esos dias

Esos días

Sí, yo también despierto a esos días, tan lejanos de los amaneceres invencibles, en los que quieres dejarlo todo de una vez, en los que quieres perseguir tu sueño una vez más, pero sólo para matarlo cuando lo alcances y descansar por fin.

Si dejara la escritura… Todos esos momentos dedicados, demasiados para cualquier persona cuerda, los podría emplear en otras cosas como, no sé, quizá tener una vida, ver más sitios, a más personas. Por un segundo suena bien dejar de caminar con un cierto peso.

Esos días imaginas que, en el enorme hueco que dejará la escritura, quizá pueda crecer algo más agradecido o, al menos, que no exija semejante tributo. Algo fácil, algo quizá que dé dinero, algo que te saque de tu cabeza, en vez de condenarte a perpetua en ella.

Eres una persona esos días, no un escritor, y te preguntas: ¿Para qué todo esto?

Ayer mismo escuchaba una charla de George R.R. Martin y Stephen King. En ella descubrí que puedo no ser bueno, pero al menos no estoy solo en esos días en que boqueas apenas por encima del agua brava y no encuentras tu tabla, ni la que monta las olas ni la de salvación.

Esos días pueden venir como este, con un amanecer rojo y hermoso por el Mediterráneo, un regalo y una muestra de que lo importante está al otro lado del cristal, de que, por fortuna, el mundo no depende (y no le importa) que se te desmoronen todas las ganas de escribir.

Cuando viene ese terrible momento de debilidad, al menos sé qué hacer: nada en absoluto, porque muchas veces la solución es no hacer nada. Dejas que ocurra, que suene el tic tac, que amanezca de nuevo a ver si lo hace por el lado contrario de la cama. Es algo que me costó aprender pero la nada viene al rescate trayendo de la mano una obviedad: «Todo pasa, también esta sensación».

Es verdad, nada es tan importante, especialmente los casi quinientos cuentos malos y el puñado de novelas insufribles que se quedarán olvidadas en un cajón. 

Hace un tiempo, un amigo envió una foto de algo que había encontrado a los pies de un contenedor de reciclaje. Se trataba de una libreta escrita con letra pulcra, un poco temblorosa.

«Me llamo José Martínez, tengo 83 años, escribo esto para que mis nietos conozcan a su abuelo y mis hijos a su padre».

La historia de una vida a lo largo de páginas y páginas, a los pies de un contenedor. He ahí el final destripado de la gran mayoría que escribe, no importa que ese comienzo fuera magnífico.

Los tiempos cambian. Sin hijos o nietos que me conozcan, todo lo escrito quedará perdido en un disco duro, en una cuenta en la nube que acabará borrada por inactividad y sin ceremonia.

Esos días te susurran que por qué no darles tú el final que de todos modos van a tener. Entonces recuerdas un pedazo de esa historia atragantada casi cuatro años entre los dedos, ese trozo inspirado en hechos reales que escribiste, en el que le dicen al protagonista:

—Aún no es demasiado tarde, deja la escritura y sálvate.

Esos días que susurran que ya está bien y toca descansar son sibilinos y llenos de promesa, como vienen las mejores y las peores cosas de la vida. Y los dejas pasar, esperando que el atardecer sea la mitad de bonito y, con suerte, te sorprenda haciendo algo que no sea escribir, con alguna de esas personas con las que es imposible el arrepentimiento.

Al menos queda el consuelo de que, cuando amanece y te susurra que es mejor dejar ir lo que amas, de verdad que no estás solo.

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