Extracto inédito de Tres reinas crueles. Al borde de la cama.

Tres reinas crueles. al borde de la cama

Una novela son los caminos que no toma. Igual que borrar es de lo más importante a la hora de escribir, matar líneas argumentales secundarias suele contribuir a que la principal, lo que de verdad quieres contar, sea poderoso y que el lector no se vaya por otras ramas. Que a lo mejor esas ramas son bonitas y con flores, pero no importantes como el tronco.

Como ya venía diciendo al respecto de Tres reinas crueles, en breve voy a recoger algunas de esas ramas podadas en un pequeño libro electrónico, junto con lo que he comentado ya aquí sobre el proceso de creación del libro y algunas curiosidades adicionales.

He aquí uno de esos trozos que se quedó por el camino. En este caso, uno que discurría por sucesos que no fueron los definitivos. A veces los personajes caminan por futuros y decisiones que no son las que toman finalmente, a veces puedes verlos con detalle, vivir ahí un rato, dar marcha atrás. Es la ventaja de escribir, que no responde a las leyes de la vida. Estoy seguro de que no hay nadie que no se pregunte qué habría pasado si hubiera dicho o hecho otra cosa en ciertas situaciones.

En esta ocasión los protagonistas comparten una noche, igual que en el libro comparten varias, pero lo hacen después de algo que, finalmente, no sucedió en las páginas definitivas de la novela.

Así que este es un ejemplo muy breve de texto que se desecha en un libro, y a veces me da un poco de pena, me gusta el párrafo final, no sé muy bien por qué.

Y a pesar de eso, como bien dijo alguien hace poco respecto al artículo de que borrar es lo importante al escribir, un contador de historias ha de tener la habilidad de matar lo que le gusta (Kill your darlings, love)

Al borde de la cama

Se sentó al borde de la cama y se miró las manos como para saber de quién eran y qué hacían pegadas a él, porque las suyas siempre fueron las manos de un cobarde: finas, sin cicatrices porque no se enfrentó a nada.

Aprendió a pelear, sabía que era capaz de ello y sin embargo algo por dentro lo ataba en esos instantes. A pesar de saber cómo luchar, nunca lo hizo. Un poco como vivir. Gabriel siempre fue un cobarde que jugaba a ser valiente con guantes puestos, pretendiendo que los puñetazos que recibía en un ring y los derribos en la lona se parecían a la verdad. Pero cuando la verdad llegaba y había un enemigo enfrente, todo era adrenalina, olvido de lo que aprendió y esa sensación de estar atado. Sólo levantaba las manos para intentar apaciguar, pero no iba a pelear con ellas y permanecerían suaves.

Aquel era un otro muy lejano, las manos que se miraba tenían cicatrices del camino, pocas veces estaban limpias del todo y bajo la base de los dedos nacieron callos. Eran manos que tenían coraje, que raspaban al acariciar y quizá eso lo hacía mejor y era por lo que Sara gemía como no lo hizo ninguna antes.

Salió vivo de la pelea y fue porque no pensó, y es que no pensar y vivir parecían siempre cercanos en el camino. Miró a Sara, que dormía en la cama a su lado, y la envidió. Él no dejaba de recrear lo ocurrido en su cabeza y ella ya lo había olvidado y respiraba con la calma profunda de los dormidos. Para Sara sólo existía el presente y consistía en sábanas limpias y un techo sobre ellos, así que no había nada que lamentar y respecto al futuro, pues quién sabe y qué más da. Gabriel se miró otra vez las manos y las cerró. Dolían un poco y tenía heridos los nudillos de la mano derecha. Quizá, si pudo cambiar sus manos por las de un valiente, también podría conseguir ese sueño profundo. Volvió a mirar a Sara y parecía que se estaba bien en ese lugar.

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