras.

    • Sí que merece una relectura y varias, sí.

      A veces más valen brazos conocidos en los que refugiarse, es posible que dentro de poco vuelva a releer algo que no sea el guardián.

  3. Yo tampoco releo libros, así que si este los has releído tú (que, al parecer, eres como yo en ese aspecto), quizá merezca que le de una oportunidad. Pero de momento estoy con Hemingway, ya sabes 😉 Biquiños!

  4. La verdad es que leí El guardián entre el centeno en una tarde de segundo de bachillerato y me pasó sin pena ni gloria, aunque no niego que a mucha gente le marcó una etapa. Además,quería comentar que me da pereza releer libros por los muchos que aun me quedan por leer.

  5. Este post me ha sorprendido porque, a parte que desconocía esas historias con El guardián en el centeno, esperaría de ti que hubieses releído toda la obra de Hemingway un par de veces. Yo no puedo evitar releer continuamente a mis escritoras y escritores favoritos. Reconozco que debo leer menos variado que otra gente, pero es una decisión consciente y la disfruto muchísimo.

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