Guerra y paz

Iba a romper mis reglas y poner aquí un pedazo de lo último que he escrito, aunque no esté terminado. Es un primer borrador que empezaré a corregir en unos días, cuando tome más distancia con unas páginas que no se me despegan.

Pero al final pasan trenes y sin querer los coges y acabas hablando de otras cosas.

Estaba leyendo sobre Chuck Palahniuk y encuentro una de esas frases que golpean como una bola de derribo.

“Es tan duro olvidar el dolor, pero es más duro incluso recordar la dulzura. No tenemos cicatrices que mostrar de la felicidad. Aprendemos tan poco de la paz”.

Esas seis últimas palabras… De él leí el Club de la lucha, su obra más celebrada. También leí Choke, que me dejó frío, pero Palahniuk es uno de esos que, guste o no cuando escribe, fascina cuando piensa.

Admiro a la gente que es capaz de cortar entre la niebla de la vida con una mente afilada, que es capaz de verbalizar mejor que los demás qué está pasando alrededor, a nosotros, qué somos. Es tan poco común tropezarte con gente que lo hace sin recurrir a lo de siempre. O peor, recurrir a frases con optimismo de mercadillo que ni siquiera son verdad.

Muchos escritores me atraen más por ellos mismos que por su obra, como Palahniuk, Hemingway o Bukowski. Me atraen porque son personas que cuando miran no ven lo mismo que el resto. Y yo quiero ver lo que ellos ven.

Lo que Chuck dice es una daga que rasga el telón y permite ver lo que hay detrás, aunque sea sólo por un segundo. Tiene valor porque es raro que alguien intente explicar las cosas con frases más allá de las hechas.

La vida nos juega con reglas paradójicas que nunca son las que nos explicaron. Nos dicen que mejor evitar la guerra interior y ansiar una paz que dure siempre, pero como nos ponen una meta imposible nos frustramos. Forma parte del plan, es entonces cuando nos venden en su lugar mansedumbre y la cogemos, porque nos dicen que se parece.

Y encima es verdad que, como dice Palahniuk, en la paz que tanto deseamos apenas aprendemos nada.

En la paz te achicas y te ablandas. No es cómodo ni popular decir esto, pero es la realidad. En tiempos de paz el entorno que te rodea deja de desafiarte, la espada se oxida y no se crece.

Es en tiempos de guerra que te curtes, que aprendes, que excavas en ti, porque necesitas sacar de dentro algo más para afrontar lo que tienes delante.

En esos tiempos no es suficiente con lo que hay o con lo que eres, así que, si no eliges rendirte, debes crear algo nuevo que pueda con eso y debes ir cada vez más hondo a buscarlo.

La paz es necesaria si no quieres que todo te devore, es crucial para reponer fuerzas, pero siempre me ha dado la impresión de que las mayores obras las hicieron sus creadores en tiempos hambrientos, inquietos o cabrones. Que muchos de los más grandes buscaban esa paz intentando pelear una guerra dentro que no tenía fin.

Y sus obras eran esa espada con la que intentaban cortar la niebla.

Los tiempos de paz eran épocas de estómago lleno y cuando eso ocurre la tentación no es seguir adelante ni crear, es echarte la siesta al lado de otros que duermen, que dicen que se está bien pasando el tiempo con entretenimientos, que a lo mejor incluso adulan y te dicen que “ya lo harás”.

Pero sabes que eso no te basta.

Este no es un elogio a los tiempos de guerra. Hablo más de ella por una cuestión de equilibrio, porque es el tema intocable y por eso luego no entendemos nada. Ignoramos esa pieza y luego nos sorprendemos de que falte algo en el puzzle.

No creo que la guerra o la paz en la vida de uno sean buenas o malas en sí, nos encanta coger esas dos etiquetas y pegárselas a todo lo que nos encontramos. A veces lo hacemos de manera tan simple que asumimos que lo que trae placer es bueno y lo que trae dolor es malo. Parece una regla sencilla y por eso la seguimos, pero que sea fácil no significa que sea cierta.

El médico me abre para curarme y sacar la enfermedad de dentro, si no hay anestesia eso duele como el demonio, pero que te rajen y duela no es malo, es lo que cura.

Cada vez que voy a etiquetar algo como bueno o malo, me acuerdo de eso.

Necesito tiempos de paz tanto como el que más, se está bien y para mí es magnífico lugar para visitar, pero no para quedarme. No es rara la historia del soldado que vuelve a casa y tras un tiempo marcha de nuevo al frente, a buscar un sentido en el sinsentido. Lo normal ya no le basta, no puede explicarlo y no espera que nadie lo entienda, simplemente se marcha.

Si te quedas, la paz promete eternidades que apenas duran y cuando la guerra vuelve a las puertas (y siempre vuelve), estás blando para enfrentarla con algo que merezca la pena. Con la espada sin filo y el músculo fofo, es más fácil rendirte y no intentarlo más.

Prefiero pasar algo de hambre, seguir excavando el pozo, ver qué puedo encontrar. A veces no es bonito, muchas veces no es nada, otras muchas es puro gozo, que encuentro en medio de la guerra y de la paz.

Intento no pegar las etiquetas de malo y bueno a las cosas y fracaso en el empeño, porque soy humano. Pero al menos intento aprender, casi siempre más en tiempos de guerra, como diría Palahniuk.

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