Era bueno estar vivo en el lugar en el que crecen álamos

George Orwell

El legendario escritor y periodista George Orwell (1984, Rebelión en la granja…) participó en la Guerra Civil Española, acudiendo con las Brigadas Internacionales. En George Orwell: una vida, él mismo cuenta la experiencia de ser alcanzado por la bala de un francotirador.

Una experiencia que merece la pena narrar con sus palabras. He aquí una traducción del pasaje en el que la relata, el cual resulta francamente interesante. Lo encontré no hace mucho aquí (enlace en inglés) pero no recuerdo muy bien a través de qué web (lo siento).

No soy traductor ni mucho menos, pero he procurado plasmar lo que se decía con los posibles errores de quien no es experto.

“Había estado diez días en el frente cuando ocurrió. La experiencia de ser impactado por una bala es muy interesante y pienso que merece la pena describirla con detalle.

Fue en la esquina de un parapeto, a las cinco en punto de la mañana. Esta era siempre una hora peligrosa, porque teníamos el amanecer a nuestras espaldas, y si sacabas la cabeza por encima del parapeto su silueta se delineaba perfectamente contra el cielo. Estaba hablando con los centinelas que se preparaban para un cambio de guardia. De repente, a mitad de decir algo, sentí es muy difícil describir lo que sentí, aunque lo recuerdo con la mayor de las vivezas.

Por decirlo de alguna manera fue como la sensación de estar en el centro de una explosión. Pareció haber un sonoro bang y un flash cegador de luz alrededor mío, y caí en un tremendo shock – sin dolor, sólo un violento shock, como el que obtienes de una terminal eléctrica; con él una sensación de debilidad absoluta, un sentimiento de ser golpeado y blanqueado hasta la nada. Los sacos de arena enfrente de mí retrocedieron a una inmensa distancia. Me imagino que es sentir lo mismo que si te cayera un rayo. Supe inmediatamente que me habían dado, pero por el ruido y la luz pensé que fue un rifle cercano que se había caído accidentalmente y se había disparado. Todo ocurrió en un espacio de tiempo mucho menor que un segundo. Al momento siguiente mis rodillas cedieron y estaba cayendo, mi cabeza golpeando el suelo con un violento choque que, para mi alivio, no dolió. Tenía una sensación de indiferencia y sorpresa, una conciencia de estar malherido, pero sin dolor en el sentido ordinario.

El centinela americano con el que hablaba dijo: ¡Hey! ¡Estás herido! La gente se arremolinó alrededor. Hubo el revuelo habitual – ¡Levantádle! ¿Dónde le han dado? ¡Abridle la camisa! etc. etc. El americano pidió un cuchillo para cortar mi camisa, Sabía que había uno en mi bolsillo e intenté cogerlo pero descubrí que mi brazo derecho estaba paralizado. No teniendo dolor, sentí una vaga satisfacción. Esto debería satisfacer a mi esposa, pensé; ella siempre me quiso herido, lo que me salvaría de ser muerto cuando la gran batalla viniera. Fue entonces que se me ocurrió preguntarme dónde estaría herido y cómo de grave. No podía sentir nada, pero era consciente de que la bala me había impactado en algún lugar del cuerpo por delante.

Cuando intenté hablar descubrí que no tenía voz, sólo un débil gritito, pero al segundo intento conseguí preguntar dónde había sido herido. En la garganta dijeron, Harry Webb, nuestro camillero, había traído una venda y una de las pequeñas botellas que nos daban con las vendas de emergencia para disparos. Conforme me levantaron un montón de sangré salió de mi boca. Sentí el alcohol, que de normal escocería como el demonio, caer en la herida con un agradable frescor. Me tumbaron de nuevo mientras alguien traía una camilla.

Tan pronto supe que la bala había cruzado limpia mi cuello, pensé que estaba acabado. Nunca había oído de hombre o animal que sobreviviera a una bala que le atravesara el cuello. La sangre se derramaba por una comisura de mi boca. “La arteria está destrozada”, pensé. Me pregunté cuánto duras cuando tienes la carótida cortada. No muchos minutos presumiblemente. Todo estaba muy borroso.

Debieron pasar unos dos minutos en los cuales asumí que me habían matado. Y eso fue también interesante –quiero decir, es interesante conocer cuáles serían tus pensamientos en ese momento. Mi primer pensamiento, bastante convencional, fue para mi esposa. Mi segundo fue un violento resentimiento de tener que dejar este mundo que, cuando todo está dicho y hecho, encaja conmigo bastante bien. Era hora de sentir eso vívidamente. La mala suerte me enfureció. ¡La ausencia de sentido en todo eso! Caer, no en la batalla, sino en una esquina perdida de las trincheras, ¡por el descuido de un momento! Pensé, también, en el hombre que me había disparado –Me pregunté cómo sería, si sería español o extranjero, si sabía que me había dado y todo eso. No tuve ningún resentimiento hacia él. Reflexioné que siendo un fascista yo lo habría matado si hubiera podido, pero si hubiera sido hecho prisionero en ese momento y traído ante mí, simplemente le hubiera felicitado por su buena puntería. Puede ser, en cambio, que si de verdad te estuvieras muriendo tus pensamientos fueran bastante diferentes.

Me acababan de poner en la camilla cuando mi brazo paralizado volvió a la vida y empezó a doler como un maldito. Imaginé que me lo debía haber roto en la caída; pero el dolor me dio confianza, porque sabía que las sensaciones no se vuelven más agudas cuando uno se está muriendo. Comencé a sentirme más normal y a compadecerme de los cuatro pobres diablos que sudaban y andaban a tumbos con la camilla a hombros. Había milla y media hasta la ambulancia, un mal viaje por una vía resbaladiza y con escombros. Supe qué esfuerzo era ese, ayudando a cargar un herido uno o dos días antes. Las hojas de álamo plateado que, a veces, poníamos en las camillas me rozaban el rostro. Pensé que era una buena cosa estar vivo en un mundo donde crecen álamos plateados. Pero con todo el dolor de mi brazo era diabólico, haciéndome jurar y luego intentando no jurar, porque cada vez que respiraba demasiado fuerte, sangre emergía de mi boca.

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