En defensa de que no pase nada

que no pase nada

No entro demasiado a Twitter, y menos aún a Instagram. Cuando lo hago, es apenas unos minutos, en los que echo un vistazo y me voy, casi siempre sin haber obtenido algo a cambio del tiempo.

Sigo a cuentas, sobre todo, que tienen un carácter literario o bibliófilo y, hace unos días, pasaron casi a la vez dos comentarios al respecto de las: «Novelas aburridas y pretenciosas en las que no pasa nada».

Con ese ataque trataban de defender literatura de género, porque consideraban que era ninguneada por esa «literatura seria», mirada por encima del hombro como algo menor.

Y ese era el construido argumento, que no ocurría nada en esos libros con pretensiones y, por tanto, eran aburridos.

Pero que no veas que pase algo, no significa que no pase. Al contrario.

Al hilo del último libro en mi mesilla, Los restos del día, uno puede calificar a esa novela como la diana perfecta para ese dardo infantil. La historia de un mayordomo, la campiña inglesa, su viaje, recuerdos del padre y momentos de tensión tan críticos como un tenedor que no está impecable.

Me fascina cuando alguien dice que en esas obras no pasa nada.

Claro que pasa, por debajo, por donde corre lo importante. Y es que eso importante suele ser lo que no se ve, igual que muchas veces es lo que no se dice.

Uno alcanza la maestría cuando es capaz de contar una historia, cualquier historia, y hacer sentir con ella.

En el fondo, como dijo Vonnegut:

«Toda gran literatura va sobre el bajón que supone ser humano».

Va sobre lo que llevamos dentro y nos remueve, lo que nos rompe, lo que nos repara un poco para volvernos a romper. Va sobre la pérdida y ese puñado de momentos de victoria que esperamos que merezcan la pena.

Va sobre la alegría y la complejidad de este juego extraño, jodido y maravilloso que es la vida.

Va de tratar de comprender un poco sin conseguirlo.

Va de lo importante, que no tiene que ver con explosiones o clichés, con la misma estructura de siempre, planteando juegos de acertijos simples. Porque si debajo de ellos no hay nada, lo que se escriba será algo que se olvidará tan rápido como se consumió.

Todas esas explosiones, persecuciones, asesinatos de gente que no sé por qué me deben de importar… Todos esos trucos de mírame y no te despistes que quieren distraer del hecho de que, en realidad, debajo no hay sustancia que haga honor a su nombre y sostenga nada.

Y lo peor es que, cada dos por tres, veo que se incentiva a seguir todavía más por ese camino, pues ya se sabe, has de competir contra móvil, Netflix, videojuegos y superhéroes. «La literatura ha cambiado».

Me parto.

Que ganes la atención con un truco no significa nada. Dejar ese hueco de las grandes obras cuando acabas de leer, eso sí es la victoria.

Hace poco vi la serie La maldición de House Hill. Luego he visto un montón de artículos intentando analizar el éxito y por qué es tan buena, especialmente «cuando se trata de una serie de terror».

No hace falta un artículo y no entiendo esa tontería de los géneros, un libro es bueno o no, da igual la maldita etiqueta.

Y cualquiera que haya visto la serie de la que hablo puede ver que deja impronta porque el terror es un mero escenario y una herramienta para contar lo importante: una historia de personas, con las que conectamos porque tienen tres dimensiones y se parecen y nos reflejamos y tienen miedos parecidos y el terror puede estar dentro de nosotros.

El éxito es que va de relaciones familiares, de soportar el dolor, de intentar aprender a superarlo, a cerrar cicatrices si se puede, a ser golpeados cuando no.

Va de personas y no de monstruos. Va de lo que hay dentro y muestra que, cuando la superficie y el fondo están presentes, se crea algo que perdura.

Cualquier género, cualquier historia que aspire a que no se olvide, debe tener esa esencia por debajo sustentándola. La de las grandes obras, la de la cita de Vonnegut, la de todos esos libros imperecederos «en los que no pasa nada».

En los que no pasa nada… En fin.

Lo contrario es fuego de artificio, puro mírame para olvidarme en cuanto dejes de hacerlo. De eso ya hablé en su día, hoy tocaba romper una lanza por el no «pasa nada».

Pero bueno, que para quien no ve, desde luego no ocurre.

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8 respuestas

    • Grandísima verdad.

      Es que esa es la cuestión, no entiendo cómo pretendes conseguir que algo parezca bueno diciendo que otra cosa te parece mala.

      Me recuerda a los políticos que justifican algo malo que han hecho diciendo que lo que hicieron otros era peor.

      No entiendo esas líneas de razonamiento, que en realidad no razonan nada.

  1. A mi también me sucede que uso poco y nada en mis redes sociales, y luego me salgo al ratito…
    Que? Tienes Instagram?
    Gran artículo, como siempre me gusta mucho leerte!! Saludos 🙂

    • Las redes sociales son un buen invento sólo en teoría y en situaciones muy concretas, como desastres y sucesos. El resto del tiempo son el mal, o lo convertimos en eso.

      En cuanto a Instagram, la definición correcta es que tengo una cuenta que no actualizo.

      Gracias a ti, un saludo.

  2. Uno de los mejores artículos de la serie que has iniciado. Felicidades por la iniciativa. Creo que estás logrando un nivel muy bueno de lucidez. Espero que te sirva para ir apuntando detalles de una próxima publicación en la que no pase nada.
    Saludos.

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