Ganó la irrelevancia

Un mundo feliz

Ganó y ya lo hizo hace tiempo. Entras a Twitter (la única red social que utilizo y no me quedan ganas de usar otra) y pasa por delante un hashtag estúpido sobre que es el día más triste del año. Los que no ponen autoayuda de mercadillo inservible al lado, hacen referencia a una supuesta fórmula matemática que demuestra que el 19 de enero es el día más triste o no sé qué idiotez parecida a esa. Y es que parece estupidez, suena a estupidez y huele a estupidez, con lo que probablemente es estupidez, pero da igual. Se hace clic para extenderlo y es que pensar está sobrevalorado. De hecho, sí, es una estupidez, no existe tal cosa y todo fue un invento para vender a incautos. Si uno se molesta en gastar dos segundos y hacer clic, puede averiguarlo; pero es que no nos molestamos.

Hoy día uno puede usar la red para algo tan maravilloso como intentar conocer lo que ignora, para acceder a una cantidad de conocimiento instantáneo que muchos ni soñaron, pero sobre todo se usa para extender irrelevancias. Que si el #bluemonday, que si la última idiotez de Gran Hermano.

Si yo fuera Orwell me removería en la tumba dos veces. Una al ver lo que hicieron con el concepto que creó, otra porque su distopía (aún) no fue la que se impuso, sino la de su colega Aldous Huxley en su libro Un mundo feliz.

En él, la gente no está dominada por un ojo que todo lo ve y que castiga la disidencia, porque no hace falta, ya nos servimos nosotros mismos para anularnos. En Un mundo feliz la gente está completamente satisfecha, ignorante y anestesiada por el exceso de cosas y la irrelevancia. Se les inunda de placer instantáneo, de “soma” (una droga), de banalidades envueltas en papel bonito, se les pone al alcance de la mano un montón de cosas, muchas de ellas brillantes y tontas, y con eso se anula toda capacidad crítica y cualquier incentivo a moverte, ¿para qué caminar si aquí lo tienes todo? El efecto secundario es obvio: la disidencia, el pensamiento crítico, la motivación por hacer algo más que llenar los días con cualquier cosa a corto plazo están anulados por el placer.

No hace falta prohibir Internet para que la gente no busque la verdad, si nos llenas el estómago y nos distraes la cabeza con suficiente irrelevancia y placer de risa tonta, no nos molestamos en movernos de la poltrona.

Estamos hechos para repetir las historias emocionales, sorprendentes o que suenen bien; que sean verdad o no, no importa. Y eso lo saben algunos y lo usan para inmovilizar en los sofás y dominar a la mayoría.

Hoy día todo es una constante corriente de irrelevancia que no se detiene y nos mantiene pegados a ese cómodo sofá. Por eso, cuando ocurre algo terrible o al gobernante de turno lo han vuelto a pillar con la mano en la caja de las galletas, no pasa nada. La solución para ellos es esperar y no hacer nada, porque dos días después, algo nuevo, irrelevante y brillante aparece tapando lo otro y estimulando esa parte que anula el sentido crítico. Nos envolvemos en las banderas de las causas que nos dicen y luego las olvidamos a los dos días, porque hay que gritar a favor o reír con la nueva cosa de moda que también hay que desechar rápido, que ya hay otra preparada detrás para estimular nuestro cerebro de primate. Empezamos todo y no terminamos nada. Hoy todo es instantáneo, sin matices, cuidado con introducirlos o con disentir, que aquí se pinta de blanco o de negro y no hay más. Hoy día todo está al alcance de la mano y es de usar y tirar.

No hace falta que triunfe la distopía de Gran Hermano para que sigamos dóciles, aunque supongo que tarde o temprano también lo hará. Orwell me parece un escritor excepcional, uno de los pocos maestros verdaderos, pero fue Huxley quien tuvo la razón primero. Ganó él cuando hizo su terrible apuesta por el futuro, ganó la irrelevancia hace tiempo.

Bradbury dijo que no hacía falta prohibir los libros, sino conseguir que dejáramos de leerlos; lo mismo pasa con pensar. El espíritu crítico siempre parece ese lince que desde niño llevo oyendo que está al borde de la extinción y parece condenado a caminar toda su vida por ella.

Y es que destellan cosas por todas partes, nos prometen placer y nos ciega la última chorrada del día.

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