Flannery O’Connor y la enseñanza de la escritura

Antes de nada, un breve anuncio. Mi previsión es que Escribir mejor estará finalmente disponible el próximo 2 de septiembre, lunes. He firmado la tregua (que no las paces) con el manuscrito, así que ya no hay vuelta atrás.

Si para entonces quieres conseguir la «primera parte» espiritual, hoy es el último día para hacerlo al precio que quieras junto a un pack de libros sobre escritura y publicación.

Más barato y con mejor compañía ya es imposible.

Dicho esto, vamos con el episodio de hoy, porque en el anterior comenté de pasada a Flannery O’Connor y merece mucho más que una breve nota. O’Connor tenía un sentido del humor agudo y un amor por la escritura que la hacía reflexionar sobre ella a menudo. Por eso, aunque nos dejó con apenas 39 años, también dejó una serie de pensamientos y reflexiones sobre el arte, siempre ácidos, siempre acertados.

En Estados Unidos existe el MFA, Master of fine Arts, donde se enseña escritura creativa. O’Connor lo hizo y lo enseñó y sus apreciaciones sobre él dan una idea clara de su interesante visión de la escritura, así como la de la naturaleza del arte.

Se supone que en ese MFA te enseñan a escribir y las universidades americanas reclutan para ello a escritores de renombre en no pocas ocasiones. Algunos de ellos, curiosamente, reniegan de esos MFA, o en general de cualquier curso de escritura, a pesar de ser ellos mismos los que lo imparten. La propia O’Connor ayudó a hacer famoso el de la Universidad de Iowa, y tenía claro el porqué de esa dicotomía:

Porque la buena escritura raramente otorga un sueldo, buenos escritores terminan enseñando a menudo, y el grado MFA, aunque inútil para el espíritu, puede esperarse que proporcione algo a la carne.

Los cursos de escritura, para un escritor que los enseña, pueden ser alternativas «a la casa de beneficencia o el manicomio», decía. Aprender a escribir de esa manera podía proporcionar un pequeño descanso para la soledad y la dureza de la vida de escritor. En algunos casos, incluso otorgar alguna credencial para un futuro empleador, especialmente cuando el escritor se refugiaba en el ámbito académico, porque el mundo real ya sabe… Pero según O’Connor, probablemente no merecía la pena el coste que se pagaba por ellos. Ella misma hablaba de su programa en Iowa de esta manera:

Está diseñado para cubrir las necesidades técnicas del escritor […] y para proveerle de una atmósfera literaria que no sería capaz de encontrar en otro lugar. Aparte de eso, el escritor puede esperar muy poco más.

En su colección de ensayos Mystery and Manners, vuelve a pronunciarse sobre el papel de los que enseñan escritura creativa, alegando que este no puede ser más que «negativo», entendiendo este concepto como el de alguien que enseña a quitar y pulir defectos o decir: «Esto no funciona porque…» o «esto funciona porque…», pero sin poder enseñar a crear eso que funciona.

Según ella, ante la noción habitual de que las universidades sofocan a los escritores, la realidad era que no los sofocaban suficiente, «muchos best-sellers, según ella, podrían haber sido evitados a tiempo por un buen maestro. Aunque un MFA podía producir escritores «competentes» de ficción, según ella, O’Connor admite que no pueden producir «buena escritura»:

En los últimos veinte años las universidades han enfatizado la escritura creativa hasta tal punto que casi sientes que cualquier idiota con un talento que vale un céntimo puede emerger de una clase de escritura capaz de narrar una historia competente. De hecho, tanta gente puede escribir ahora historias competentes, que los cuentos como medio están en peligro de morir de competencia. Queremos competencia, pero la competencia en sí misma es mortal. Lo que se necesita es la visión que la acompañe, y eso no lo obtienes de una clase de escritura.

En todo curso de escritura encuentras a gente a la que no le importa el arte, porque piensan que ya son escritores en virtud de alguna experiencia que han tenido en ese campo. Es un hecho que si, por naturaleza o entrenamiento, esta gente puede aprender a escribir lo suficientemente mal, pueden ganar bastante dinero, y en cierto modo parece una vergüenza negarles esta oportunidad; pero en ese caso, a menos que la universidad sea una escuela de comercio, aún mantiene una responsabilidad con la verdad, y creo que esta gente debería ser sofocada deliberada y rápidamente.

El verdadero artista, concluye, está en la misma posición antes del MFA que después, teniendo que: «Abrir a machetazos un camino en la jungla de su propia alma; un proceso descorazonador y solitario que dura toda una vida».

Palabra de Flannery O’Connor, siempre con ese humor tan suyo.

Si quieres, te aviso por email cuando haya contenido nuevo.

One Comment

  • Alberto

    Hola, Isaac.

    Afirma cosas interesantes Flannery O’Connor (nunca había oído hablar de ella, que yo recuerde, hasta que empecé a seguir tu blog hace 4 ó 5 años).

    Yo tengo mucha experiencia con los cursos de escritura creativa (participé en 5 ó 6 consecutivos) y es cierto que como medio para ganarse las lentejas, total o parcialmente, pueden servirle al autor que los imparte. También es verdad que son útiles para pulir defectos, aprender técnicas de escritura, eliminar errores habituales, entrenar… pero, asimismo, pienso que sirven para encauzar el talento, la creatividad, que uno tenga y que no haya aflorado aún. A mí me sucedió eso: los talleres me permitieron sacar a la luz mi imaginación y de no ser por ellos, jamás habría escrito lo que escribí. Incluso llegué a sorprenderme a mí mismo.

    Por otro lado, los grandes de la Historia de la literatura nunca, que yo sepa, asistieron a cursos de este tipo ni falta que les hacía. ¿Alguien se imagina a Homero o Cervantes o Faulkner o Borges en uno de ellos? Para estos genios, los talleres eran las obras que leían y tenían la enorme capacidad de aprender de los maestros de su tiempo o del pasado. Con esto quiero decir que los autores muy buenos o excelentes, tal vez me equivoque, no necesitan acudir a este tipo de cursos (sin ánimo, al contrario, de despreciarlos).

    Un saludo literario desde Oviedo.

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