Estar a salvo con un libro

sentirse seguro

Si estás a salvo y seguro con los libros que lees a menudo, probablemente deberías frecuentar otros. Al menos un poco, como quien sale de los límites de La Comarca a vivir una aventura. Luego, si quieres, vuelve. Quizá hasta los cojas con esa sensación de volver a casa.

Y ya puestos, no soy amigo de grupos de escritores (algo que he dejado patente más de una vez), pero, si también estás salvo en un grupo y te sientes bien, si nada te incomoda, deberías frecuentar otros (o ninguno).

Hace poco, estaba escuchando un podcast en el que entrevistaban a Chuck Palahniuk, autor de El club de la lucha entre otros.

En él contaba que, en cierto grupo de escritores en el que estuvo, una autora expuso un relato. Estaba basado en una experiencia propia de su infancia, que había comprendido en gran parte gracias a contarlo, gracias a esa manera casi mágica en la que la escritura va revelando la historia que al principio es nebulosa, o no puedes expresar.

Cuando Palahniuk contó el relato, me pareció una de las narraciones más poderosas que había escuchado jamás. Poseía el poder de la veracidad y de abrirse en canal, culminando además en una metáfora excelente. Te daba la vuelta del revés, te enfrentaba a cosas, te ponía delante lo mejor y lo peor de la condición humana.

En definitiva, todo lo que debe conseguir escribir bien.

Palahniuk quedó igualmente mesmerizado y agitado, aquello había sido maravilloso, feroz y terrible.

Pero el típico imbécil que gestionaba el grupo, amparado por la opinión de un par de típicos imbéciles más, le dijo a esa escritora que, lo mejor que podía hacer, era irse.

Cuando ella preguntó por qué, la respuesta fue que algunos en el grupo: «No se sentían seguros ni cómodos» escuchando su relato. Sentían arañada su burbuja.

La lacra de siempre, disfrazada con hábito eclesiástico o moderno, sentados en los bancos de la izquierda o la derecha, subidos al púlpito o no, eso me da igual.

Los imbéciles que tienden a dominar las dinámicas de grupo, porque en realidad no buscan la buena escritura, cambiar nada o avanzar. Buscan un espacio en el que ganar un diminuto poder risible, una atención miserable y, ojalá (suspiran por ello), la adoración de otros seres pequeños como ellos.

Y tienen mucho miedo, como todos, pero lo «resuelven» (no resuelven nada) dando la espalda y crucificando al que diga lo que no quieren escuchar.

Como las verdaderas historias excelentes, la de aquella autora no era para todo el mundo, pero conectaría con otros de una manera tan honda que les cambiaría para siempre, al resonar con el poder la condición humana y una excelente prosa.

Palahniuk también abandonó aquel grupo, dañino al haberse convertido en La corte del emperador desnudo. Supongo que ese es un proceso inevitable, aunque todos piensan que, por supuesto, su grupo es la excepción.

Estar a salvo no es posible. Intentarlo te vuelve un niño malcriado e hipersensible, dado a la frustración cuando el viento se pone en contra, que es día sí y día no.

Si eres de esos, que sepas que la gente a tu alrededor no te aguanta, aunque no lo digan precisamente por no enfadar al niño. Los que te soportan de momento son esa cámara de eco que te hará pequeño, una cámara llena de iguales que te acabarán devorando cuando, tarde o temprano y de manera inevitable, digas o hagas algo que roce la piel tan fina de unas reglas imposibles para la vida y las personas reales.

Vivir implica todos sus aspectos, porque si no, te pierdes las mejores historias.

¿Moraleja?

Ni idea, quizá visitar otros libros y a otras personas. Abrazar la inseguridad a lo mejor, al menos de vez en cuando, en vez de construirse armaduras que sólo hacen que te pierdas lo bueno, pero nunca te librarán de nada malo.

Pero yo qué sé.

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5 respuestas

  1. Otra excelente reflexión, Isaac. Enhorabuena. Estoy de acuerdo en todo lo que comentas, incluso en el “Pero yo qué sé” (¿Quíen tiene la verdad absoluta?). La comodidad nos apolilla y nos impide crear, crear a pesar de todo, a pesar, especialmente, de nosotros mismos. Un abrazo.

  2. Hola, Isaac.

    Totalmente cierto lo que dices. Y me ha recordado la peste de lo políticamente correcto, la lacra de no llamar a las cosas por sus nombres y marear la perdiz (y la codorniz y el faisán). Esto no significa que, como pueda parecer, haya que decir lo que sientes y piensas a lo bruto. Aunque es difícil, hay que procurar mantener el equilibrio.

    También me has recordado lo que nos comentó una vez el poeta que nos daba el taller de escritura creativa al que fui tanto tiempo: es bueno de vez en cuando salir de la habitación en la que estás tan cómodo escribiendo y visitar otras estancias de la casa.

    En resumen: si quieres evolucionar, es imprescindible arriesgar, probar y probarte. Si no, siempre estarás en la misma baldosa sin saber qué se siente al moverse.

    Un saludo literario desde Oviedo.

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