Estandarte de guerra

Relato. Estandarte de guerra

He aquí lo último que escriba en 2013, una historia simple, un relato inédito, palabras que cierran la fila de las cientos de miles que nacieron este año. Todas marchando tras una extraña bandera.


Estandarte de guerra

“El año nuevo vino y se fue sin mí”.

Así empieza la historia que el viejo lee todos los años cada vez que empieza uno nuevo. Afuera la algarabía y fuegos artificiales, alegres porque pasa el tiempo, como si eso fuera motivo de celebración. El viejo ha visto las campanadas de Nochevieja en la tele y tras ellas ejecuta siempre el mismo ritual en el mismo orden, así es desde que cumplió veinte. Pide el deseo más tonto del mundo, abre la historia que siempre lee y las nueve primeras palabras las pronuncia en voz alta.

“El año nuevo vino y se fue sin mí”.

Al terminar deja ese y se acerca a otro libro enorme, de par en par sobre un atril. Desliza el dedo por la página de la izquierda, murmura unas palabras y mira a su espalda por encima de las gafas. Ahí están, los amigos muertos, puede verlos por la pequeña ventana que ha abierto. Los cuenta y hay uno más, luego cierra esa ventana acariciando la página al revés, porque por allí entra mucho frío. El amigo que el año robó se llamaba Sergio y no recuerda la última vez que se vieron.

Luego se mete en la cama, calentada con una bolsa de agua que se deja en los riñones, pone una canción antigua y recuerda. Es viejo y la vida de los viejos es fantasmas y recuerdos. Entra su gato al que bautizó Calcetines, igual que los tres anteriores, camina como el rey y se sube a las mantas, recostándose mientras le da la espalda. No les hace falta verse para acompañarse, es la manera que tienen.

Otro año más el viejo le ganó una batalla al tiempo, que lucha como lo hacen los enemigos cabrones, quitándote cosas y dejándote un poco más solo cada vez, hasta que digas que ya vale, que no queda nada por lo que levantarse otro día. Pero el estandarte de guerra del viejo lleva el símbolo de la soledad. Ella pocas veces le molestó y muchas veces se gustaron. Los flechazos del tiempo duelen un poco menos bajo esa bandera, aunque acaban hiriendo igual, porque será viejo, pero también persona.

Cierra los ojos e invoca recuerdos, los primeros sobre Sergio para honrarle y que viva un poco más. La gente afuera sigue celebrando, es cosa de jóvenes esa y él lo hizo también. Eran los tiempos en los que quiso y eso es lo que más recuerda, a las que quiso. El enemigo tiempo juega sucio, le manosea también esos recuerdos y al viejo le da rabia que a ellas las roce alguien que no sea él. Vuelven menos sensaciones con las memorias y se pregunta si están todas las mujeres o si el tiempo habrá secuestrado a alguna. Jamás podrá saberlo, porque a cambio sólo le habrá dejado olvido. Le da rabia y apretaría dientes si le quedaran.

Al final caerá dormido entre los escombros de sus recuerdos buenos y mañana… Pues mañana la vida, una sin amigos vivos o cercanos, pero en la que conoce a un chico que vive en el tercero. Espera que el chaval sea uno de los gritos que oye fuera, que esté por ahí bebiendo, amando y celebrando el principio de las cosas nuevas, mientras maldice el paso del tiempo. Un día firmaron un pacto de caballeros, cada vez que el viejo baja a la calle traza un signo con tiza en su buzón, cada vez que baja el joven lo borra. Si alguna vez el chico no ve el signo durante cinco días más o menos, por favor, que suba y abra la puerta con la llave que le dejó, para que Calcetines Cuarto sea libre y la cáscara del viejo la tiren a la basura.

“Calcetines sobrevivirá, es lo bastante cabrón. Y sé que te pido algo jodido, muchacho, pero te compensaré”.

Y el chico dijo que no hacía falta recompensa y el signo está borrado cada vez que el viejo baja a la calle. Aún quedan hombres, piensa el anciano y también que, a pesar del estandarte que siempre llevó a la guerra, hasta él necesita a otros a veces. Desea que el chico duerma acompañado en la noche en la que comienzan las cosas.

Calcetines Cuarto le mira un segundo con indiferencia y se acurruca del todo para dormir. Se tocan poco pues nunca fueron mucho de eso, pero al viejo le gusta fastidiar al gato clavándole un dedo a veces, cuando lo ve relajado. El bicho lo mira entonces, dejando claro que se vengará.

Cierra los ojos y no se está mal, piensa, aunque ya sólo le quede convertirse en recuerdo y fantasma como sus amigos. Entonces, además de verlos, los escuchará por fin. Ahora no quiere hacerlo, porque le revienta la posibilidad de que le fastidien los finales, especialmente el que le espere a él. Una Nochevieja pensó en abrir otra ventana y ver cuántas de las que quiso había al otro lado, pero jamás dejará que su enemigo le vea triste en la noche en la que le gana otra batalla. No se le concede nada a los enemigos crueles.

Y antes de dormirse, mientras piensa en ellas, repite en voz alta las nueve primeras palabras de la historia que lee cada comienzo de año, durante más de sesenta años.